CAPÍTULO 5: EL INICIO DE UNA TENSA CONVERSACIÓN

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El teléfono empezó a timbrar. Un silencio pesado se instauró por completo en aquel café. Los miembros de la Brigada Púrpura observaron con miedo el teléfono negro. Todos se hallaban reunidos en tres mesas ubicadas de manera sucesiva. Las luces amarillas de aquel café ofrecían una iluminación tranquila y relajante, como el mismo aroma a capuchino espumoso que flotaba en el aire.

Al segundo sonido del timbre, el corazón de Trinity se heló por completo, obligándola a pasar saliva, como si se encontrara frente a un paredón de fusilamiento. El único que se encontraba en serenidad total era Rasec, quien se llevó su dedo índice sobre sus labios en señal de petición de silencio.

Luego, dejó que el teléfono sonara por tercera vez, mientras observaba la inscripción en letras mayúsculas de la empresa que había fabricado aquel aparato: "WHITE SHADOWS". Cuando finalizó el sonido del tercer timbre, Rasec presionó el botón blanco del altavoz, antes de levantar el auricular.

—Hola, Nuboff—dijo.

—¿Qué tal? Buenos días en su país—saludó la voz de Nuboff—. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Mi nombre es Rasec—respondió—. Y sí, soy el hombre que te golpeó en el tren. ¿Ya te recuperaste del dolor?

Hubo un momento de silencio que pareció una eternidad. Marshall abrió sus ojos como si hubiera acabado de recibir una puñalada en el centro de su abdomen. Entonces, al igual que los demás, prestó toda su atención en la seguridad que emanaba de Rasec, cuyas pupilas brillaron por un segundo.

En ese instante, el relámpago que atravesó los ojos de aquel hombre logró repercutir en la mente de cada miembro de la Brigada Púrpura, quienes pudieron ser testigos de la expresión de asombro marcada en el rostro maquillado del terrorista más famoso del mundo. La imagen de su rostro brillaba en medio de una habitación oscura.

—Vaya—contestó la voz de Nuboff—, tenemos a alguien osado que desea ofenderme, más de lo que ya lo hizo hace tres días.

—¿Te ha dicho algo tu mega computadora sobre mi nombre? ¿Quieres que te de una pista adicional sobre quién soy?

Hubo un segundo de silencio.

—Tu voz no pertenece a este mundo—dijo Nuboff—. ¿Eres hacker profesional? ¿Borraste tu identidad de todas las bases de datos del planeta?

—El tiempo lo hizo por mí hace muchos años—contestó Rasec—. Pero, bien, Nuboff, no te he pedido que me llames para que conozcas quien soy.

—Lo sé.

Rasec se inclinó un poco sobre su silla y se acomodó de tal manera que sus zapatos deportivos fueron a posarse encima de la mesa, justo al lado de donde se encontraba el teléfono negro. Continuaba hablando por el auricular, mientras la conversación era escuchada por los demás miembros de la Brigada Púrpura.

Desde hacía dos días que se encontraban en la ciudad de Roma, Italia. Después de pasar una noche en medio de los bosques, Luna se hizo cargo de buscar en la mochila de supervivencia varias latas de frijoles, carne desmechada y verduras. Asumió la responsabilidad de preparar el desayuno, mientras los demás terminaban de despertarse.

Una hora más tarde estaban listos para continuar el viaje a través de los bosques. Rasec percibía en el rostro de cada uno el mismo malestar de haber dejado pasar la oportunidad de dar fin a esa guerra durante la mañana anterior. La impotencia flotaba en el aire, gestando una sensación de angustiante derrota.

Marshall sentía una frustración enorme por no haberle disparado a Nuboff cuando se encontraban en el techo de los trenes. Pero aparte de eso, también lo invadía una sensación extraña al pensar que el destino hubiera sido distinto, sin la intervención de Monique y Reik.

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