Prólogo

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Esta no fue la historia romántica dónde el amor triunfó, aquí no hay chicos malos convirtiéndose en panes buenos y nobles, sencillamente todos fueron definidos como humanos complicados, era verdad que la razonalidad estaba agotándose, pues el lado animal muchas veces se lucía con facilidad, entonces esa era la naturaleza del ser. Todo consistía en saber elegir y asumir las consecuencias de las decisiones.

Pero ellos no lo entendían.

O mejor dicho: No querían usar la razón.

Dicen que después de la tormenta viene la calma acompañada del sol.

Pero estamos hablando de Piotet, así que reírse es mejor que creer.

En ese lugar, la salida del sol era un prodigio. Para ella, fue una estación.

—Veo la forma en que la miras. Y me duele, ¿Tienes idea de por qué?

—Mi cerebro puede procesar un sin fin de teorías, así que dime, ¿Cuál quieres oír?

Él castaño lo miró molesto y se acercó para apretar los hombros del chico. Estaba furioso, odiaba lo absurdo que era en cada intento de conversación, apretó sus labios, y rogó por tenerle un poco más de paciencia. Tenía ganas de fracturarle la mandíbula, pero se dio cuenta de que existían otras formas más dolorosas...para torturarlo.

Y sonrió.

—Planeando mi muerte— afirmó el otro chico, burlón.

— No vale la pena condenarse por sangre Holbein — el castaño suspiró y se alejó del chico.

—Tengo materia efímera que encender — sacudió su jeans y caminó hacia la puerta.

—¿Por qué ella? — le preguntó sin más preámbulos.

El sujeto, se detuvo y volteó a verlo, odiaba dar explicaciones, se frustraba cuando alguien las hacía, sobre todo si las cuestiones venían del chico que tenía en frente.

— No tiene lo que necesito, y eso me vuelve loco.

—Ella se esfuerza por entenderte, algo que jamás sucederá. Pero lo hace, siente cosas por ti, y la necesidad urgente de ser parte de tu mundo. Tu no valoras eso, y me pone feliz, porque alguien como tú no merece afecto, mucho menos el de ella.

Aquel chico reservado, sólo rió, como siempre, no le tomó importancia. Para él, los sentimientos eran boletos con fecha de vencimiento, por eso prefería romper los que ganaba.

Pero eso que acababa de escuchar, lo puso un poco confundido, se sintió extraño, un dolor se apoderó de su pecho, no quería asumirlo, pero la verdad le dolió.

— La chica es tan culpable como yo.

—Entonces vete, esto ya no es tuyo.

—Dagna no puede ser parte de mi mundo, porque ella es el mundo. Y no sabes cuanto disfruto hacerla temblar.

—¿Sabes? No tienes remedio.

El chico encogió sus hombros y se dio la vuelta. Antes de abrir la puerta dijo lo siguiente:

—Esa es la parte que más me fascina, no tener cura.

—Ella cree que puede cambiarte, y en eso concuerdo contigo, eres un reto perfecto para arruinar vidas, un imposible.

— Admiro su insistencia un poco.

—Por favor, dejala en paz.

— No lo haré, me mantiene entretenido, ella me recuerda...

—Te lo suplico.

—¿Escuchas ese ruido? Dice fuera de servicio. La estación la escogió.














Estación Holbein ©¡Lee esta historia GRATIS!