Capítulo 28

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Lo siento Bellas, solo alcanzaron uno, pero suerte la próxima vez!

Blake se removió incomoda en su cama. Tenía poco más de cuatro meses de embarazo y todo estaba resultando perfecto hasta ese momento en el que ella parecía experimentar un deseo que no podía controlar. Era como si necesitara sobre todas las cosas saciar aquello sino no podría estarse quieta.

—¡Calder! —gritó desde la cama— ¡Calder!

No obtuvo contestación, por lo que se puso en pie y con bastante molestia fue a la habitación de su marido. No había nadie, las velas seguían encendidas y la cama estaba tendida.

—¿Qué ocurre? —el hombre abrió la puerta que se comunicaba con el pasillo.

—¿Vendrás a dormir hoy?

—Creo que bajaré de nuevo al despacho, se me ha pasado revisar algunas cosas.

—¡Al diablo con eso! —le dijo desesperada—, quiero que te quedes.

Calder sonrió desde el umbral de la puerta y arqueó una ceja.

—¿Algo de lo que quieras hablar, mi amor?

—Sí, con un demonio, me estoy volviendo loca —se tocó el cabello.

—Ya estás loca, ¿qué te motiva a admitirlo?

—Te necesito.

—Bien, ¿para qué? —le contestó sin comprender.

—Para que me hagas el amor gran tonto —le dijo como si nada sentándose en la cama de su marido—, en serio te necesito.

Calder abrió los ojos con impresión y se echó a reír. Jamás pensó que su esposa le pediría algo semejante, debía ser algo implacable como para que se lo pidiera de esa forma.

—Ahora sí creo que te he perdido. ¿Acaso cambiaron a mi esposa y me pusieron a otra?

—Cállate —lo miró recelosa—, si pudiera pedírselo a alguien más lo haría, pero creo que solo el padre de mi hijo tiene el derecho a entrar en mi cuando este sigue en mi vientre.

—¿El bebé estará bien?

—Sí, sí. Sé que durante este maldito mes suele pasar esto, no le sucederá nada —ella hacía movimientos con las manos, pidiéndole que se acercara.

—Estás bastante deseosa, ¿Qué debería hacer?

—Calder, no es momento de juegos, en serio.

El hombre se acercó lentamente hacia el lecho donde ella se encontraba sentada y sonrió cuando la piel de Blake se erizó con el solo hecho de pasear su mano por sus pechos, dejó salir un suspiró y los ojos verdes se incendiaron, tomándolo en un beso que lo tomó por sorpresa paro se vio complacido por lo mismo. La tumbó sobre la cama y le quitó el camisón con lentitud, tocando lentamente sus largas piernas, acariciando su vientre ligeramente abultado y sus pechos tersos.

—Calder... —lo miró a los ojos y sonrió—, gracias por condescender.

—Es un placer cariño —la besó—¸ lo digo en serio. Y eso que todavía no comenzamos.

El hombre besó dulcemente los labios entreabiertos de su esposa y esperó a que ella sola abriera sus piernas, dándole permiso de colocarse en medio. Le tocó su intimidad con la rodilla, excitándola y provocándole un fuerte gemido que se apagó entre los labios de ambos, compartiendo un beso frenético que después él soltó y espació por todo el cuerpo. Los senos, su vientre, muslos y muy cerca de su entrepierna.

Ella gritaba y sonreía complacida con cada uno de sus toques, siempre nuevos, siempre placenteros. Calder experimentaba con ella, pero siempre lo hacía mirándola, analizando si era adecuado o no que hiciera una u otra cosa, no quería perturbarla, solo hacerla disfrutar. Después de lo que pareció una tortura con sus manos, Blake se mostraba lista para que su marido por fin entrase en ella, pero este no se veía dispuesto a ello, por más que lo invitara, por más que estuviera lista, él no hacía amago siquiera de posicionarse entre sus piernas.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!