Capítulo 1

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Él ignorante extraño.

El clima frío es una de las características más dominantes en Piotet, un pequeño pueblo al norte de Alemania con los pantalones bien puestos en el punto medio, no es tan grande, pero tampoco ajeno de aquellos sitios para pasarla bien y experimentar distintas emociones. La familia Mercusen veía la salida del sol como todo un milagro, ellos mantenían muy bien su negocio; una linda cafetería modesta.  De los lugares más agradables y dulces para pasar el rato, bueno, eso si decidías agregarle más azúcar a tu café, pero en temporadas raras y sorpresivas; en dónde el señor sol nos visitaba, el negocio aumentaba, pues los Mercusen se daban el lujo de probar cosas nuevas, y vendían ricos helados, yo al igual que mamá también creía que no tardarían en expandir sus negocios.

— Esto también deberían venderlo en pleno frío — Admes mi mejor amigo, saboreaba su helado (sabor chocolate) con sumo placer.

Y claro que lo entendía, su nariz también parecía deleitarse por el rico sabor.

—¿Le gusta a tu nariz? —me atreví a preguntarle entre risas.

Me miró aterrado, como si acabara de darle la peor de las noticias, dejó caer su helado sobre la mesa y cerró la boca. Conociendo lo dramático que era, no me asusté ni un poco, hasta que susurró lo siguiente:

—Los Holbein están entre nosotros.

¿Y quiénes eran esos? No me sonaban los apellidos, en Piotet todos nos conocíamos a simple vista, y dábamos de qué hablar gracias a lo que reflejábamos. Pero la aparición de ese apellido, fue lo que realmente dejó atónito a Admes; no el helado.

—¿Quiénes son? — Tuve que mover mi mano frente a sus ojos, el castaño se mantenía desconcertado y muy ausente de la cafetería.

— ¿Quiénes no son? — me corrigió regresando del transe. Mantuve mis ojos fijos en sus manos, ¿estaba nervioso?

—No volveré a invitarte un helado —le aseguré al castaño bromeando, pero él no rió, sus labios ni siquera se molestaron en formar alguna sonrisa.

— Vámonos a casa — se levantó rápidamente, sin percatar el desastre que teníamos sobre la mesa. Ni hablar del de su nariz.

Me levanté porque no tenía otra opción, o quizá sí, pero me rehusé a tomarla, no lo entendía, pero su mirada enigmática, llena de terror, fueron armas suficientes para permanecer callada y obedecer. Tenía que averiguar por lo menos qué cuadro lo tenía tan perdido, así que volteé.

Me encontré con un rostro nada familiar, desde luego que nunca lo había visto, hasta ese entonces, caras como la de él, son muy difíciles de olvidar en Piotet, es verdad que el lugar no excede los dos mil habitantes, pero es extraño que alguien pasara por desapercibido, por lo que intuí que era algún nuevo residente, o bien, sólo se trataba de algún turista.

Él supuesto residente/ turista reía en compañía de dos chicas y un chico que aparentemente eran de la misma edad. No podía negarlo, aquella sonrisa era perfecta, típica de alguien que se dedicaba a exigir superioridad e intimidar a los demás, bueno, a juzgar al chico por su imagen creo que si lo era. El extraño sujeto parecía justamente uno de esos tiranos abusadores del poder, quizá lo único bueno en él era ese cabello castaño claro, que acariciaba sintiéndose un cretino extraño superior, la chica rubia a su derecha, miraba sus labios con un deseo nada disimulado.

Mis respetos.

Yo en sus bragas, estaría en plena explosión de pipí.

— ¿Y ese quién es? — no tardé mucho en reconocer la voz que escuché a mi lado.

Estación Holbein © [Completa ✔]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora