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―Pero no aquí

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―Pero no aquí. ―Echó un vistazo rápido a su alrededor, luciendo alerta y vacilante a la vez―. Hay un salón vacío al doblar la esquina, si te parece podemos ir a conversar allí.

Já. No iba a caer con eso.

¿Qué pasaba si una vez dentro soy víctima de un ataque grupal, o algo así?

Mejor no arriesgarse.

―Pues no, no me parece. Soltarás lo que tengas que decirme aquí mismo, o de lo contrario perderás la oportunidad de hacerlo. Así de sencillo ―declaré, tajante.

―Vaya ―pronunció con gesto desenfadado―. Es cierto que te volviste más inflexible, aunque creo que tiene que ver, más bien, con un particular rechazo hacia mi persona, ¿o no?

―Lo que pasa es que para mí no eres alguien de fiar, Carlos. Supongo que ya comprenderás porqué.

―Claro que sí, y no sabes la vergüenza que me da plantarte cara después de que lo que pasó, porque sé que sabes que muchos de los amigos de Alan, incluyéndome, estábamos al tanto de lo de la... ―arrugó el entrecejo, notablemente incómodo―, pero si acudí a ti a pesar de lo avergonzado que me siento y de lo decepcionado que estoy de mí mismo, fue con la intención de tratar un asunto totalmente diferente. ―Se pasó una mano por el pelo con evidente exaspero―. Azucena, Alan no sabe que estoy hablando contigo ahora, y no debe enterarse tampoco, por eso es que no quiero que él ni nadie se percate de que estamos interactuando. ―Liberó un bufido de fastidio―. No es como si él y yo estuviéramos confabulados para tenderte una trampa, ¿sí? No habrá nadie allá adentro. Sólo estaremos nosotros. Te lo juro.

Dejo de lado el que pareció leer mi mente, y me concentré en buscarle una salida a la situación en la que me encontraba. Si estaba avergonzado o se sentía decepcionado de sí mismo, no era problema mío, y, la verdad, poco me importaba los sentimientos que lo que sucedió despertaran en él. Aunque sí me parece bastante descarado que 'acudiera a mí' como dijo, para hablarme sobre el individuo al que más detesto por hacerme, con alevosía, un gran daño. Además, dudo que Carlos hiciera algo por cambiar los planes de Alan, e intuyo que hasta conformaba parte del grupo que lo alentaba a lograr su cometido en su momento, así que no entiendo por qué es que debería ser condescendiente con él. Es tan idiota como su amigo, y no puedo esperar de él nada bueno. Sin embargo, tanto misterio, de alguna manera, me estaba tentando. A parte de la seriedad que irradiaban sus facciones, también lo noto temeroso, y me gustaría saber por qué se comporta como si hablar conmigo fuera un delito, pero, sobre todo, quiero conocer las razones que lo orillaron a buscarme.

―Si no quieres que nadie nos vea, debe de tratarse de algo grave, ¿no?

―No voy a mentirte. ―Me enseñó una risa nerviosa―. Sí lo es, por eso, antes de que decidas huir...

Debí suponer que a ese gesto apenado que parecía pedir disculpas anticipadas sólo podía seguirle una acción que no me iba a agradar, nada. En menos de lo que dura un pestañeo me encontraba dentro de un salón con la luminaria apagada, sintiendo un fuerte ardor en mi muñeca producido por la brutal forma en que la asió con su mano. Tras el chasquido que emitió la seguridad de la puerta de la sala al ser accionada, recién pude asimilar que había sido prácticamente arrastrada, en contra de mi voluntad, hasta el salón desierto al que se había referido instantes antes.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora