Capítulo 6: La conmemoración (parte I)

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El palco se iluminó de un azul intenso que encegueció a algunos de los espectadores más cercanos. Taniel observaba a la bestia con ansias de derribarla tras su ataque. La energía liberada, no cumplió con las expectativas del rey; sin embargo logró impactar sobre el ala derecha, lo que generó que la bestia comenzara a girar, perdiendo la estabilidad.

—Ve —ordenaba el rey sin sacar la vista del cielo—. No estarán más allá de las afueras del castillo... Kinta —ahora serio posaba sus ojos sobre la joven—. Ya no nos sirve con vida.
Aceptando las órdenes del rey, la joven Cursai descendió del palco con una gran destreza y habilidad. Alertando a cuantos guardias podía, corría la voz : debían perseguir a Milton.

En el aire las cosas se habían vuelto un tanto difíciles. El brazo de Germanus permanecía extendido sujetando la mano derecha del joven y esté a su vez, se agarraba como podía del voluminoso antebrazo del hombre. Con su otra mano sobre el pelaje de la bestia, Germanus resistía, intentando salvarse a él mismo y a Milton.
El destino estaba asegurado. Lo que el joven había considerado un águila, ya no tenía estabilidad y por la forma en la que giraba, no parecía recuperarla. Al haber recibido el impacto, las imponentes alas del animal se habían cerrado, logrando así una mayor defensa para quienes viajaban en ella. Su ala ya no serviría para volar, por lo que no había mejor determinación que aminorar el impacto que se generaría al caer.

—No tengas miedo —gritaba el hombre al ver en los ojos de Milton pánico—. Esto es algo de todos los días.

Esa frase no le daba aliento al joven. Tampoco tenía la posibilidad de responderle ya que sentía su corazón queriendo salírsele por la boca y su respiración parecía ser insuficiente.
Finalmente la bestia impactó contra un gran árbol y en consecuencia se abrieron las alas, despidiendo a los muchachos que por más que intentaron, no consiguieron permanecer en ella. Ahora la altura que debía enfrentar Milton se había aminorado; aunque para cualquier ser humano, con esa distancia del suelo, sería suficiente para perder la vida.
Germanus, tomó de su aljaba sus armas, y las empuñó sobre la corteza de un árbol, logrando así disminuir la velocidad del impacto. Luego sólo dio una vuelta en el aire y cayó con sus rodillas flexionadas sobre el suelo. Él se había salvado. Miró a su compañero quien volaba por los aires, su rostro se estamparía sobre el suelo en cualquier momento, ocasionando su muerte. Luego de unos cuantos segundos de gritos, las raíces de los arboles emergieron atrapando a Milton unos instantes antes de que tocara el suelo. En ese momento, el joven tenía sus piernas y brazos sujetados y lentamente comenzó a abrir los ojos para observar que había sucedido. Efectivamente estaba vivo. «¿Cómo?» se preguntaba mientras notaba como su corazón comenzaba a latir con menos intensidad.

—Claro —se acercaba el hombre limpiando su chaqueta de cuero de animal—. Que el tarado de Germanus se las arregle solo ¿no? —estaba bromeando, pero Milton no lo entendió así. Creyó que estaba molesto.
Con sus dos armas intentó inútilmente hachar las raíces que sostenían al joven a unos pocos pasos del suelo. Desistió al ver, que por el grosor que estas tenían, jamás lo lograría.

—Parece que te quedarás un rato —intentaba hacer hablar a Milton pero no lo lograba—. No tengas miedo —ahora agarraba la raíz que sujetaba sus piernas e intentaba moverla. Otro inútil intento—. Lo peor ya paso... —«¿O tal vez no?», dudaba internamente mientras escuchaba el crujir de algunas hojas. Su cuerpo se tensionó, comenzó a hacer girar su arma, como si hiciese malabares y luego de unas cuantas vueltas la disparó sin mirar hacía donde apuntaba su espalda.
Las raíces rápidamente se volvieron a meter de donde habían salido y una de estas ocasionó el tropiezo de Germanus, que miraba concentrado a quien había dado su disparo. Milton cayó de pie y mientras observaba al sujeto de las lanzas, como lo llamaría en un futuro, sintió una mano en su hombro. En ese momento, una sensación de serenidad recorrió todo su cuerpo. Alcanzó a oír a las aves pasar, el silbido del viento acariciar a los arboles y reconocer el lugar en el que se encontraba. Como si por un segundo, todo estuviera bien.

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