Capítulo 20

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Blake despertó sola en la habitación de castigo, se sintió desorientada, le pasaba seguido puesto que siempre cambiaba de locación y su cerebro era presto a revolverse entre realidad y fantasía. Le gustaba mucho más las creaciones de su imaginación, pero al final, siempre despertaba y se daba cuenta de lo que tenía delante, una triste realidad.

Eran las seis de la mañana, al menos eso indicaba el reloj que colgaba en la pared, miró de un lado a otro, sintiéndose indefensa, ¿qué se suponía que debía hacer? No conocía la casa, no tenía sus cosas y tampoco sabía dónde podían estar, no estaba Calder y no quería encontrarse con la señora Minerva.

Suspiró.

Parecía que su primer día como señora de la casa iba a ser mucho más complejo de lo que jamás imaginó. Sí, sabía que llevaba casada con Calder mucho más tiempo, pero allá en Londres, cuando llegó a Bermont, todos los empleados respondieron a ella con conocimiento y orgullo. Ahí sería diferente, era una extraña y su marido tampoco llegaba para darle el lugar que le correspondía.

Se puso en pie y se colocó el vestido que portaba el día anterior, la única posición que la señora Minerva no pudo quitarle. Se hizo un fácil peinado en su cabello y salió de la habitación asomando primero su cabeza hacia el pasillo.

Nada.

No había nadie, solo las velas le hacían compañía y muchas, ya se habían consumido casi por completo por el pasar de la noche. En las paredes de los grandes muros de la mansión, había pinturas, ninguna que pareciera familiar, más bien eran cuadros de famosos pintores, todos firmados y elevados por marcos de oro o plata.

—Señora.

—¿Sí, dígame? —se asustó Blake.

—Mi lady, el señor ha dicho que en cuanto se levantara, bajara al comedor —la muchacha se mostraba tímida ante ella—: dijo que tenía que darle... indicaciones.

—Indica... —dudó la mujer, pero rápidamente se corrigió—. Sí, gracias, está bien.

La muchacha asintió feliz al dar por terminada su tarea, pero Blake la detuvo.

—No tengo idea donde es el comedor.

—Ah, lo siento mi lady —se inclinó la muchacha—, la llevaré.

—Gracias.

La muchacha se llamaba Helen, al parecer, había crecido dentro de las propiedades de su marido y ahora trabajaba ahí como criada. Era una jovencita preciosa, de piel oscura y ojos de un azul impactante, sus facciones eran de una hermosa princesa y los cabellos largos y lacios parecían ser irreales.

—Un gusto conocerte Helen.

—Igual señora, igual —la muchacha parecía fascinada con su nueva señora y su sonrisa de oreja a oreja lo demostraba con claridad.

Blake entró en el afanado comedor con todo el aplomo que pudo sacar, no le importaba llevar el mismo vestido o que sus cabellos no estuvieran correctamente amarrados. Miró con disgusto a la señora Minerva, quien descalificaba toda su imagen y tampoco estaba demasiado contenta de ver a su marido, el cual sonreía alegre al verla tan molesta.

—Cariño —se levantó Calder—, me da gusto que nos acompañes, ¿te encontró Helen a tiempo?

—Justo a tiempo —sonrió falsamente—, no tenías por qué hacer que esa jovencita se quedara en el frío pasillo a esperarme, bien podías haberme despertado o en su defecto, dejarme una nota.

—Lo tomaré en cuenta —asintió el hombre asestándole un beso que sacó un sonoro carraspeo por parte de Minerva—. Esta casa despierta muy temprano, a eso estamos acostumbrados.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!