Capítulo 23

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Blake llevaba seis días en soledad en aquella casa. Para ese momento había aprendido a sobrellevar los altaneros comentarios de Minerva y la casa. Ahora que no estaba la señora Romelia, era su tarea que todo continuara con orden, que los empleados hicieran sus tareas y en sí, que nada se saliera del molde que se había creado desde hacía mucho tiempo.

Ella siguió yendo al campo con regularidad, su atuendo de hombre y sus muchas ganas de pasársela entre los animales le habían ganado el favor de los empleados que gustosos la rodeaban y la ayudaban en cuanta petición tuviese. Para ese momento, la refinada y pomposa Blake Collingwood había quedado guardada junto a sus elegantes vestidos. La mujer que era en ese momento, le fascinaba. Le encantaba liderar en el campo y estar cerca del ganado, montar a caballo y estar más bien cómoda por el resto del día.

Esa mañana, después de tomar el desayuno con los despectivos comentarios de Minerva, salió directa hacia donde estaban las vacas. Le agradaba darles de comer y estar presente mientras las ordeñaban. Era su tarea contabilizar los tarros de leche que se debían llevar y vender al pueblo, descubriendo que era realmente buena bajo la influencia numérica y sabía sacar provecho de los productos que salían de sus cosechas y animales. Incluso había comenzado a hacer mermeladas de arándanos y fresa.

—Señorita Blake —sonrió una chiquilla—, la vaca Bessy ha sacado tres tarros de leche esta mañana.

—Me alegra Grecia, ahora ve y diles a las demás que comiencen a contabilizar y lo vayan poniendo en las rejas.

—¡Sí señorita!

Blake sonrió. Miró hacia los lados y sacó un cigarrillo de entre sus ropas. Estando junto a esas chicas y otros tantos muchachos, la costumbre de fumar se le había desarrollado con prontitud, cosa que su marido no sabía y ciertamente no le diría. Se sentó sobre una paca de alfalfa y subió su bota cómodamente hacia un gran tambo de agua. Fumaba su cigarrillo mientras veía a las muchachas trabajar y ella elaboraba cuerdas resistentes que fueran de ayuda al momento de ordeñar a las vacas.

De pronto, irrumpiendo su pacifico proceder y el del resto de los empleados, un grito atronador despertó el interés de Blake, quién dejó de lado su cigarro y la cuerda en la que se afanaba. Se acercó a paso decidido hacia un hombre en montura que golpeaba a una muchacha con un látigo. ¡Ni siquiera permitía que golpearan a los animales! Mucho menos a las personas.

Blake se adelantó rápidamente, pese a que muchas manos intentaron evitar que lo hiciese y alzó el brazo para recibir el latigazo provocando que la cuerda de cuero se enredara en su muñeca causando dolor, pero evitando que le despellejara la piel a esa pobre muchacha. La jovencita en cuestión lloriqueaba en el suelo cubriéndose con una mano el seno expuesto.

—¿Qué crees que haces maldito estúpido? —gritó el hombre barbudo, con un diente negro y ojos azules claro.

—¿Qué hace en estas tierras? Nunca lo había visto.

—Pero si eres mujer, ¡Válgame! Uno no se lo imaginaría con esa vestimenta —el hombre limpió su diente delantero y escupió—, quítate estúpida, la he elegido a ella, ya otro día te tocará la suerte.

—¿Elegido? —los ojos de Blake chisporrotearon cual incendio— ¿Elegido para qué?

—Ah, en serio chamaca, para yacer, coger o como sea que le digas a meter el pene en una vagina.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!