La Niña

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1925

Se levantaba el día, en la cocina de la casa hervía un agua que pronto sería vertida en una tela en forma de embudo con café dentro. El olor inundaba la casa y le avisaba a todos dentro de ella que las arepas pronto estarían listas, y que la hora de partir a trabajar estaba cerca.

Hugo se levantaba como todos los días en aquella casa, sin muchas ganas de ir al trabajo. Desde hacía unos años iba a la finca del patrono de su padre para trabajar como peón. En ocasiones labraba la tierra, en otras ayudaba en la construcción. Lo cierto es que aquello no le gustaba, él prefería quedarse todo el dia en el campo haciendo las cosas que los vagos hacen: nada.

Sin embargo, un pensamiento lo hacía levantarse rápidamente, había puesto el ojo en Ana, la hija del patrón. Lo increíble es que la niña tenía tan solo 7 años, cerca de 10 menos que él. Sus ojos la veían lascivamente, cada vez que ella llegaba de la Escuela de Buenos Modales, a la hora cercana a su salida del trabajo.

Aquella tarde Hugo intentó verla de nuevo, desde hacía varios días se escondía cerca del lugar donde el autobús la dejaba. Allí, detrás de un matorral, consentía pensamientos negativos y nada decorosos de las cosas que quería hacerle a la niña. Se juraba que sería "pura", por su edad, y que sin duda él sería el "primero en su vida". El sol, que a la misma hora se está yendo a dormir, veía con desagrado tal escena, sin nada que pudiera hacer.

Y así pasaron los días, era el mes de Diciembre, cuando en aquellos parajes montañosos andinos oscurecía más temprano, y más frío hacía. Hugo se determinó a cumplir sus fantasías, a hacerlas realidad. Una especie de fuerza interna le hablaba al oído y le decía:

–¡Hazlo!, nadie tiene que saberlo. Luego te deshaces de ella y listo. No pasa nada.

Hugo decidió que al día siguiente lo llevaría a cabo. Esperaría detrás de los matorrales, aguardaría a que la niña bajara del bus y caminara hacia su casa, la entrada de la finca, y allí saldría de las sombras con un trapo de tela en la mano y una cuerda para hacerla callar y amarrarla... El solo pensarlo le hacía palpitar.

El día había llegado, y luego de terminar la faena, Hugo se duchó rápidamente en el baño de los peones, se vistió como de costumbre, pero con una velocidad mayor a la de siempre, tratando de ocultar su estado de excitación. Procuró, igualmente, ese día vestirse de ropa oscura, para disimular su silueta en la oscuridad.

Eran las 6 de la tarde. Ya el sol, preocupado, se había ocultado por aquellas montañas frías. El autobús escolar se retrasó un poco, un par de minutos que para Hugo fueron eternos. Se abrió la puerta y bajó Ana, tan hermosa y radiante como siempre, el orgullo del padre, la futura heredera, la inocencia hecha humana.

Ana caminó unos pasos, mientras el autobús aceleró y se perdió en la distancia. Hugo tomó sus cosas, preparándose para atacar en el sitio y momento adecuado. Ya podía oler los cabellos de la niña en su mente. Lo que vio, sin embargo, fue otra cosa. La había visto decenas de veces desde ese matorral sin que ella se diese cuenta, pero ahora, en el momento elegido, Hugo vió otra cosa. La niña, Ana, no era Ana. Se transformó, allí frente a sus ojos, en un pequeño perrito blanco, y caminó en dirección a la casa, tal y como como Ana siempre lo hacía.

Hugo, asustado, siguió con la mirada al perrito, y vio como entraba a la casa de Ana, y luego, al perderse de vista, escuchó a la madre recibirla con bendiciones y besos, como era costumbre.

Al día siguiente amaneció más temprano, por alguna razón extraña el sol salió antes, nadie supo la razón... Hugo no podía salir de su cama, su madre y padre lo animaban, a veces regañaban o amenazaban con que tenía que ir a trabajar. Él solo se tomaba las rodillas contra el pecho, encima de la cama, con la mirada perdida, y un trapo en la mano.

Pasaron los días, y Hugo, desesperado por la visión y el remordimiento, decidió contarle todo al patrón. Sin importar las consecuencias, iría y contaría todo, lo que había planeado, y lo que había sucedido.

El patrón lo escuchó, la madre de Ana también estaba allí. Con gran asombro y rabia escucharon el cuento del joven, y de lo que quería hacer con su pequeña hija. No podían explicarse ni las razones de Hugo para semejante atrocidad, ni su testimonio de que la niña se había transformado ante sus ojos. Se dieron cuenta de que el joven había perdido la cabeza, se volvió loco de repente. Vieron que el sufrimiento de aquel muchacho que pedía perdón era tan grande, que no había cabida para otro castigo.

La reprimenda que sufrió Hugo fue muy grande, se la llevó hasta el día de su muerte. El arrepentimiento, la vergüenza y la pena de haber deseado algo atroz que lo llevó a ser testigo de algo inexplicable, que solo pocos conocen.

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