—Lucas es..., ¿pero qué dices? ¿En serio te has imaginado que él y yo...?

Volví a reírme, sin poder acabar la oración. Irene no se estaba riendo, pero al menos ya no parecía enojada. Señaló las llaves y mis zapatillas rotas. Entonces recordé que le había pedido que me acompañara a comprar unas nuevas. Irene, como gran fanática del calzado, conocía las tiendas de descuentos de la ciudad. Podía fiarme de ella.

—Vamos —dijo—, antes de que me den ganas de colgarte.


~~~


Estábamos a mediados de febrero, así que las calles de Vivalri rebozaban el buen ánimo de sus habitantes. Los tímidos rayos del sol veraniego asomban entre el arrabal de nubes y lo que quedaba de la nieve era una delgada pelusilla en las ramas de los árboles. Niños jugaban y daban gritos por todas partes. ¿Realmente había tantos niños en esa ciudad?

Uno de ellos pasó a empujarme usando una capa de Superman, pero se giró para disculparse, medio a regañadientes. Extendí la mano poniendo mi mejor expresión de matón.

—Nada de disculpas. Quiero que me des tu capa.

Me miró horrorizado. Me reí de su expresión

—Bromeo, enano iluso. Me gusta tu traje, por cierto. Deberías usarlo en el colegio también.

Sonrió. Le faltaban dos dientes.

—¡Gracias! —dijo, echando a correr nuevamente tras sus amigos. Irene se acercó con una pequeña sonrisa.

—Siempre has sido muy bueno con los niños.

Encogí los hombros mientras recorríamos las tiendas. El clima era perfecto y me pregunté si Francisco querría quedar un rato después de almuerzo, en el local de churros que nos gustaba.

—Son entretenidos —admití.

—Cuando eras niño te costaba hacer amigos.

—Yo era un llorón idiota. Me lo has dicho muchas veces. Entre los niños, los llorones idiotas suelen ser marginados, y con razón: nadie los aguanta.

—Creo que estás siendo muy duro contigo mismo.

La miré con una ceja enarcada.

—Adivina de quien lo aprendí.

Ella frunció los labios y, por unos breves instantes, pareció un poco atribulada. Luego me dio un golpe suave en la nuca, haciéndome reír un poco, y entramos a una concurrida bodega de calzado que tenía la mitad de sus productos en remate. Dejé a Irene mirando botas de tacón alto para ir a la sección de zapatillas deportivas. Estuve un buen rato intentando decidirme, tal vez demasiado.

Y tal vez por eso, por mi indecisión y sentido torpe de la continuidad, al volver donde mi hermana, me topé con una escena que me dejó perplejo y con las zapatillas en una mano. Sentí que había entrado en una realidad paralela.

Irene y Karen. Juntas. Y charlando. La expresión de Irene tampoco exhibía gestos desconfiados y desdeñosos, lo cual me parecía el colmo de lo surrealista.

¿Cuánto tiempo estuve mirando zapatillas? ¿Cinco meses?

—¡Félix! —Al verme, Irene alzó la mano y me sonrió—. ¿Ya elegiste?

—Sí... —farfullé, mirando a Karen con aturdimiento. Para mi desgracia, ella decidió que había algo en mi cara que merecía una sonrisa ladina, de macabra diversión interna. Y entonces asumí por fin que las mujeres más dispares que rodeaban mi vida, se habían puesto a conversar sin alzar la voz ni emitir frases sarcásticas, de forma absolutamente civilizada.

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