Capítulo 25

15K 2.7K 414

Habían pasado los meses de lluvias y era el momento de comenzar a recolectar los frutos de lo cosechado. Los agricultores hacían una gran festividad por la ocasión, se elevaban cartelones y se hacían juegos, había comida por todas partes y vino en cada esquina. Se podían escuchar a los hombres cantar y las mujeres bailar por cada rincón de la mansión Hillenburg ya que su patrón les permitía aquella pachanga cada año, dando de esa forma las gracias a todos por sus muchos esfuerzos durante lo largo del ciclo.

Blake sonreía, estaba contenta al ver la algarabía de sus amigos, tenía puesto un precioso vestido de campo que reducía su cintura y exaltaba su busto, su cabello negro caía suelto sobre su espalda, enmarcando sus facciones y resaltando su mirar verdoso. Ella se paseaba del brazo de su marido, quién la encaminaba hacia la mesa donde se dispondrían a los elegantes señores que estarían siendo invitados para el festejo.

—¡Blake! ¡Blake! —sonrió Simoneta con alegría—, me alegro que me hayas invitado.

—Por supuesto —Blake miró a su marido—, es para nosotros un honor tenerlos con nosotros.

—Él es mi marido, Elvin Davids.

—Es un placer tenerlo aquí, señor Davids —Calder alargó la mano—, es usted bienvenido cuando quiera.

—Tiene unas tierras espectaculares, señor Hillenburg, su extensión llega a rozar a la obscenidad.

—Lo tomaré como un cumplido.

—Oh, lo es —afirmó el hombre—, me agradan los hombres que gastan el dinero para obtener más dinero.

Calder sonrió y tomó a su mujer por la cintura, al igual que hizo el señor Davids. Ambos parecían evaluarse detenidamente, proporcionando incomodidad a las dos chicas que se miraban intrigantes entre ellas. El señor Davids tenía cuarenta y cinco años, ganándole por mucho a su joven esposa, era de carácter sombrío, taciturno y nada amable. Además de su falta de virtud, estaba también el hecho de que era muy poco agraciado, narizón, orejas grandes y ojos pequeños. Tenía una estructura física grande, alta y corpulenta. Daba bastante miedo.

—Su mujer es bastante hermosa —dijo el hombre sin mirar a Blake— ¿Dónde la ha conseguido?

—Es originaria de Londres, pero tiene raíces francesas.

—Sí que lo parece. Lo felicito por su adquisición.

Blake sintió arder el estómago, pero la mano de Calder propiciaba la presión adecuada para hacerla saber que no debía interrumpir a ese hombre que parecía tener a las mujeres en tan bajo rango. Las trataba como objetos y eso le hizo fácil sentir tristeza por su amiga quién parecía siempre tan alegre, quizá era una máscara.

—Se lo agradezco.

—Dígame —caminó el hombre, llevándose con él a su esposa, esperando que la otra pareja los siguiera—: ¿Qué espera de su mujer?

—Creo que no comprendo, ¿Podría ser más específico?

—Es fácil, yo de mi esposa espero poco, puesto que es mujer, solo quiero que me respete, me dé hijos y claro, que me complazca en la cama. Una mujer solo se puede dar a valer por esas cosas.

—Creo que, en ese aspecto señor, somos diferentes —expresó Calder con tiento—, no deseo que mi mujer solo aguarde por mí para que deposite mi semilla en su seno. Me aburriría de ella.

—Para eso hay más.

Simoneta bajó la mirada, apenada por la conversación de su marido, por la falta de respeto que le mostraba al estar ella presente. Lloraría si no fuera porque estaba en público y sentía la mirada de su amiga Blake sobre ella.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!