Dedicado a todos mis lectores.

—Siempre te he querido, ¿es que no lo ves? —se acercó a mi, tanto que quedé de nuevo acorralada entre la pared del baño y su caliente cuerpo—. Era un niño, Vicky... no sabía lo que te amaba. Nunca lo supe hasta que te perdí. Hasta que te fuiste. Hasta entonces siempre había pensado que la fama era lo mejor, que no era nada comparado a lo que podría o no tener contigo. El día antes de irte... cuando te confesaste... Dios, si hubiese sido hoy no lo habría dudado ni un segundo, ¡habría dicho lo que de verdad sentía! —escruté su cara muy detenidamente, cuando él hizo una pausa, a mi parecer, para dar más peso a sus siguientes palabras. Así que, de nuevo repitió en un susurro—: Te quiero.

—Demuéstramelo —fue todo lo que pude decir, con un hilo de voz.

*8 AÑOS DESPUÉS*

Sin saber por qué, aquella mañana me había despertado melancólica. Había cogido los viejos —época en que asistía al instituto— álbumes de fotos y me había acomodado en el sofá con mi taza de café y una suave y calentita manta. Así pues, llevaba ya un par de horas sentada, decenas de fotos vistas y otros tantos pequeños y bellos momentos rememorando recuerdos.

La primera foto que había visto —la que inauguraba el álbum— era de mis favoritas. En ella aparecía Bryan y Will. Todavía recordaba el día en que la habían pegado, diciendo que ellos eran —obviamente— los más importantes y por eso debían de ser los primeros. Y así había sido. Les dejamos poner de primera su foto solo por no escucharlos.

Ahora, ocho años después, ellos seguían felizmente juntos. Se habían comprado una casa justo al lado de la nuestra, muy cerca de la playa, pero también con fácil acceso al centro de la ciudad. Aunque yo ya estaba completamente instalada, puesto que ya habíamos terminado la universidad, ellos habían decidido hacer un pequeño viaje juntos antes de integrarse en el mundo laboral.

Bryan y Will discutían a menudo. Los dos eran muy diferentes, y por ello no había día en el que sus dos personalidades no chocasen, pero llegada la noche siempre acababan más unidos de lo que estaban por la mañana. Ambos seguían siendo mis mejores amigos. El rubio seguía siendo prudente a su manera, y ya era para mi como mi hermano mayor, mientras Will nunca dejaba de bromear y según él mismo jamás dejaría de ser un eterno Peter Pan.

Ya con una sonrisa en la cara tras haber evocado esa clase de recuerdos, seguí pasando páginas hasta encontrarme con una foto de Alex. Esta la había pegado Ally, y ella misma la había sacado. Fue un día en que todos salimos a cenar juntos. En ella, Alex estaba sentado, observando la oscuridad de la calle a través de la ventana del restaurante. Debido al reflejo de las luces y los efectos de la cámara, finalmente la foto dejaba ver a un Alex con la mirada perdida, reflejado en el ventanal del local. Era una bonita foto. Justo en la página de al lado, sin necesidad de tener que pasar ninguna hoja, se podía ver una foto de la rubia —mi mejor amiga— en esa misma noche. Iba preciosa con un vestido largo de color verde oscuro adornado con pedrería.

Actualmente todos estábamos confusos con respecto a la relación que estas dos balas perdidas mantenían. Pasado un tiempo de sus primeras pasiones lo dejaron, pero al día siguiente ya habían vuelto. Y así estaban desde entonces. Ally y Alex vivían entre rupturas todavía a sus ya 25 años. Bryan y yo esperábamos que asentasen cabeza ahora que tenían que asumir, además, las responsabilidades de sus respectivos trabajos, pero en cambio, Will, con su siempre presente humor, veía las cosas de una manera muy distinta. Según él, no dejarían de andar a idas y venidas hasta tener un hijo. Como excusa para su comportamiento solo objetaba que una relación con futuro incierto da mucho más morbo, y esos dos son unos pequeños guarrillos —palabras textuales. Eso sí, en el fondo todos sabíamos que se querían locamente, pero sinceramente, yo ya no sabía qué esperar de ellos.

