5

108 19 12

Lo observé dormir a un lado, ahora ya no me daba la espalda, tampoco se iba rápido como las primeras veces. Hacía un año que veníamos con esta situación, él recurría a mí ahora y a ninguna otra, resulta que mi voz lo relajaba, o eso había dicho.

—A la semana de nuestro primer encuentro en Anónima, me había encontrado con Ignacio en el mismo bar de la vez anterior y habíamos comenzado con el pedido de divorcio, en ese entonces todavía no había salido la reforma y tampoco quería levantar un revuelo alrededor de nosotros, solamente esperaba que él firmara de buena gana.

—¿Firmó?

—No quiso, fue la primera vez que lo vi tan alterado en mi vida.

Seguí mirándolo dormir sin decir palabra, ya no había razones para que tuviera que correr de nuevo a casa, porque nosotros ya no vivíamos juntos, luego del desorden que había suscitado lo que yo creía una más que justa petición, había armado mis valijas y salido por la puerta de la que había sido mi casa desde que me casara. Los mejores y los peores momentos los había pasado ahí.

Sentí que respiraba.

No tenía un lugar a donde ir, sabía perfectamente que mis padres no me recibirían de buena gana y que insistirían en que arregláramos nuestras diferencias, de hecho, eso habían hecho cuando les comenté las infidelidades de mi esposo a ellos una vez que los había visitado, todavía tenía presentes en mi memoria las palabras de mi madre: “Eso le puede pasar a cualquiera ¿cuál es el problema?”

No supe cómo mirarla, yo era una persona inusualmente tranquila, pero no podía comprender cómo ella podía decirlo con tal indiferencia.

Así que recurrí al único lugar en donde sabía que me recibirían, en mis veinticuatro años de edad, si alguien me hubiera dicho que terminaría durmiendo en un prostíbulo, no me hubiera reído, me hubiera escandalizado. Sin embargo, esa era la realidad y ninguna de mis compañeras pareció sorprenderse, de hecho, algunas ya lo habían hecho.

Me seguía doliendo, mucho, porque yo todavía lo amaba, pero no podía seguir de esa forma, había comenzado con el proceso legal pertinente y esperaba una respuesta favorable, no le iba a pedir nada que no me correspondiera ni haría de esto algo complicado. Había comprobado que nadie me iba a dar una mano salvo Nacho, que era el único que me apoyaba en mis decisiones, era mi hermano, tenía que hacerlo, aunque considerando que ni nuestros propios padres lo hacían, él también podría haberme dado la espalda.

Asumí que no tenía muchas salidas, ya tenía un contrato firmado con Anónima, si bien había acordado con Mary que esperaría para recibir clientes hasta que estuviera oficialmente divorciada, ella no había puesto objeción alguna, mi sueldo era decente considerando que, por el momento, al único que aceptaba era a Federico, porque era así de tonta y lo extrañaba.

Me encargaba de hacer otras cosas, cosas que sabía y cosas que iba aprendiendo, atender la barra había sido una.

Una ligera sonrisa se me había escapado, salvando el desacuerdo inicial, Marcos, el chico de la barra había resultado ser bastante simpático. Me había contado que venía de una familia considerablemente grande y que él era el mayor, este era el único lugar que le ofrecía una paga lo suficientemente cuantiosa como para seguir estudiando y ayudar en su casa.

Todas estas cosas flotaban en mi mente con frecuencia, cada día volvía a repasar lo que podía pasar, me había enterado de unas cuantas que quizá en otro momento me hubieran hecho flaquear en mis decisiones, había escuchado de los propios labios de Federico cosas que como Eugenia quizá nunca hubiera sabido.

Fue en una de esas veces, bastante después de que me fuera de la casa, en las que él me había mirado y había hablado sobre mí. Me había dicho que su esposa lo había dejado, que él sabía que eso iba a pasar en algún momento, pero que no quería dejarla ir, que la amaba…

Anónimas¡Lee esta historia GRATIS!