Dejar cosas atrás

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Simon no contestó a ninguna de mis llamadas, ni tampoco a los mensajes que le envié durante toda aquella noche. No dejaba de darle vueltas a cuál había sido el motivo, la chispa que le había hecho encenderse de aquella manera en apenas unos segundos. ¿Por qué había dudado tan rápidamente de mí y de Joe? ¿Es que había olvidado la franqueza con la que siempre nos habíamos tratado? ¿Que Joe le quería como a un hermano y yo no podía estar más enamorada de él? Aquella insinuación suya me dolía cada vez que respiraba. Me raspaba más que la garganta irritada o los ojos llorosos. Me enfermaba más que ningún virus vulgar.

No pude dormir, solo tenía ganas de llorar, pero a las tres de la madrugada mi cuerpo se rindió y me quedé inconsciente sobre la moqueta, con el móvil en la mano. Por la mañana no tenía batería así que lo conecté a la corriente para cargarlo. Pasado un rato todavía no me había contestado. Tampoco lo había hecho cuando salí de la ducha, ni cuando acabé de desayunar y tampoco cuando ya estaba a punto de entrar al trabajo.

Aquella jornada en el almacén la pasé mejor. Los sobres que sabían a infierno empezaron a hacer su trabajo y yo pude hacer mejor el mío. Joshua dejó de vigilarme tan de cerca y varias veces pude revisar la pantalla del móvil en busca de un icono de sobre cerrado en la parte superior o el rastro de una llamada perdida.

Empezaba a pensar que aquello no tendría remedio y que la felicidad había muerto antes de nacer. Volví a casa para comer y volví a salir enseguida. Aún me quedaban algunas fotografías en el carrete y pensé en tomar alguna de Jeannette en plena clase de arte abstracto. Preciosa y sonriente, con aquel mono tejano lleno de pinceladas perdidas de mil colores y los bordes de las uñas teñidos de pintura oscura. Estar con ella ese rato me tranquilizó, me alivió. Luego, cogí un trípode y bajé hasta el laboratorio. Jugué con las luces de las ampliadoras y me hice algunos autorretratos. Una media hora antes de que se acabaran las clases subí y hablé con mi profesor. No estaba acostumbrada a tener tantos secretos dentro.

—¿Así que no te quedan más carretes?

—No.

—¿Y no vas a decirme como los perdiste?

—Preferiría no hacerlo.

—¿Los has revendido?

—No. No los he revendido.

—¿Y tengo que creerte, porque...?

—Porque es la verdad.

—Winters, tu trabajo podría tener una nota excelente y necesitas que así sea si quieres solicitar la beca de la que hablamos. Pero tienes que completarlo con las otras fotografías que te pedí que incluyeras. ¿Cómo vas a hacerlas?

—No sé cómo voy a hacerlas, pero aún me queda algo más de una semana y haré todo lo que pueda. Solo quería decírselo.

—No me defraudes, Winters.

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