El colgante

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Todavía no había amanecido cuando me desperté. Era una madrugada encapotada por unas  nubes negras que presagiaban una gran tormenta eléctrica pero yo ya no estaría para ver como  la fugaz luz de los rayos alumbraría el cielo la villa, ni tampoco para estremecerme cuando el  sonido estridente de un trueno llegase a mis oídos, ni cuando las gotas golpeasen con fuerza el  cristal de mi habitación y eso me entristeció.

-Buenos días-Saludé entristecida a mi familia.


-Hola,  Stacy-me  correspondió  mi  padre.


-Buenas  días,  preciosa.-dijo  mi  madre.


 Apartó un mechón caoba que cubría unas de mis mejillas y la besó.


Me senté para tomar un tentempié antes de dirigirme al aeropuerto, donde cogería el avión que me llevaría al Norte de los Estados Unidos.


-¿Dónde está Carl?-pregunté.


-Está dormido-contestó mi madre.


-Claro-asentí entristecida por no volver a despedirme de mi hermano pequeño.


Seguí con la tarea de mordisquear la tostada integral y dando pequeños sorbos al zumo de naranja, como si realizar todas mis acciones a cámara lenta me librase de ir al internado.

Cuando acabé el desayuno, subí a mi habitación para bajar las maletas, el neceser, los libros y el equipaje de mano.


Mi padre me esperaba al final del trayecto de las escaleras con una pequeña sonrisa, cuando estaba a punto de darle las maletas, tropecé con la moqueta que cubría los escalones de madera perdiendo el equilibrio, él me sujeto antes de que cualquier parte de mi cuerpo tocase el suelo, me reincorporé de sus fuertes brazos  y, con su ayuda recogí todo lo que se había esparcido por el suelo.


Con los dos brazos cargados con mis pertenencias, vi como se dirigía al garaje. 


Él volvió a entrar a casa, se dirigió al comedor en silencio y llamó a Ana, mi abuela.


-Mamá-le oí decir-¿Vienes ya?


En el porche esperé a que mi abuela llegase para cuidar a mi hermano pequeño mientras que  mis padres y yo cogíamos un avión rumbo al Norte de Estados Unidos.


En esos momentos solo podía pensar en todo lo que echaría de menos en el internado, echaría en falta: los primeros rayos de sol que se filtraban por mi ventana acariciando mi piel, los dulce besos con olor a polvos de talco de mi madre, las bromas de mi padre, a mi travieso  hermano, las aventuras vividas con mi mejor amiga, Catalina y también las escapadas románticas con mi novio.


Una pequeña lágrima dejó un rastro húmedo en mi cara, cuando recordé los días de felicidad que pase en la villa, me sequé la cara e improvise una sonrisa de felicidad cuando vi que mi abuela salía de su descapotable rosa, nada discreto.


-Peque-me saludó mi abuela.


-Hola, Abu-le correspondí improvisando la mejor sonrisa que podía en ese momento.

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