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—¿Así de fácil te convertiste en una de ellas?

—No, no —negó—, ellas sólo me harían el favor por esa noche a condición de que no volviera a molestar.

—Pero ella dijo, una nueva —rebatí.

—Sí... la verdad creo que ella ya sabía que iba a volver.

La chica del pelo rojo, que no me había dicho su nombre pese a que le pregunté, me ayudó a ponerme la máscara y la peluca. Me había conducido a su habitación y con cuidado había atado mi cabello y me colocaba el antifaz atándolo con fuerza.

—Ahí tenés ropa, es lo más decente que encontré para vos, se la saqué a otra de las chicas, la mía te va a quedar grande —dijo entregándome un conjunto de short y remera que apenas alcanzaba a tapar algo— no le hagas ascos querés, es por hoy, a todas nos pasaba lo mismo al principio.

—¿Hace mucho qué trabajás acá? —pregunté desde el baño, me había rehusado a cambiarme frente a ella.

—Un año y medio más o menos... ¿ya terminaste?

Salí tratando de bajarme los shorts, demasiado cortos, demasiado ajustados, no importaba cuanto quisiera bajarlos, no tenía sentido, tenía la totalidad del vientre al descubierto y al igual que la joven que estaba conmigo, opté por tirar los mechones artificiales hacia delante. Había elegido una peluca con el cabello más largo posible previendo la situación.

—¿Y ahora?

—Ahora te voy a llevar al salón, te voy a dejar con uno de los chicos de la barra y no vas a hacer problema. —Salió de la habitación y yo le seguí desde atrás, mirando curiosa el pasillo, cada puerta estaba bastante apartada de la otra— Una vez ahí, escucháme bien, no te vas a acercar a ningún cliente, ni siquiera a tu marido, vos querías ver, entonces vas a mirar, nada más.

—Entiendo, no voy a hacer nada precipitado.

—Eso espero.

Me condujo por un largo pasillo, pasamos por algunas pequeñas habitaciones acomodadas de forma diferente a la otra, diferentes estilos.

—Son salas privadas —explicó— ahora no está ocupada ninguna, por eso podemos pasar sin problemas, sino habría que rodear y es más largo.

—Este lugar es muy grande —comenté.

—Es un laberinto, te habituás con el tiempo. —A medida que avanzábamos, las voces de personas y música suave se escuchaba con más fuerza. Mi propio corazón tamborileaba al punto en que podía escucharlo en mis oídos.

Dimos vuelta en un amplio pasillo y el sonido pareció amplificarse.

—No te pongas nerviosa, vos no vas a hacer nada, una vez que entremos, ya sabés, te dejo en la barra y vos quieta —Se volteó y me tomó por los hombros— No tengo idea de lo que puedas llegar a ver, no sé quién es tu esposo, solamente te pido que mantengas la calma.

Asentí sin emitir sonido y la tomé del vestido, sabía que mis acciones no eran ni de cerca los de una mujer de veinticuatro años, pero no podía evitar buscar algo de seguridad. Me mordí los labios y di un paso tras otro mecánicamente, estaba dura, robotizada.

Miré al suelo y así entré en el salón, prendida del vestido de esa chica, con la mirada enfocada en las vetas del suelo, dejándome guiar, totalmente negada a levantar la cabeza y mirar lo que me rodeaba, las voces que reían, que charlaban, que discutían.

Ella detuvo sus pasos y sólo entonces fue que me atreví a elevar la mirada, sus ojos verdes me miraban apenados, más exactamente a la mano que no soltaba su vestido. Puso sus dedos sobre los míos y me obligó a aflojar el agarre, una pequeña sonrisa le sombreaba los labios.

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