1. La flecha apunta a la mira

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No puedo evitar un suspiro enternecido antes de apoyarme en la barra y observar a un cliente sentado al lado de uno de los grandes ventanales de la cafetería.

Soy Emily, empleada de la cafetería "Antiguas delicias" en Los Ángeles. Mi trabajo siempre se había resumido en atender a un sinnúmero de clientes que visitaban el lugar en busca de una bebida y pasar el tiempo con sus seres queridos. No obstante, las últimas semanas mi atención ha estado puesta sobre dos chicos que ni siquiera cruzan palabra cuando se encuentran aquí.

Todos los días por la mañana, acude un joven alto, muy apuesto, de complexión delgada y un porte bastante elegante. Siempre viste distinguidos trajes modernos, su lenguaje corporal es bastante confiado y su voz es tan malditamente seductora. Cuando me acerco a entregar su bebida es imposible no distinguir que su loción para afeitar es un deleite más placentero que el mismo aroma del café expreso de su preferencia.

El chico elegante siempre se sienta al lado de la misma ventana mientras bebe su café y mira con interés hacia la transitada calle como si esperara a alguien en específico y yo sé a la perfección por quien aguarda.

Algunos minutos después, llega un joven con la misma complexión del chico elegante, aunque con ropas deportivas, mi muchacho favorito, a decir verdad. Llega agitado y sonrojado pidiendo té helado sin azúcar, se sienta en uno de los extremos de la cafetería mientras revisa su celular y descansa por un momento. El chico elegante no se pierde ningún movimiento del joven deportista, siempre luce muy interesado en él, pero jamás se acerca ni siquiera para saludarlo.

Casi puedo ver dibujado en el semblante del joven elegante tantas preguntas acerca del otro hombre. Deseo con toda mi alma que se atreva a ponerse de pie y lo salude. Me encantaría verlos coquetear, tomarse de la mano y bueno... ver un beso no estaría nada mal.

— ¿De nuevo estás imaginando historias con los clientes? —Escucho el murmullo de mi compañero de turno— Deja de estar fisgoneando y sigue trabajando.

—No me estoy imaginando historias —reprocho en el mismo tono bajo—, sé que se aman y deben estar juntos.

Observo con frustración al joven deportista que se encuentra absorto en su aparato electrónico. Si el muy idiota tan solo levantara la vista, podría ver el interés del chico elegante que no despega la mirada de su distraído ser.

—Ni siquiera sabes si se gustan, tienes complejo de cupido —vuelve a farfullar el amargado de mi compañero quien está viendo al chico elegante que para ese momento ya se ha levantado de su asiento y se está acercando al mostrador.

—Al menos uno de ellos sí parece interesado —respondo con rapidez antes de sonreír al apuesto cliente quien se detiene frente a la barra y me extiende un billete.

Recibo su pago y abro la caja para extraer el cambio.

—Para el día de San Valentín tenemos una promoción que podría interesarle —explico devolviéndole unas cuantas monedas—. Si compra una bebida, la segunda será gratis si trae consigo a su pareja.

El chico elegante sonríe y el gesto es tan deslumbrante que casi me provoca un suspiro.

—Suena tentador —habla con voz profunda y feliz—, pero me temo que será un día solitario para mí.

No puedo evitar un mohín al ver que no entendió mi indirecta.

—Puede invitar a alguien que ya esté aquí —me encojo de hombros cuando él levanta una ceja en un gesto travieso—, lo importante es aprovechar la promoción.

—De acuerdo —asiente antes de ladear la cabeza y mirar con brevedad al joven deportista que ya se está levantando y estirando con un largo suspiro—, gracias por el dato.

Quisiera poder retener a ese hombre apuesto un poco más, pero se escapa de mis manos antes de que el chico deportista se acerque y pague su bebida.

—Para el día de San Valentín tenemos una promoción que podría interesarle —manifiesto lo mismo para el distraído cliente antes de entregarle su cambio—. Si compra una bebida, la segunda será gratis siempre y cuando traiga un acompañante.

—Gracias —responde el muchacho sin mirarme y se va como si no le hubiera interesado la tentadora promoción.

—Es muy distraído —menciona mi compañero que no se había marchado en ningún momento—, además, ¿de dónde sacaste la dichosa promoción? Si se entera el gerente te van a correr por hacer publicidad falsa.

—Yo pagaré esas bebidas si es necesario —respondo con gran emoción—, pero voy a lograr que esos dos estén juntos.

—Claro —responde él con desinterés siguiendo su camino hacia las mesas recién desocupadas para limpiar.

Ya encontraré una forma para que el joven deportista y el chico elegante logren conocerse.

Café expreso y té heladoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora