Capítulo dieciséis: John D' Alban

33 7 1

La vida es irónica. Lo sé y lo aseguro porque cuando más temprano te despiertas, en un día destinado a ser malo, más rápido te das cuenta que no debiste hacerlo.

Después de ser golpeado por diversas revelaciones sobre Céline, la vida quiso golpearme una vez más llevando a D' Alban a la puerta de mi departamento.

Esa mañana parecía ser especialmente bella. No es que hubiera aves primaverales cantando en mi ventana, o que vírgenes en poca ropa me alimentaran con uvas. En realidad, esa mañana no desperté por el sonido de un tiroteo, y las noticias locales reportaban una noche tranquila.

René había llegado a la isla por la madrugada. De acuerdo al informe que me dieron, todo marchaba conforme a lo planeado. Sin embargo, cuando estaba desayunando, ese infeliz apareció.

John D' Alban entró a mi departamento como si fuera su propia casa; se sentó frente a mí y robó mi café, después le colocó un poco de whisky y preguntó:

—¿Listo para la aventura, bella durmiente?

—Después de que me regreses mi café —respondí—. Llegas 3 días antes de lo acordado, John.

—¿Tres días? Juraría que solo eran dos. Como sea, tenemos trabajo, Sauvage.

—¿Qué puedo hacer por ti en bata? Antes de que respondas, quiero recordarte que respeto las preferencias de todos, pero no soy un hombre de hombres.

—No tienes tanta suerte, amigo. Vístete, debemos hacer un par de compras. Quiero que conozcas a una amiga.

Tuve que terminar mi desayuno camino a las barracas, el peor lugar de esta isla. D' Alban no mencionó nada durante el trayecto, solo se dedicó a apresurar al conductor. Nuestra primera parada fue en una base de armas apostada en lo más profundo de las barracas. Ahí conseguimos un revólver Smith & Wesson.

—Será un buen regalo, ¿no lo crees? —mencionó.

—¿Para quién?

—Para la amiga que quiero presentarte.

—¿A qué clase de mujer le gustan esos vejestorios?

—A una muy especial, Sauvage; ya la verás.

Tardamos poco tiempo en llegar al otro extremo de las barracas. Esos sitios están prohibidos para todos. Solo un pequeñísimo grupo de maleantes tiene acceso a esos lugares. Pero D' Alban jamás me contestó qué haríamos ahí.

Nunca hubiera imaginado que existía un bar en ese sitio. Sin embargo, contrario a todo lo que me decía mi sentido común por la atmósfera tétrica y obscura, entré y pedí un trago. D' Alban aseguró que su amiga llegaría en cualquier momento.

—Relájate, Sauvage. No tarda en llegar. —D' Alban buscó una mesa en medio del bar y tomó asiento.

—¿Me dirás a quién esperamos? —pregunté.

—La verás cuando llegue, es inconfundible.

—Comprendo, pero...

—No hay «peros»; recuerda tu posición.

—Soy un hombre ocupado, no tengo tiempo para socializar. Llega al maldito punto.

—Verás que sí tienes tiempo para socializar...

Pedí otro trago, pero D' Alban ordenó que llevaran cinco botellas del mejor burbon de la casa —que en sí era una porquería muy dura de roer—. El alcohol, entre más fuerte y seco, aviva más el alma. Sin embargo, antes de que pudiera «despertar mi alma» con un trago, uno de los guardias hizo una señal y todos salieron.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!