Capítulo 1: Con las manos en la almohada

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Entré en la cocina aprovechando el vaivén que se producía por el movimiento de la nave, pasaba desapercibida al cruzar de un lado a otro. Un cocinero dormitaba sobre la masa de un pan que aún no había sido horneado, y un pinche de cocina correteaba de acá para allá sacando las cosas del horno y colocándolas con tanta celeridad en otra bandeja que no se percató de la repentina desaparición de uno o dos de los hojaldres que con tanto esmero había preparado. Era una suerte que antes del desayuno en la cocina reinase el caos absoluto, ya que me permitían alimentarme lo suficiente para aguantar otro día más. Si no, tenía que valerme de las sobras que llegaban del comedor, después de haber sido devoradas por un hambriento séquito de pasajeros y tripulantes, y el capitán. Seguro que si supera que sus sobras eran las que más disfrutaba no dejaría ni una miga.

Sonreí saboreando el postre de aquel día, y seguí a un camarero fuera del lugar, hacia el comedor. Las lámparas de gas se encontraban apagadas en la luz de la mañana, las persianas de cobre se hallaban abiertas de par en par, mostrando un cielo azul intenso y libre de nubes. A través de la ventana se veían montañas de picos blancos, bosques cuyas copas se difuminaban unas en otras y grandes ríos que apenas se asemejaban a un riachuelo de altura era verdaderamente considerable, era evidente que iba a pasarme mucho tiempo en aquella nave. Mucho más del que ya llevaba.

Al poco tiempo el comedor comenzó a llenarse de gente, los pasajeros, como siempre ataviados con sus mejores galas, siempre alardeando de dinero y, por ende, de poder. Observé todo desde una esquina, buscando a mi amiga.

Ella sí sabía dónde estaba, porque cuando comía yo me colocaba a  su lado y le demostraba que estaba con ella y no iba a dejarla sola.

Al cabo de un rato apareció, destacaba por lo ordinario de su vestido y lo poco cuidado que tenía el cabello rubio. Parecía cansada y hablaba con uno de los tripulantes con completa calma y una sonrisa. Ella siempre sonreía cuando iba al comedor, bueno, verdaderamente no dejaba de sonreír, era una joven muy risueña y tampoco tenía por qué mantener el rastro serio, ella no estaba verdaderamente “capturada” sino que era… una pasajera permanente del Lhanda. Tenía su propio camarote y una continua vigilancia, pero al menos no la torturaban.

Sonreí y fui a su lado, le toqué el cuello y su sonrisa se ensanchó, sentándose en la mesa de la tripulación. Me quedé de pie a su lado.

Alguien tiró un trozo de tela sobre la mesa y se sentó al lado de ella, casi rozándome al pasar. Ella se limitó a alzar sus ojos ambarinos hasta fijarlos en Daimen, que sonreía.

- ¿Qué te ha alegrado tanto la mañana, Daimen?- Preguntó,  pinchando con delicadeza el bacon que le habían servido- Un trozo de tela de no muy buena calidad no parece razón suficiente para tu sonrisa.

Yo, que había reconocido la tela rugosa, me callé y dejé de jugar con su pelo. Debió notarlo, ya que se tensó levemente.

- Tu amiguita me ha alegrado la mañana, Surina- Dijo el chico, señalando el trozo de vestido rasgado.- Ha dormido en mi cuarto, y casi la veo, incluso se le rasgó el vestido.

- ¿No me digas?- Parecía igual de calmada, pero comenzó a escribir letras en la salsa de nutrientes insípidos que servían al lado del bacon.

<¿Cómo se te ocurre hacer eso? ¿Acaso quieres que te pillen?>

Puse los ojos en blanco mientras llevaba la mano a su espalda y comenzaba a escribir lo que quería decirle. Era nuestro único método de comunicación, al menos mientras tuviéramos compañía.

<Lo siento, me quedé atrapada, y tiene un sofá cómodo>

Sonrió levemente, volviendo a prestar atención a Daimen, que estaba narrando sus planes. Un joven tripulante que pasaba a dejar un recado vio el trozo de tela y escuchó al capitán. Al cabo de un rato debió atar cabos, porque suspiró y dijo.

El Fantasma del LhandaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora