Capítulo quince: sepia

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Quienquiera que me conozca sabe la gloriosa muerte que encuentro en el alcohol. Hay una brillante mañana en cada trago de burbon, pero prefiero el scotch. Sin embargo, también, este pequeño pecado, puede volverse un martirio.

Beber es igual a morir y volver a la vida; beber, para mí, es alcanzar los labios de Céline y besarlos con el entusiasmo de un corazón herido que clama por amor. Pero Céline es una bebida que puede matarme en cualquier momento.

Esto lo descubrí la noche siguiente del evento en la mansión. Se hizo una cena de gala para dar la bienvenida a los nuevos miembros. El matrimonio McGonagall tuvo todos los votos cuando Elián Megalos los apoyó. Sin René para objetar, no tuvimos otro remedio que integrarlos.

Sin embargo, yo no estaba preocupado por que entraran. En realidad, yo me recrudecía en celos. Rabiaba de imaginar lo que había pasado en aquella habitación. Y Elián no me dejó olvidarlo.

—Te perdiste de mucho, Bradley —sentenció Elián cuando terminó la cena.

—¿Me perdí? ¿De qué hablas? —contesté.

—No finjas, sé lo que significa esa mujer para ti.

—No es nada —recalqué.

—¿Nada? Esa «nada» te ha hecho morir de la emoción y la incertidumbre. Miras a esa nada como si fuera tu todo.

—Te equivocas...

—No —interrumpió—, te equivocas tú. Digamos, amigo mío... digamos que esa nada se la pasó observando a un tipo que bien podría ser tu doble.

Después de hacerme enfurecer con unas simples palabras, Elián salió de la mansión sin pronunciar nada más. Quizás pasó una hora para que todos los demás se fueran, pero —por desgracia para mí— los recién integrados, Andrew McGonagall y Céline Bisset, querían estar más tiempo.

Conmigo se encontraba Joanne. Ella sonrió toda la noche con hipocresía; estaba molesta de que esos dos lograran entrar al club. Yo simplemente bebía para ocultar mis celos.

Después de la media noche sucedió lo que jamás creí: Céline Bisset caminó a nuestra mesa para «charlar».

—¿Puedo acompañarlos? —preguntó Céline con una sonrisa.

—Claro —respondió Joanne, después cruzó sus piernas y la miró fijamente.

—¿Qué podemos hacer por ti? —pregunté.

—Yo —trastabilló—... yo quiero agradecerte.

—¿Agradecerme?, ¿por qué?

—Nos ayudaste mucho, sin ti no estaríamos aquí.

—Solo cumplo con mi trabajo, no tienes que agradecerme.

—Lo sé, pero es lo menos que puedo hacer por ti.

—Estamos para ayudar —interrumpió Joanne—. Por cierto, ¿puedo preguntarte algo, Céline?

—Adelante —contestó.

—¿Te gusta el arte? Desde que llegaste no dejas de mirar las pinturas de la casa, y no dejo de pensar que podríamos ser buenas amigas.

—Me encanta... pero soy una aficionada. Es un pasatiempo que aún no entiendo bien.

—Nadie nunca lo entiende —sentenció Joanne entre risas—. ¿Quién comprende todo el misticismo de Remedios Varo?

—Supongo que los virtuosos. —Llena de nervios y moviendo sus manos con rapidez, Céline sonrió y contestó—. Soy una simple aficionada que le gusta pintar de vez en cuando.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!