CAPÍTULO 10: EN LA MENTE DE NUBOFF

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El Ojo de Horus se mantenía aún en línea recta, en relación a la cadena de oro que sostenía Rasec en ese instante. De hecho, Troy tuvo la sensación de que la vertical de la cadena se mantenía fija y estática, como si un poder invisible estuviera ejerciendo una tensión entre el extremo de la alhaja y la mano firme del hipnotizador.

—Siento frio, mucho frio—indicó el payaso, mientras sus ojos ofrecían una mirada pérdida—. Por favor, tengan piedad de mí.

—La tendrás—le contestó Rasec—. Continúa respirando profundo.

Entonces, con mucha rapidez, Rasec jaló hacia atrás la cadena. Al hacerlo, los miembros de la Brigada Púrpura experimentaron que una brisa intensa fue emitida desde el cuerpo de Nuboff, como si su ser tuviese la carga de una bomba nuclear que estalló en silencio.

Además de la brisa, el efecto de aquella bomba sembró en la bodega una enorme cantidad de objetos cuya materia era tan liviana y etérea como una ilusión. Aquí y allá se podía contemplar recuadros que parecían pinturas, rifles de asalto, líneas de código de software, misiles nucleares, personajes del universo de Batman y tacos de dinamita.

Todo ello, y muchos elementos más, permanecían flotando en el aire, como si Nuboff fuese un proyector cinematográfico. Experimentando en su corazón la tensión y estrés que reflejaban ese universo de objetos, Trinity no pudo evitar expresar su punto de vista:

—La energía que produce toda esta colección de objetos es bastante pesada. ¿Cómo logra un hombre como este sobrevivir al caos que existe en su interior?

—Jugando a la guerra, supongo—contestó Marshall—. Lucha contra la realidad para calmar su instinto violento.

—Tal vez—sugirió Nathan.

Unos segundos de silencio se instauraron en la bodega.

—Muy bien, señores—anunció Rasec—, llegó el momento de entrar.

En ese momento, Nuboff observaba con su mirada pérdida a los miembros de Brigada Púrpura, quienes permanecían rodeándolo en la penumbra de su bodega. Entonces, su campo de visión empezó a girar formando un remolino de colores. El remolino aumentó su velocidad, girando de manera frenética.

Unos segundos después el movimiento del remolino finalizó, dejando a Nuboff observando de nuevo a los personajes en frente suyo. Sin embargo, la escasa inteligencia con la que podía operar en ese momento, le permitió deducir que aunque permanecían allí, respirando al mismo ritmo, la esencia de cada uno se hallaba en otro lugar remoto y frío.

Una milésima de segundo antes de que concluyera el desquiciado remolino, obedeciendo a las claves que les había enseñado la Pirámide de Kefrén, Marshall, al igual que los demás, permitió que la energía que sentía a escasos centímetros del ombligo explotara.

Como consecuencia, fueron asolados por una ola de energía que permitió que la mente de cada uno se zafara de su propio cuerpo, concediéndoles la oportunidad de ingresar a un nuevo escenario. Ahora se encontraban en el universo mental de Nuboff, cuya intensidad era del color azul celeste que le había insinuado Rasec.

—Mantengamos la calma—susurró la mente de Nathan—, nadie mejor que yo puede dialogar con Nuboff.

—De acuerdo—contestó la mente de Sofía—. Somos conscientes de tu talento.

—Estaremos atentos a tus indicaciones—concluyó con amabilidad Troy.

El dialogo se sostenía a través de sus propias mentes, por lo que el hipnotizado payaso no tenía la más mínima idea de que la esencia de los demás estaba presente en su ser. Rasec estaba a cargo de mantener activa la hipnosis, por lo que aparte de ser testigo y escuchar todo lo que ocurría, su gran sabiduría no podía participar más en aquella intervención mental.

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