Capítulo 19

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El bullicio del puerto era extremoso, las personas iban y veían de un lado a otro. Los cargamentos y los equipajes se veían a la par. Uno podía ver a la más estirada mujer emperejilada y revestida en galas caminando al tiempo del más pobre y vagabundo hombre. Blake lo observaba todo desde la ventana del camarote, de donde ya se habían sacado todas sus posesiones y ahora solo faltaba que ella se animara a bajar. Calder había ido primero, estaba asegurándose de que la mercancía estuviera completa y fuera llevada al mejor postor, como había deseado, llegó primero que nadie y era el momento en el que más beneficiado se vería.

—Señora —Loren se introdujo al camarote—, creo que es momento de que baje, el capitán me mandó a escoltarla.

—Gracias —sonrió con nerviosismo—, siento que moriré en cuestión de segundos ahí abajo.

—No debe preocuparse, todos estamos al pendiente de usted.

—Lo sé, lo sé —aceptó la joven—, bueno, será mejor bajar ahora o no lo haré nunca.

Blake tenía puesto uno de los elegantes ejemplares de su tía Giorgiana, al ser la primera vez que estaría ante los ojos de los americanos, quería dar su mejor impresión. Se había hecho trenzas en su largo cabello y las acomodó magistralmente alrededor de su cabeza, resaltando sus grandes e increíbles ojos verdes, preciosa, pensó Loren.

La joven se percató lo fácil que era llamar la atención en aquel lugar, ella era desconocida y era obvio que sabían de qué embarcación estaba bajando, nada más y nada menos que la nave del capitán Satán, no era para menos creer que ella era otra de sus muchas queridas, pero se corría el rumor y se sembraba la duda, puesto que aquella dama no lucía como las otras, no parecía cualquier muchacha sacada de un burdel. No, esa mujer se veía refinada, con aura de una reina y de mirada sagaz.

—Todos hablan de tu mujer —sonrió Víctor hacia la rampa del barco, por donde descendía la imperiosa figura de Blake Collingwood.

—Sí, es normal, un bocadillo más para la sociedad, ¡Eh, esas cajas van para el otro lado! —Calder estaba distraído y no podía atender a su mujer en ese preciso momento. Aun así, contestó a su amigo viéndolo a los ojos—: será mejor que se vaya acostumbrado.

—Sí, aunque creo que a lo que se va a acostumbrar es a la atención masculina —sonrió Víctor—, mira nada más cuantos intentan ayudarla a bajar.

Calder volvió la mirada en ese momento, encontrándose con la imagen descrita por su amigo: su mujer siendo acosada por una docena de hombres que intentaban a toda costa tomarle la mano o llevarle el equipaje. No lo importó, sabía que Loren estaba con ella, se la había encargado y era un hombre de confianza, nadie le haría daño y nadie la tocaría sin que su hombre de confianza les lanzara una amenazadora mirada y un gruñido animal.

—Démonos prisa —dijo Calder como toda respuesta.

—Sí, mi capitán —sonrió Víctor.

Blake se sentía hostigada, eran demasiadas personas, muchos hablándole otros preguntándose cosas entre sí, pero todos hablaban de un tema en común: ella. No podía decir por qué razón, pero las mujeres murmuraban, los hombres la miraban y los ancianos carraspeaban, incluso los indigentes la veían mal. Quizá no había sido tan buena idea acicalarse de esa manera.

—Venga señora, su carruaje la espera.

—¿Y Calder? —frunció el ceño la joven.

—Irá detrás de usted, señora, se lo aseguro.

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