Capítulo 24

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Blake miraba desde lejos a su marido mientras trabajaba duro en los campos, acompañado del resto de sus ayudantes quienes lo admiraban y lo imitaban lo mejor que podían. El cuerpo fuerte de Calder estaba siendo mostrado ante el público gracias a que se había despojado de su camisa y trabajaba cómodamente sin ella. Las jovencitas que se paseaban por el lugar no podían quitar la expresión de impacto e ilusión que les hacía ver al apuesto amo trabajando con ellos.

Ella, por su parte, solo estaba ahí para hacer cosas sencillas, como lo era traer agua, hablar a la hora de la comida y tirar semilla en los campos labrados. Había perdido a su bebé hace tres meses y sus heridas del cuerpo no eran tan severas como las de su alma y corazón. Pero al final de cuentas, el niño tendría apenas un mes de vida en su interior, nada se podía hacer, ni siquiera el intento de que viviera. Tendría que seguir adelante.

Aún recordaba el día que Calder la hizo bajar con el afán de por fin decidir qué hacer con el hombre que la había golpeado hasta asesinar a una vida. Le hubiese gustado decir que permitió que su marido lo matara, era lo que quería seguramente, pero no lo hizo. Al ver a ese hombre, golpeado hasta la deformación, llorando y suplicando piedad, no pudo más que otorgársela. Ellos no eran nadie para quitar una vida, como había dicho en algún momento, al igual que su tío Thomas, las vidas estaban para preservarse, por eso había estudiado medicina y por eso mismo la había instruido en lo mismo.

Eso sí, pidió que dijera donde estaban todas las chiquillas que había vendido para prostituirlas, les dijo nombre por nombre a las personas a las mujeres que había deshonrado y fue despedido de la hacienda junto con los oficiales que habían mandado llamar. Calder aseguraba que no le harían nada, puesto que ellos eran extranjeros y al final de cuentas nada se podía demostrar, lo escoltarían lejos de la mansión Hillenburg, pero nada más.

—¡Blake! —le gritaron de pronto.

—¿Qué?

—Llevo horas hablándote mujer, ¿acaso estás sorda?

Ella sonrió.

—Solo para tu voz querido, ¿qué ocurre?

—Vamos adentro, parece que tienes visitas.

—¿Yo?

—Pensé lo mismo —se inclinó de hombros.

—Tendrás que cambiarte, estás tan sucio como los cerdos que cuidas.

—Quizá. Pero no estás para mejor, mira nada más esas botas.

Blake sonrió y asintió. Trabajar en el campo era tarea dura que a ambos fascinaba. Sobre todo, a su esposo, quién no desperdiciaba momento para andar con ropas cómodas, andando a caballo o trabajando bajo el duro sol. Si uno deseaba encontrarse con el capitán, era lo más recomendable que lo buscara entre sus tierras, establos o corrales.

Entraron por la puerta posterior, evitando los salones principales para que nadie los viese de esa forma y subieron a ponerse ropa adecuada para un caballero y una dama de alcurnia y desmedida fortuna. Blake bajó junto con su marido hasta toparse con el mayordomo que la señora Minerva había pedido como indispensable. Anteriormente todos atendían a la puerta, incluso Blake abrió una que otra vez, pero era todo tan relajado porque nadie se atrevía a ir a la casa del satán si no tenía un asunto demasiado urgente que atender, y ella, apenas tenía amistades. Por lo tanto, se les abría la puerta a personas como Víctor, Loren, Megan, Luisa, entre otros amigos cercanos.

—Oh, señor y señora Hillenburg —sonrió una mujer que era totalmente ajena a Blake—, es un placer conocerlos, debo decir que es bastante maleducado que viniera sin anunciarme antes, pero supe que me perdí de su visita a los Williams y me urgía conocer a la nueva señora.

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