2410 Ecópolis 8

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Eleana estaba en las afueras de la aldea. Faltaban 10 días para festejar el año nuevo de 2411 y el bullicio de los preparativos envolvía el ambiente. 

De pie en el centro del lugar que había elegido para el emplazamiento de la nueva parcela del pueblo, con los brazos cruzados y vestida con su ropa de trabajo, casi podría haber sido confundida con un vaquero de las viejas películas del oeste. Le faltaban las pistolas, claro.

A su derecha se extendían los terrenos destinados al cultivo extensivo y más atrás un grupo de invernaderos y granjas. 

Detrás de estos, aún se divisaban los restos del parque eólico que era desmantelado poco a poco. Eleana estaba orgullosa. Sacarlo de funciones fue una de sus primeras órdenes ejecutivas al asumir la conducción de Ecópolis. 

Las columnas y las palas de los generadores iban desapareciendo de forma gradual del horizonte, aunque toda la infraestructura de transporte de energía eléctrica hasta la villa sería desmontada más adelante, cuando pudiera resolver un problema pendiente con la reutilización de algunos elementos.

La energía eólica masiva había sido la adecuada mientras se construyó Ecópolis 8, pero ella había demostrado que el impacto ambiental todavía estaba fuera de los parámetros ideales y que el montaje de conversores eólicos individuales de torre helicoidal producía menos efectos colaterales.

Eleana hizo un hueco en la tierra con su bota. La parcela ya había sido declarada infértil, pero el material del suelo sería un excelente componente para las impresoras 3d que imprimirían las nuevas viviendas. 

Estaba segura de que la aprobación de la expansión sería unánime. Pero, de no ser así, todavía contaba con la mayoría de los votos necesarios para conseguirlo en la reunión del consejo de mañana. Con apenas 42 años y menos de un lustro dirigiendo Ecópolis, había podido consolidar una abundante cuota de poder. Y se sentía satisfecha por ello.

El problema sería ponerse de acuerdo con respecto al destino que darían a la nueva expansión de la aldea. Ecópolis 8 crecía y era importante que todos concordaran en para qué lo hacía.

Una leve brisa le refrescó el rostro y la obligó a acomodar el ala de su sombrero para evitar que el sol dañara sus ojos. También dejó un aroma dulce y húmedo que el ruido de la explosión evitó que disfrutara.

La detonación hizo que se diera vuelta de forma violenta. La columna de humo se elevaba justo en el otro extremo de la villa.

Maldiciendo en voz baja, corrió lo más rápido que pudo hacia la estela de humo negro.

A medida que se acercaba, los gritos llegaron a sus oídos mezclados con el ruido de los bomberos al hacerse cargo del evento. Por supuesto, cualquier aroma dulce y húmedo que antes hubiera estado presente, ya había sido reemplazado por el correoso y ácido hollín.

Franky, su segundo al mando, apareció corriendo a su lado.

—¿Dónde fue? —le gritó a su compañero.

—Parece que en uno de los biodigestores públicos. 

«Esto puede ser un desastre» pensó recordando todas las tuberías de salida de los biodigestores que proveían el bio gas de calefacción a los edificios públicos.

—¿En cuál? ¿Cuál de ellos fue?

—Creo que el 3 —arriesgó su compañero que no dejaba de correr a la par.

—¿Muertos? ¿Hay muertos? —preguntó sin querer oír la respuesta.

—No he oído nada por el comunicador... no lo creo —arriesgó Franky como expresión de deseo.

Cuentos: Construyendo un mundoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora