Calder la miró unos segundos, para después soltar una carcajada que la hizo rabiar.

—¡No te rías de mí! —lo golpeó con una almohada pequeña que quedó a su alcance.

—¡Espera, espera! —le quitó el arma emplumada—. Lo siento, no quería reír.

—Lo hiciste, te burlas.

—No lo hago. Es que es una idiotez.

—¿Qué no me incluyas en tu vida te parece una idiotez?

—¿Qué no estas inclu...? —sonrió y negó—, creo que el que estés en mi recamara, el que lleves a mi hijo, el que te contara que soy bastardo es incluirte en mi vida. Pero no solo eso, te permito que opines, que trabajes conmigo, incluso te he complacido en mantener a Megan alejada de la casa.

—¿Cómo dices?

—Sí, ¿pensabas que era por obra de magia que ya no la veías? La mandaba de viaje junto con Loren. A ver si así pegaban un poco, pero creo que no lo he... —Calder calló debido a que ella se había echado en sus brazos— ¿Ahora qué señora hormonal?

—No piensas que soy una idiota ¿cierto?

—Por supuesto que no —la acogió— ¿Por qué pensaría eso?

—Nada —se abrazó a él, respirando su perfume masculino y sonriendo— ¿Puedo dormir aquí?

—No deberías ni preguntarlo.

Ella esperó a que su marido se recostara nuevamente sobre las almohadas antes de hacer lo mismo, pero sobre su pecho, se abrazó con tanta fuerza que pensó que Calder la quitaría. No lo hizo. En cambio, la abrazó con fuerza y besó su frente, soltando un suspiro cómodo antes de comenzar a dormir de nuevo.

—¿Calder?

—¿Mmm? —él no abrió los ojos.

—¿Te arrepientes?

—¿De qué?

—De casarte conmigo.

Hubo un silencio en el que Blake pensó que se había dormido, sin embargo, respondió:

—Nunca me he arrepentido de ninguna de mis decisiones.

Ella sonrió y se acurrucó contra él, besando el pecho descubierto y cálido que utilizaba como almohada.

—No hagas eso si no quieres que te haga el amor en este mismo instante.

—Pensé que estabas cansado —sonrió ella.

—Nunca lo suficiente.

Calder sonrió y la besó, pero no la tomó, solo provocó que ella se recostara y la abrazó dulcemente para ayudarla adormir. Blake lo echaba de menos, porque le gustaba sentir su cercanía y recostarse juntos. Era en esos momentos en los que sentía que su marido la amaba sin límites y le entregaba su alma, solo a ella. Era solo de ella.

A la mañana siguiente, Blake despertó por el movimiento que hacía su esposo al intentar separarse sin despertarla.

—Hola —se volvió ella con voz ronca y ojos somnolientos.

—No quería despertarte —le besó la mejilla—, pasaste mala noche.

—¿En serio? —se sentó en la cama—, pensé que había dormido de corrido.

—Sí, lo hiciste, pero parecías no tener buenos sueños.

—¿No te dejé dormir?

—No pasa nada. Estoy más inquieto por lo que murmurabas entre sueños.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!