Capítulo diecisiete: Overture

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Cuando buscas una aguja en un pajar tienes dos ventajas: sabes qué buscar y en dónde buscar. Sin embargo, cuando buscas algo parecido a una droga o un químico y estás en el principal mercado negro del mundo, estás bien jodido.

La gran diferencia entre la aguja y el pajar con mi situación, es que el ave no puede asesinarte, picarte en trozos pequeños y esparcirlos por toda la ciudad. Es decir, de nuevo —«para variar»— estaba entre la espada y la pared; si encontraba lo que las bestias de Granada querían podrían matarme, pero si no lo encontraba también podrían matarme.

Como cualquier hombre que enfrenta una situación complicada de la que no tiene escapatoria, fui a un bar, pedí un tarro de cerveza y me senté a contemplar mi final. Pasé un par de horas haciéndome tonto con el mismo trago. Sin embargo, a eso de las 7 de la noche mi celular timbró en repetidas ocasiones.

Fui muy explícito en que no me molestaran, así que supuse que era una emergencia.

—¿Bradley? —Leah sonaba muy alarmada—. ¡¿Dónde diablos estás?! ¡Te hemos buscado por horas!

—Pedí que no me molestaran. ¿Qué sucede?

—¡Es una emergencia!, ¡debes venir en este instante!

Dejé unos billetes sobre la barra y conduje a toda velocidad. Llegué en unos minutos hasta el apartamento. Subí tan rápido como pude, todo el equipo estaba reunido.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—Tenemos un terrible problema... —Rene lucía muy nerviosa. Ella extendió su mano y me entregó un celular—. Los agentes... ellos se dieron cuenta de nuestro engaño...

—¿A qué te refieres...?

—Salió en las noticias. —Leah se levantó y encendió la transmisión.

El equipo siguió de cerca el escándalo que ocurría en Washington. Un equipo especial había arrestado al agente Scott Jackson, alías «J». Los medios hicieron una cobertura completa del incidente debido a que el mismo arresto que habían hecho los acusaba de actos de terrorismo internacional.

Después de ver 15 minutos del vídeo, pregunté:

—¿Qué sucede? Lo logramos...

—Aún no acaba —interrumpió Rene.

Continué viendo el vídeo, no sabía qué esperar. Sin embargo, después de varios minutos uno de los jueces que llevaría el caso declaró que todo parecía ser una falsa acusación. Las pruebas parecían implantadas, pero —de acuerdo al juez— buscarían la verdad para hacer justicia.

—Nuestro plan sigue en marcha —acoté.

—Prende el teléfono... —Leah estaba exhausta, sus gestos mostraban mucha fatiga y estrés.

Lo primero que encontré, cuando prendí el teléfono, fue un historial completo de llamadas perdidas. Revisé los mensajes (eran alrededor de 50), y todos decían casi lo mismo: «Despídete del niño. Iremos por ti, infeliz».

Mientras revisaba los mensajes, una llamada entró, era el agente K.

—¡Estás muerto, bastardo! ¡Te mataré con mis propias manos!

—¿Aló? —ironicé.

—¡Deja tus estúpidos chistes! Estoy con el niño... ¿Quieres despedirte de él?

—¿Cuál niño?

—¡El maldito hijo de esa negra! —El agente K golpeó un objeto, después gritó diversas órdenes y se escucharon disparos. En todo momento sonó el motor de un vehículo.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!