Pasó el tiempo, mi café fue a menos y los recuerdos a más, cuando mi concentrada acción se vio interrumpida por un ya conocido bostezo.

—Buenos días... —la voz de Daniel todavía se escuchaba soñolienta, y con este toque ronco de mañana que a mi tanto me gustaba—. ¿Qué haces, amor? —apartó mi taza, dejándola sobre la mesa, y se tiró, literalmente, a mi lado, arrastrándome a sus brazos.

—Buenos días, tonto —empecé a reír por las cosquillas que sus dedos me hacían en la cintura al tirar de mi—. Estaba recordando —una vez acomodada le di un cariñoso mordisco en la nariz.

—Recordando... —me ofreció una risueña expresión—. Qué filosófico.

Me mordí el labio, puse los ojos en blanco y sonreí para mis adentros. Esas eran la clase de emociones que Daniel despertaba en mi. Todavía a día de hoy, ocho años después de ese desesperado Demuéstramelo. Y Dan me lo había demostrado con creces. No había vuelto a mirar siquiera a otras chicas, y a diario me colmaba de pequeños detalles que realmente manifestaban que sus Te quieros eran sinceros.

A pesar de su pequeña interrupción pronto se puso a pasar páginas a mi lado, rememorando conmigo hasta llegar a la última página, dónde se encontraba mi foto favorita. En ella estábamos Daniel y yo  el día de nuestra graduación en el instituto. Asistimos un corto rato a la fiesta, y luego nos escapamos juntos. Lo que yo no sabía era todo lo que él me tenía preparado esa noche.

—¿Lo recuerdas? —susurró él sonriendo.

—¿Cómo olvidarlo? —escondí mi cara en su pecho, dejándole un pequeño beso en este—. Cada detalle —dije en un susurro.

—Para siempre —sentí cómo sus labios se posaban en mi coronilla, depositando ahí un tierno beso.

Esa noche —la noche del baile de fin de curso—, una vez el director y algunos de los alumnos terminaron de dar sus respectivos discursos, nosotros dos nos habíamos ido de la fiesta.

—¿A dónde vamos? —le pregunté a Daniel una vez é ya estaba conduciendo.

—Voy a enseñarte algo... —llevaba toda la noche con una amplia sonrisa en el rostro, y para qué mentir, a mi me encantaba.

Subió el volumen de la música y siguió conduciendo durante un buen rato. Cuando aparcó el coche y me ayudó a bajar observé el lugar, llegando a la conclusión de que ese un amplio campo, podría haberse utilizado como un mirador sin problemas. Y mis teorías no iban desencaminadas.

—Estaremos solos —murmuró Dan mientras sacaba una cesta del maletero del coche. A continuación extendió una manta sobre el techo del coche y abrió la cesta tras ayudarme a subir. En ella había comida de todo tipo. Fruta, pequeños bocadillos, bebida...—. ¿Izquierda o derecha? —señaló las fresas a su derecha y la nata a su izquierda, riendo.

—Uhm... puedo arreglármelas solo con la nata —atajé riendo levemente—. Izquierda, gracias.

Y así nos pasamos la mayor parte de la noche, comiendo, besándonos, bromeando...

—Es la hora —susurró Daniel cuando ya estábamos completamente acostados sobre la manta, yo apoyada en su pecho. Y sin darme tiempo a preguntar de qué era la hora, el cielo se vio invadido por un montón de fuegos artificiales. Lo que quiera que fuese a salir de mi boca se quedó allí dentro, mientras observaba las luces maravillada.

Pero cuál fue mi sorpresa cuando, ante mis ojos, pude distinguir las palabras «Te quiero, Vicky»  formadas por numerosos halos de luz de distintos y bellos colores.

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