Capítulo 10 / Chequeo de rutina

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Al día siguiente, Ania de la Rosa acudió al consultorio del doctor Daniel Basurto, en compañía de Clarissa.

Las dos mujeres entraron al consultorio. Pero al entrar el doctor no se encontraba, por lo que comenzaron a platicar un poco, en lo que llegaba éste.

Los minutos pasaron, y casi media hora después, hace acto de presencia el mentado doctor Basurto. Llegaba a su consultorio limpiándose la boca con una servilleta de tela que tenía a la mano, para luego tirar la misma sobre la mesa de su consultorio, sin sentir ningún tipo de vergüenza por haber hecho tal acción frente a las muchachas.

— Ah, ya están ustedes aquí, por lo que veo—dijo—. ¿Y bien? ¿A quién tengo que auscultarle el corazón? —preguntó el doctor, dando ya por iniciado su servicio. Las dos chicas no sabían qué decir ante aquella pregunta tan metafóricamente directa.

— Yo creo que a mi hermana, doctor—respondió Clarissa—. Venimos a su chequeo de rutina. Le toca hoy.

— ¿De veras? —dijo el doctor, como haciéndose el desentendido—. Y yo que había pensado no tenía nada mejor que hacer el día de hoy. Me lleva. Bien, que sea rápido y de buena una vez—. Tras mirar fijamente a Ania, se acordó de algo—. Ya recuerdo, creo que a ti te revisé hace como una semana. Sí. Seguro que eres tú a quien le había puesto un desfibrilador. ¿No es así?

— Así es, doctor Basurto— decía ella, mirándolo de frente.

— ¿Y cómo te has sentido? ¿Estás siguiendo el tratamiento?

— Sí doctor, he estado tomando las pastillas que me recetó y a las horas indicadas—responde Ania—. ¿Y quiere que le diga algo? Que saben horribles.

— Pues claro que saben horribles. Ni siquiera yo mismo las tomaría, en primera, porque yo no estoy enfermo del corazón como lo estás tú. Y en segunda, porque es obvio señorita, usted nunca va a tomar medicamentos que sepan a frutitas u otro sabor agradable. Esas cosas no existen en el mercado, o al menos, no he conocido a nadie que las haya inventado. ¿Es verdad lo que dice ella? —preguntaba a Clarissa.

— Sí, doctor— responde ella—. Yo misma la he estado supervisando en eso. Y si, ha estado siguiendo el tratamiento.

— ¿Has estado comiendo bien? —le preguntó el doctor, a la vez que le acomodaba su brazo izquierdo para tomarle la presión.

—Así es doctor. Ella ha estado comiendo lo que le indicó usted—respondió Clarissa, sin dar oportunidad a que su hermana conteste a la pregunta.

— No le estoy preguntando a usted, señorita Metiche—replicó el doctor—. Le pregunté a Ania.

— En efecto, doctor Basurto. Sí he estado comiendo. Pero no le voy a permitir que esté insultando a mi hermana—dijo Ania, defendiendo a su hermana—. Ella no le está haciendo nada.

— Exacto, no me está haciendo nada... aún—replicó el galeno, mirando brevemente a Clarissa—. Pero bien que podría hacerlo. Es más, podría atreverme a decir que algo quiere decirme en este momento. ¿No es así, señorita?

— Sí, de hecho, le quiero preguntar algo, doctor—dijo Clarissa, como armándose de valor para decir algo contundente.

— Adelante, dígalo.

— ¿Usted tiene algún problema personal que le esté afectando?

— ¿Disculpa?

— Sí. En la escuela una vez nos dijeron que si las personas andan con muchos problemas en la cabeza no pueden llegar a concentrarse bien en sus actividades diarias y lo peor, se ponen hasta de malas y se desquitan con todo el mundo. Tal como podría ser el caso de usted.

La pasión de Ania (Versión Corta)¡Lee esta historia GRATIS!