ATANEA IV

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NOTA: NO son nuevos capítulos. Dividí en dos partes los capítulos más largos. Los quiero.

Capítulo 4: Cuéntame más.

Durante el largo viaje, logré relajarme un poco y comenzar a asimilar todo lo que estaba ocurriendo.

Theo miraba atentamente la carretera mientras conducía su precioso jaguar negro último modelo. Cada cierto rato iba haciéndole preguntas sobre cómo eran los reinos, cómo eran mis abuelos, si habían hablado sobre mí. Lo cual respondía con lo típico que uno se espera; que siempre me han querido e imaginado, que siempre habían esperado que yo y mi madre fuéramos felices donde estuviéramos y que algún día pudiéramos regresar.

También pregunté si habían animales extraordinarios en los reinos o cosas así, Theo soltó carcajadas y me explicó que los animales eran los mismos en toda la tierra, que quizás en algunas extensiones podían haber animales que se hayan extinguido en el mundo normal, así como en el mundo normal habían animales que se habían extinguido en algunas extensiones. Añadió que quizás podían verse algunos animales que en el mundo humano se denominaban como mitológicos.

—¿Mamut? ¿En serio? —Lo miré atónita al contarme de que en Atanea aún existían los Mamuts.

—Así es. Atanea es una de las extensiones con mayor diversidad en fauna.

—¿Y cómo son las construcciones? ¿Las poblaciones? —pregunté, ya entusiasmada de cierto modo con esto de otros "mundos".

—Eso depende de cuál reino sea. Cada reino tiene su estilo, por ejemplo, hay reinos que han elegido mantenerse en la arquitectura medieval, otros que le gusta la arquitectura clásica y tienen ciudades con altos edificios modernos, más altos que cualquiera que hayas podido conocer.

—¿Y cómo es Atanea? —pregunté, sorprendiéndome a mí misma al estar interesada en el reino que hace un rato atrás hubiese preferido que no existiera.

—Atanea es un pueblo más bien lujoso. A todos sus habitantes le gusta el lujo, no se llevan por la arquitectura antigua, es decir, no hay castillos ni nada de eso —apuntó sonriendo vagamente—. Tampoco hay edificios muy grandes. Las casas de la gente más rica son unas especies de mansiones, pero nunca de gran altura. La mayoría de las casas no sobrepasan los dos pisos. Les gusta hacerlas más largas que altas.

—¿En qué trabaja la gente? —Con cada pregunta, extrañamente, me relajaba más y más. Todo iba pareciendo más normal de lo que me parecía al principio.

—En lo mismo que en el mundo normal. Hay agricultores, empresarios, panaderos, diseñadores, abogados, profesores, bomberos, médicos, militares, etcétera —explicó aleteando una mano—. En general, se parece mucho al mundo normal, solo que el número de soldados por ejército es mucho mayor. Desde pequeños entrenan a ciertos niños para ser luchadores y para desarrollar sus habilidades como la fuerza y la agilidad —sonrió orgulloso—. Yo era parte del ejército, pero de una categoría más alta. Verás, mi padre es el jefe de ejército, por lo que muchas veces recibía un entrenamiento más duro que el resto... —Terminó la frase pensativo, como si recordara algo.

Paramos en una gasolinera a rellenar el estanque y a comprar algo de comida. Habían pasado ya cinco horas desde que habíamos partido nuestro sorpresivo viaje.

Theo compró mucha comida, yo me limité a comprar un sándwich, unas galletas y un jugo. Cuando iba a pagar, recordé que había dejado mi bolso en la fiesta. Me di vuelta para decirle a Theo, pero justo estaba detrás de mí, demasiado cerca, tanto que nuestros rostros casi chocaron.

—Me han mandado con mucho dinero también. —Sonrió—. No puedes ocupar ni una de tus tarjetas, ya que pueden detectar en donde las has utilizado –advirtió, cerrando un ojo.

—No tengo ninguna de mis tarjetas —acusé sonriendo cínica—. Deje mi bolso en la fiesta.

—Mmm... bien, no lo necesitarás.

—Pero tenía cosas importantes.

—Vale ya, seguro una de tus amigas la dejará en tu casa mañana. Tus padres han llamado a Amy y le dijeron que te han ido a buscar a la fiesta porque no te sentías bien.

—Espera un momento, ¿y qué les van a decir cuando el lunes no vaya a la escuela? —Empecé a entrar en pánico otra vez—. ¿Qué pasará con mis estudios? No tengo mis documentos, no podré salir del país. —Me encogí de hombros.

Theo me escuchó de brazos cruzados, desviando la vista, impacientándose.

—Tus estudios pueden esperar, tu vida es más importante ¿no te parece? —insinuó, arqueando las cejas—. No sé qué les dirán tus padres a tus amigas, no estaba preocupado de eso. —Puso los ojos en blanco—. Y en cuánto a tus documentos, tengo una copia de tus documentos antes de siquiera conocerte, no tienes de qué preocuparte.

Estaba empezando a respirar cuando recordé algo importantísimo en mi vida. ¿Qué tan distraída podía ser? Lo había olvidado. Bramdon me había pedido ser su novia justo antes de irse a África por un mes con su familia a un retiro en la savannah o algo así, dónde no tenía señal. Volvía el domingo... y mis padres apenas sabían de su existencia, ¿qué le iban a decir? Nuestra relación iba a terminar y apenas había comenzado.

«Tu vida es más importante que un chico» me repetí al menos tres veces y respiré hondo.

Mientras Theo pagaba, regresé desganada al coche, aún tratando de asemejar todo lo que estaba ocurriendo.

Pasaban los minutos y cada vez iba entendiendo mejor las cosas, y podía imaginarme de cierta forma aquellos reinos de los cuales hablaba, pero aún me costaba creer que tal cosa extraordinaria me estuviera pasando.

«¿Por qué a ti, Claire?»

Respiré hondo y vi que Theo se acercaba al auto con las bolsas. Sus brazos eran perfectos, su cabello oscuro caía y encajaba perfectamente con los duros rasgos de su cara y sus ojos pardos. Me pregunté si todos tendrían ese mismo estilo en Atanea.

Theo guardó las bolsas en el asiento trasero. Cada uno se comió un sándwich, luego abrí un paquete de galletas de chocolate que dejé en el posavasos para que él también pudiera sacar.

—¿No tienes sueño? —pregunté. Ya empezaba a sentir mis ojos pesados.

—Ah, sí, se me olvidó decirte que también hemos desarrollado esa habilidad, no necesitamos dormir tanto, dormimos aproximadamente entre tres y cuatro horas, no más que eso. Pero no te preocupes, manejaré unas cuatro horas más y llegaremos México, donde buscaré un hotel. Puedes dormir mientras —aclaró, esta vez siendo muy amable.

Sonreí y me pregunté cuál era su verdadera personalidad; aquella amabilidad que mostraba a veces o la dura seriedad con la que respondía cada cierto tiempo. «Lo descubriré con el tiempo» supuse, ya que, al parecer, me quedaban muchos días con él por delante.

Seguimos en rumbo. Entretanto, me iba contando sobre otros aspectos de los reinos; política, geografía, dónde exactamente se encontraba cada reino, y mientras me hablaba sobre esos fantásticos pero a la vez normales lugares, me iba hundiendo cada vez más en el cómodo asiento del Jaguar.

Theo sacó una manta que tenía detrás del asiento y me la entregó. Me arropé y lo escuché hasta que finalmente, me quedé dormida.

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