Capítulo 26

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Blake caminaba por el jardín con sus ropas de trabajo. Su disimulada pancita era más evidente debido a las faldas acinturadas que usaba. Calder no le permitía hacer esfuerzos como lo era ir al campo y alimentar a los animales, pero tampoco le negaba que se pusiera hacer una que otra cosa para ayudarle a él o al resto de los empleados.

—¡Señora Blake! ¡Por Dios Santo, señora Blake! Siempre haciendo lo mismo, el amo dice que no debe esforzarse.

—Helen, te he dicho que puedes llamarme solo Blake.

—El amo se molestará si lo hago.

—No lo hará, te aprecia mucho —le acarició la mejilla— ¿Qué sucede? ¿A qué debo ese griterío?

—Buscan al amo, es un hombre que asegura tener información que le interesará ¡Pero no lo encuentro por ningún lado! ¿Sabe usted dónde está?

Blake frunció el ceño.

—¿Ha dicho quién es?

—No, no lo ha querido decir.

—Ya voy yo —aseguró la joven—¸ sigue buscando al señor.

—Sí —sonrió la joven, echándose a correr de nuevo.

Blake tomó sus faldas y caminó de regreso a la casa, no le dio tiempo de cambiarse puesto que aquél hombre no se había pasado a alguno de los salones de visitas y se encontraba observando una pintura que a Calder le fascinaba.

—Muy hermoso en verdad —dijo el hombre dándole la espalda—, pero seguro la mejor posesión del capitán es su mujer.

La garganta de Blake se cerró por un momento al reconocer al hombre, no se desmayaría en esa ocasión, pero lo sentía cerca.

—¿Qué hace aquí?

—Vine a verla, sabía que la encontrarían primero, he visto a su marido cabalgando por las tierras antes de llegar. Es afortunada, es un hombre muy rico.

—¿Qué quiere?

—Por ahora, solo deseaba perturbarla, el día de la fiesta no me dejó siquiera acercarme a usted, cayó desmayada tan solo verme.

—No se debía a usted —mintió.

—Claro, claro. Me he enterado. Felicidades —Blake no respondió, seguía mirándolo de manera ponzoñosa—. Pero qué callada la encuentro.

—No tengo nada que decir. Solo que se marche y nunca vuelva a molestarme.

—Ah, no creo que sea posible, pienso sacarle mucho provecho al asunto, me costó bastante saber a dónde se había ido, pero ahora que la encontré, no le será fácil deshacerse de mí.

—Diga lo que quiere y se lo daré.

—Venganza. Es obvio.

—Márchese o me veré en la necesidad de hablarle a mi esposo de usted.

—¿Por qué no lo ha hecho? —sonrió cínicamente—, la respuesta es simple, no quiere decirlo.

—Yo...

—Blake —entró Calder—, Helen me ha dicho que...

—¡Capitán! —sonrió el hombre—, al fin puedo dar con usted.

Calder dirigió una mirada extrañada hacia el hombrecillo.

—¿Lo conozco?

—Aún no —aseguró el hombre con confianza—, pero vengo a postrarme ante usted para pedirle trabajo.

—¿Trabajo?

—Mi señor, sé por el pueblo que es un hombre bueno con la gente pobre, sufro necesidad, por favor.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!