Rosas Blancas

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Se levantó temprano como todas las mañanas. Preparó café y se aseó, siguiendo su rutina diaria. 
Todos los días era lo mismo, y a él le gustaba la monotonía de su vida. Le gustaba la inalterable paz que sentía al mantener todo su día planeado.
Con aún unos minutos de sobra para salir de su casa, releyó por décima vez su agenda. Ese jueves catorce de febrero sería un día más de rutina.
Suspiró fastidiado, sabía la fecha "especial" que se llevaba a cabo. El día de los enamorados para Narsis no era más que una bobería inventada por marketing. 

Al salir de casa su estrés aumentó. ¡Apenas las ocho de la mañana y toda la cuadra estaba llena de puestos que exhibían productos rosas y cosas melosas! 
Contuvo la mueca de asco que amenazaba con salir de su rostro y solo pudo suspirar. Caminó con la vista fija en su reloj, hasta que una voz melodiosa intentaba captar su atención.

- ¿Una rosa para su dama afortunada, señor?

Preguntaron, y Narsis sin alzar siquiera la mirada negó con la cabeza. Además, ¿de qué afortunada hablaba ese vendedor?

- ¿Sabe, señor? Las rosas blancas significan la pureza e inocencia, además del deseo de una relación sólida. ¿No cree que a su novia le gustaría un ramo? 

Narsis inhaló con fuerza, no le gustaba la insistencia. Volteó fijando su rostro enojado hacia el vendedor. Su corazón palpitó con fuerza y las palabras que tenía planeado decirle al vendedor quedaron atoradas en su garganta. 
Una sonrisa se escapaba traviesa de entre los labios rosados de aquel vendedor de flores.
No era hermosísimo, pero tenía ese algo que a Narsis le gustaba. 
Tenía el cabello oscuro, pestañas largas, grandes ojos entre marrones y verdes, piel clara y una sonrisa impecable de dientes tan blancos como las rosas que exhibía. Además de ser un poco bajito, dándole un aire infantil.

- ¿Señor? -volvió a preguntar, al ver que el hombre de traje no reaccionaba.

- Ah, si. Llevaré un ramo de rosas blancas... y un florero. 

El pequeño florista asintió, volteándose hacia su puesto. Narsis se acercó dudoso a la espalda de aquel hombrecito, viendo como sacaba algunas espinas de las rosas que parecían recién cortadas.

- ¿Las cultivas tú? Las rosas. -se aventuró a preguntar.

- Así es, mi madre era florista; y con el tiempo adquirí el gusto por las flores.

Después de esa respuesta ambos quedaron en silencio. Narsis se sentía extraño, en los veintisiete años que llevaba de vida nunca antes le había pasado tal cosa. Había tenido parejas, si. Pero nunca había sentido tal pasión desbordante, y menos hacia un chico.

- ¡Aquí tiene, señor! Espero que su novia lo disfrute. - El joven sonrió, entregándole el ramo de rosas en el florero. 

- Por favor, no me digas señor. Llámame Narsis, ¿tú eres? -dijo sonriendo, extendiéndole su mano libre.

- Gael, un gusto conocerlo. ¿Así que se llama Narciso? Vaya que le queda bien. -dijo lo último susurrando para él mismo, pero debido a la cercanía, Narsis pudo escucharlo a la perfección.

Alzó una ceja, extrañado. ¡Obviamente sabía sobre el cuento de Narciso! ¿Se referiría a aquello? - ¿Quieres decir que soy narcisista, niño? -preguntó, rodando los ojos con sarcasmo.

El contrario comenzó a negar fuertemente con la cabeza. Sonriendo nervioso ante las palabras del hombre de traje.
- ¡No es lo que quería decir, Narsis! ¡Me refiero a que usted me parece bastante atractivo! -soltó rápidamente el florista, frotando sus manos con nerviosismo.

Narsis, perplejo, comenzó a reír algo sonrojado e incómodo, desviando la mirada a su reloj. Pero al ver este, abrió sus ojos preocupado, ¡iba tarde a la oficina! 
Sacó a toda prisa la cartera, torpemente, y pagó el precio por las flores.

- ¡Quédate con el cambio, nos vemos! -respondió presuroso, alejándose hacía su edificio de trabajo.

- ¡Quédate con el cambio, nos vemos! -respondió presuroso, alejándose hacía su edificio de trabajo

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- Explícame, Narsis. Aparte de llegar diez minutos tarde, ¿vienes con flores? - Berta, la jefa de Narsis, se sobaba el puente de la nariz, aparentemente enojada. - ¿Qué te ha pasado? 

Narsis desvió la mirada, odiaba tener que explicar algo que ni él mismo entendía. ¿Por qué tuvo que quedarse a comprar las estúpidas rosas blancas de Gael? Aunque ahora que las veía bien, le recordaban al chico que las vendía. 
Al pensar en el joven florista una sonrisa tonta se coló en su rostro, haciendo hervir aún más a Berta.

- ¡Normalmente eres muy responsable, por lo que te lo dejaré pasar! Primera y última vez, Bellamy. -dijo la elegante mujer, antes de irse a su propia oficina.

Narsis solo asintió, que lo llamaran por su apellido significaba que la jefa estaba realmente molesta. 

- Oye, Narsis, no le hagas mucho caso. Está molesta porque has llegado con rosas y no son para ella. -le susurró una compañera, burlándose del mal humor respecto a las fechas especiales de la jefa.

- Seguro le gustaría que fueras su sugar baby, ¡le hace falta alguien que le dé! -bromeó Mauro, uno de sus mejores amigos.
Narsis rodó los ojos ante la repugnante idea, además que él ya no era tan joven. La idea del sugar baby no le iba bien, le desagradaba acostarse con alguien por dinero.

- ¡No seas desagradable, calvo! Sabes como reacciona Narsis a las bromas. -dijo otra, centrándose en su trabajo.

Narsis odiaba las bromas sexuales, le parecían desagradables y denigrantes. Decidió ignorar a sus animados colegas y fue a sentarse en su puesto, con el florero aún entre las manos.
Lo dejó a un lado de su pequeño escritorio, y apoyó su barbilla entre sus manos, contemplando las hermosas flores. Se sentía como una colegiala enamorada, le parecía estúpido, pero agradable. ¿Cómo podía haberse enamorado tan rápido? ¡Y de tal vez un niño! 

Comenzó a considerar sus ideas, Gael sin duda se veía realmente joven, con un rostro de niño además de su estatura que no ayudaba mucho. ¿Y qué si Gael no era aún mayor de edad? ¿Lo llevarían a la cárcel por ser mayor? 
Ante tantas ideas tontas, sacudió su cabeza en un intento de alejarlas. Prendió su laptop y abrió el navegador. No tenía que hacer nada, solo estaba ahí para cubrir su puesto. 

Con toda la pereza del mundo, dejó caer uno de sus dedos en una tecla al azar, siendo esta la G. Volvió a pensar en el florista. ¿Qué tendría ese niño de especial? 

Suspiró fastidiado, le molestaba pensar en cosas innecesarias en momentos inadecuados; y para él, ese era un momento inadecuado. 

¡Concéntrate en el trabajo, Narsis! Pensó, dándose palmadas en las mejillas. Tenía que espabilarse, después vería a Gael.


Bieeeeeeeeeen, ¡bienvenidos a mi especial de San Valentin! Esta historia no durará mucho, es algo realmente cortito. Tal vez de cinco o seis partes si lo expandimos mucho.

¡Espero que la idea les guste!




White RosesWhere stories live. Discover now