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—¿Al final le ibas a devolver lo que te hizo de la misma forma?

—No, no, no sería capaz.

—No entiendo entonces.

La miré y ella me ofreció como respuesta un extenso silencio en el cual se levantó, un par de altos stiletto se ajustaban a sus pies, demasiado blancos.

Me senté mirándolo a la cara, el hormigueo de la primera vez me recorría, no podía creer lo que hacía, sin embargo, no me arrepentía de nada, la palabra duda había desaparecido en el mismo momento en que me había vuelto a calzar la máscara esa noche.

Acepté nuevamente la ayuda de esa chica, de la mujer de lo bucles rojos, en sus ojos había diversión velada y sorpresa mal actuada. Ella ya me esperaba.

Más tarde comprendí algunas cosas de su forma de ser, el por qué me alentó a hacer lo que hice, porque fue la primera en tenderme una mano para lo que quería hacer. Hacer los arreglos había resultado fácil, más fácil de lo que en verdad esperaba.

Entonces me planté frente a él, frente a la persona que era mi esposo siendo otra, tapando mi rostro, cubriendo mi cabello y descubriendo mi cuerpo. Había firmado un contrato por tres años a cambio de esta oportunidad.

Era la nueva, una novedad dentro de Anónima, pero no era virgen, nadie iba a pagar exorbitancias por obtener una noche conmigo, como había sido con otras. Me cohibió saber que había mujeres que habían vendido su virtud a un desconocido, como si fueran esclavas exhibidas en la plaza pública.

«Las vírgenes valen más» me dijo Roxe, porque así le decían, aunque el nombre completo era Roxelana. Y como si fuera un reflejo de mi pensamiento, ella me explicó en breves palabras lo que había sentido cuando llegó, una esclava vendida en el mercado de hacía siglos, por eso su nombre y su deseo de no ser sólo eso, una esclava.

No pude responderle nada y cambiamos el tema, mientras ella deseaba avanzar y salir, yo deseaba hundirme con el solo propósito de verlo a Federico hundirse conmigo, o por lo menos, causarle el mismo dolor que yo sentía.

Como Eugenia no podía, entonces, cambiaría.

Esperé a que entrara y esta vez ya no me quedé detrás de la barra, sentía que mis piernas temblaban, aun así, hice el esfuerzo de recomponerme, de mantener una sonrisa fresca en los labios y de ya no aferrarme al vestido ni la mano de nadie.

Esta vez había llegado primero y se había sentado más lejos de la barra que la vez anterior, en la tarde nos habíamos peleado, una estupidez que había terminado con una cantidad de reproches de mi parte hacia él, no sabía cuántas palabras podía llegar a decir por minuto, pero habían sido las suficientes para dejarlo mudo.

Tras eso me di cuenta que no había soltado ni una lagrima y que mi rostro estaba tan seco como si nada hubiera pasado, lo único que delataba la pelea anterior era el subir y bajar errático de mi pecho. Tomé mi cartera y cerrando la puerta tras de mí tomé un taxi hacia ese lugar, yo ya sabía que él tenía una reservación.

Por eso, cuando lo vi sentarse solo, no lo dudé ni un segundo y tomando un trago que previamente había encargado, me acerqué a él depositando el vaso sobre la tabla de la mesa. Levantó la mirada y me observó durante unos segundos antes de sonreír levemente aceptando el trago que le ofrecía.

—Sos nueva. —Se llevó el borde del vaso a los labios.

—Es mi primera noche, sí. —Tomé asiento frente a él y me esforcé por suavizar mi voz lo más que pudiera. Tenía un nudo en la garganta que me hacía pasar saliva con más frecuencia de lo agradable.

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