CAPÍTULO 7: LA DAGA DE CRISTO

79 11 2

El cuerpo del gerente se hallaba de bruces sobre el escritorio. El asesino había rasgado su garganta de lado a lado, antes de desordenar la oficina y hurtar los objetos de valor. Sin embargo, era la misma arma homicida la que había impulsado al empleado a quitar la vida de su jefe.

Esa misma noche, el cuerpo del asesino fue hallado muerto en el mismo callejón, donde concertó la cita con la persona que le pagaría una cifra millonaria a cambio de la daga de empuñadura verde y provista de una hoja plateada y reluciente.

La historia de aquella daga se remontaba a la fecha misma de la crucifixión de Jesús. Cuando el soldado romano retiró la lanza, con la cual le atravesó su costado, dejando que un chorro de agua y sangre saliera del cuerpo del Cordero de Dios, un conjunto de gotas alcanzaron a salpicar sus ojos, produciendo en aquel hombre el milagro de erradicar de sus ojos las cataratas que nublaban su visión.

Aquel soldado, guardaría entonces la punta de aquella lanza como un objeto sagrado, pasando de generación en generación a través de su familia, mientras permanecía en un altar de adoración. Así estuvo durante más de cinco siglos, hasta que un carpintero, cuyo padre se hallaba enfermo de lepra, la robó tras estar convencido de sus poderes curativos.

Meses más tarde, un codicioso comerciante de antigüedades, degolló al carpintero en su taller, adquiriendo así la punta de la lanza. A partir de entonces, aquella arma pasaría de mano en mano, convirtiendo a su portador en un asesino.

Fue así cómo viajó por varias regiones de Medio Oriente y Asia, participando en toda clase de crímenes. Estuvo empuñada en manos de ladrones y extorsionadores, secuestradores y violadores de niños, como también para usarse en torturas militares y sacrificios de animales en rituales satánicos.

Tras muchos siglos de viaje, aquella arma cayó en manos de un joyero de la India, quien decidió fundir el metal para agregarle la empuñadura verde. Luego, tras verla en el mostrador de la joyería, el criado de un sultán egipcio la compró para obsequiarla a su amo.

De regreso a Egipto, un grupo de asaltadores de caminos, atacaron a la caravana del sultán liderada por el criado, mientras la daga se hundió en las arenas del desierto. Allí estuvo sepultada durante más de mil años, hasta que una tormenta de arena la desenterró, permitiendo que la daga viajara por los vientos hasta caer en un barco de velas que se dirigía hacia Italia.

Una vez en el continente europeo, y dada su belleza espiritual, el capitán del barco decidió vendérsela a un sacerdote, quien la conservó varios años en su iglesia. Pero cien años más tarde volvió a su trágico viaje por el mundo, visitando así todos los hemisferios.

Por aquel entonces, se sabía que Hitler se hallaba tras la pista de la legendaria arma, lo mismo que el Papa y, otros líderes religiosos de todo el mundo, que también reconocían su existencia. Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Ejército Rojo de Rusia ocupó a Berlín, sus soldados descubrieron entre los tesoros y obras confiscadas por los nazis, a la hermosa daga.

Tras varios años de ser expuesta en un museo, una empresa de arte decidió subastarla. Fue así como llegó a manos del gerente de una de las multinacionales americanas más famosas del mundo. Aquel gerente la conservaba en una caja fuerte de su oficina, hasta que su asesino apuñaló su garganta con ésta, para luego llevarla al callejón, donde lo esperaba un hombre que poseía una estatura promedio y una complexión robusta, casi rechoncha.

Pero no fue él quien le quitó la vida al último asesino de la daga, cuyo delito nunca quedó asociado a su nombre y cuya muerte se convirtió en un misterio tras la necropsia, ya que no había signos mortales para explicarla.

Para sorpresa y consuelo de sus familiares, días más tarde su esposa recibió en su cuenta bancaria una transferencia millonaria y una carta anónima para que aceptara dicha suma como indemnización por los servicios prestados por su marido.

La Guerra SolarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora