24- Lucas

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La mañana de mi cumpleaños, desperté con la almohadilladas patas de Charles amasando mi cara. Podía sentir sus fuertes ronroneos en mi pecho, como el zumbido de un motor ligero.

No quería levantarme.

Habían pasado tres días y yo aún me notaba parco, casi nauseoso; tres días desde que Félix y aquel chico azul llamado Francisco empezaron a salir. Y la realidad volvió a ser dolorosa.... Casi había olvidado lo que se sentía no albergar otra cosa que una dolorosa apatía.

Vi a Veracruz por ingrata casualidad mientras me pasaba por la tienda la semana anterior: era alto, guapo y transmitía confianza. Todo lo que yo nunca sería. No resultaba raro que el erizo acabara atraído hacia él, pese a tener él mismo una personalidad dominante. Una mezcla inesperada, pero paradójicamente predecible.

Francisco Veracruz no me gustaba.

Por otro lado, me parecía que las cosas iban muy rápido: solo habían necesitado unas pocas citas para oficializar su relación. Era una situación incómoda, pero decidí que no podía más que abrazar la resignación antes que la tristeza. Me negaba a deprimirme por ese imbécil.

Sin embargo, mi estado de ánimo se resistía contra mi resolución.

Leo decidió importunar mi miseria.

—Buenos días, bella durmiente.

—Vete –gemí, tapándome hasta la coronilla. Escuché cómo descorría las cortinas. Luego se tiró sobre la cama hundiendo su codo contra mi estómago, tal como hacía yo con él cuando éramos niños. Sus risas idiotas perforaron mi cabeza.

Le di un manotazo, molesto.

—Mamá te está haciendo un pastel –dijo.

—Hoy solo quiero que me dejen dormir –mascullé, permitiéndome ser muy caprichoso al menos por esta vez.

Leo suspiró profundamente.

—¿Qué es lo que tienes, Lucas?

—Sueño.

—Yo diría que pareces haber sobrevivido a un exorcismo o algo así.

Lo miré en silencio y consideré la idea de decirle la verdad. Decirle a mi hermano que estaba sufriendo como un subnormal de novela cursi y empalagosa por mi mejor amigo.

Decirle que mi cabeza, el único lugar donde siempre había podido refugiarme, era ahora un campo de batalla. Uno en el que mis idealizaciones de Félix y el autodesprecio por albergar sentimientos tan incómodos hacia él me tenían al borde del colapso mental.

Porque, ¿qué era yo en un mundo donde existía gente como Francisco Veracruz, Leo o el propio Félix? Incluso Brenda sabía ganarse la simpatía de los demás con asombrosa facilidad. Todos, a su manera, avanzaban a buen ritmo en un mundo que a mí me parecía poblado de espinas.

Me sentía sobrepasado, oprimido. Y me odiaba por hacer un drama interno debido a todo esto, existiendo realidades infinitamente peores que la mía.

Todos sufren a su manera, ¿no?

—Vuelves a apagarte –dijo Leo con tristeza.

—Leo... —murmuré, indeciso—, ¿puedo preguntarte algo? Pero no te burles. 

—Sabes que no me voy a burlar. –Acompañó sus palabras con un suspiro, decepcionado de que yo hubiera sugerido algo así.

—¡Lo sé! Es que..., es que mi mente es un lío, ¿entiendes? Me siento y pienso cosas que no quiero pensar. Leer ayuda un poco, pero... ¿cómo se supone que huyes de tus propios pensamientos?

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