Nosotras, las ciudadanas de segunda

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Saquemos a la verdad de la cuestión pública, pongámosla entre paréntesis. En nombre de la verdad se han cometido los más grandes exterminios de la historia. No pueden convivir nunca la democracia y los absolutos. No pueden convivir nunca la democracia y la verdad. Es que si hay una verdad y alguien cree poseerla, entonces al otro se lo ningunea, se le quita entidad (y automáticamente se lo convierte en un enemigo o en un ignorante o en un asesino)

El aborto es una cuestión política. Hablemos entonces de política.

Nuestra sociedad tiene que hacerse cargo de las desigualdades sociales que condenan a muchísimas mujeres en situación de desventaja social a la práctica de abortos en condiciones infrahumanas. Cada mujer que se desangra por falta de acceso exige que el Estado intervenga. Necesitamos política, no metafísica.

Nuestra sociedad tiene que hacerse cargo de acompañar el proceso de emancipación del cuerpo de la mujer, históricamente sojuzgado, y naturalizada su expropiación. La naturalización del cuerpo de la mujer como receptáculo reproductor la ha condenado a la desapropiación de su propia autonomía. Una mujer que no decide sobre su propio cuerpo es una ciudadana de segunda.

Dario Sztajnszrajber




Voy a escribir esto antes de que me descomponga. Porque a este ritmo es claro que no llego a mañana. Si los escritores estamos hechos de carne y hueso, y palabras, ya se me están tapando las arterias y los poros. No me queda más lugar en el estómago, ni en la garganta. Me estoy ahogando y salir a la calle no ayuda tampoco. Me ahogo al pensar en quienes están ahí sentados representándome. Hasta ahora no escuché un sólo argumento válido de los que van a votar en contra. No dan una puta alternativa y hasta se atreven a negar la realidad. Peor aún, algunos hasta cuestionaron las excepciones del Código actual. El aborto existe y mata. Esto es lo que está pasando hoy en la Argentina. Y no es una cuestión de creencias o principios, se trata de salud pública y desigualdad social.

Esto es política.

No metafísica, diría Darío. Y el Estado tiene que hacerse cargo. Porque está en juego no uno, sino varios de nuestros derechos. Como el derecho a la vida, la autonomía, la salud, la integridad, la intimidad, la igualdad real de oportunidades, la libertad de creencias y pensamiento. De esto último quiero hablar. Me parece clave en el debate. No se nos puede obligar a decidir en base a leyes adoctrinadas por la fe. Hay que separar lo público de lo privado. El Estado, de la maternidad. La iglesia, de nuestros ovarios. Ok, me tentó la frase.

Lo que estamos exigiendo no es sólo educación sexual e información. Algo que prácticamente no existe el día de hoy, si vamos al caso. Se necesita atención previa y posterior a la interrupción voluntaria del embarazo. Tanto médica y social, como psicológica, algo fundamental para atravesar un hecho tan duro y traumático como puede ser un aborto. Todo esto lo pueden encontrar en el proyecto de ley. Son menos de diez hojas y se leen con facilidad.

Las mujeres no pueden seguir siendo juzgadas. Por eso el proyecto no exige una autorización judicial previa, ni ningún otro tipo de requisito. Quizá llegue a parecer exagerado. Pero la realidad es que hoy en día se meten trabas hasta con las excepciones del Código Penal. Cuando una piba va a abortar, aún dentro del marco legal, hay mucho manoseo que viene de la burocracia y así los meses siguen corriendo hasta que ya se hizo muy tarde y no hay vuelta atrás. Y después el Estado, bien gracias. Arreglate como puedas.

Dicen que no hay recursos y esto genera mucho más interrogantes. No sólo se desentiende el Estado de todo lo que está fallando, sino que, como varios han dicho, el aborto es un procedimiento de bajo costo en las etapas tempranas del embarazo. No se compara con los gastos que se llevan a cabo por las complicaciones que sufren las mujeres en abortos inseguros e incompletos. A quienes en muchos casos le niegan la atención médica o los paliativos para el dolor. Olvidate de una mano y una palabra de aliento. Es más probable que te tiren un «si te gustó, bancatela». A ese nivel te rebajan. Te humillan.

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