—¿Euge?

—Yo... yo también te amo... estoy ocupada, cuelgo.

Apreté el circulito rojo en la pantalla y me quedé mirando durante largo tiempo el aparato, como si me fuera a dar las respuestas de qué tenía que hacer, cómo hacerlo, o quizá esperaba que me dijera que era menos imbécil de lo que me sentía.

No tenía caso, la relación, el matrimonio... y sin embargo seguía anclada a él, porque lo quería y porque no tenía otra cosa. Había abandonado mis estudios después de casarme, porque eso me había dicho mi madre que tenía que hacer, ¿cómo iba a equilibrar los estudios y el cuidado de la casa? ¿cómo iba atender bien a mi marido? ¿y cuando tuviéramos hijos?

Estupideces, puras estupideces.

Debí suponer que lo eran sabiendo de la boca de la cual venían; tampoco podía echarle a ella toda la culpa, al final la única que había decidido hacer caso a eso fui yo, así que la culpable de la situación en la que estaba era yo y solamente yo.

E incluso si quisiera volver a la casa de mis padres, no me lo permitirían, estaría muy mal visto, así que...

—¿Esto es lo que vas a hacer el resto de tu vida Eugenia? —me pregunté en voz alta, qué importaba, después de todo estaba sola.

Esa noche no hice nada, aunque a él le había insinuado otra cosa, a veces pensaba que si hacía eso obtendría algo de su atención, pero la realidad era que Federico era tan consciente como yo, de que no era capaz de hacerle lo mismo que me hacía a mí. No podía y tenía que admitir que tampoco quería devolverle con la misma moneda.

Me acosté temprano e hice como si nada pasara, al otro día, por lo menos tenía la certeza de que iba a amanecer a mi lado, que probablemente su pelo emanaría el olor del shampoo y que su brazo estaría sobre mi cintura, como si en realidad nos hubiéramos ido a dormir juntos y que la realidad en realidad había sido un sueño desagradable que había tenido durante la noche.

Me dormí pensando que básicamente, lo único que hacía era compadecerme a mí misma en vez de hacer algo y que era, una pelotuda. Así de claro lo tenía, porque sabía cuáles eran mis problemas, sabía que lo que tenía que hacer, si me quería un poquito por lo menos, era irme, pero ahí seguía, acumulando odio y rabia, por él, por mí.

Ojalá tuviera el valor de devolverle los sentimientos que me producía.

Pero la verdad era que no importaba cuántas justificaciones buscara, la verdad era que no quería irme, no quería dejarlo, no quería darme por vencida todavía, pero no sabía qué hacer.

Cuando me di vuelta a la mañana, efectivamente la escena era la misma de siempre, sonreí antes de levantarme ¿Estaba mal sentirme feliz por ser yo quien despertara a su lado?

Me levanté tratando de no hacer ningún movimiento brusco y tomé por acto reflejo el saco y los pantalones de vestir tirados en la punta de la cama para estirarlos en el sillón, aunque pensándolo bien, podía directamente llevarlos a lavar.

En el camino fui revisando los bolsillos del saco y de los pantalones, la billetera, las llaves del auto, algunos papeles sueltos, todo estaba ahí, haciendo peso. Dejé todo encima de la mesa y tiré las prendas dentro del canasto de la ropa sucia, luego los lavaría. Años lavando trajes me habían hecho una experta.

«Deberías sentirte orgullosa Eugenia, dos años de matrimonio y te perfeccionaste la habilidad de lavar trajes, waw genial ¿no? ¿qué más hiciste aparte de eso?» pensé.

Volví sobre mis pasos y me puse a revisar los papeles que había dejado sobre la mesa, a ver cuáles se iban a la basura y cuales dejaría para que él los guardara más tarde, hice un bollito con los papeles que no servían y tomé las demás cosas para dejarlas en la mesita junto a la entrada.

Pero la verdad que hacer los veinte pasos que me separaban del living a la entrada no los pude realizar ilesa, a mitad de camino había tropezado y caído sobre la alfombra.

—La que...te re mil parió Federico. —Observé fastidiada los zapatos negros tirados a mitad de camino— ¿Tanto te cuesta dejarlos fuera del camino?

Me levanté y busqué con la mirada las cosas que se habían dispersado, la billetera había caído en cualquier lado, abierta y algunos papeles y tarjetas se habían desacomodado. Tomé las cosas con mis manos volviendo colocar las cosas en su lugar, había una foto nuestra en una de las solapas. Por un momento el corazón se me contrajo en un puño.

Detuve mis movimientos unos segundos antes de proseguir, y agudicé la mirada cuando una tarjeta en papel brillante negro apareció entre otras blancas, la peculiaridad no residía en su color, sino en la falta de información, lo único que había en ella era una secuencia de números en dorado, un número de teléfono por supuesto.

Fruncí el ceño agarrando la tarjetita, dándola vuelta y mirándola atentamente de cada lado, acción inútil, no había nada en ella más de lo que ya mostraba.

Agarré mi celular y marqué el número que indicaba, pero no importa cuánto esperé, cuántos tonos pasaron, nadie contestó. Miré la hora consternada, muy apenas pasaba de las nueve.

—¿De quién será esto? —Mi primer pensamiento había sido guardarme la tarjeta y probar a llamar más tarde, pero era muy peculiar, no sabía si él no notaria su falta. Revisé sobre mi hombro, como si estuviera cometiendo un delito y a ver que todo seguía tan silencioso como cuando me había levantado, abrí la cámara, fotografié el papelito y volví a ponerlo en su lugar.

El día después de eso transcurrió normal, tal como transcurría siempre, lo había despertado y había recibido una soñolienta sonrisa a la que había respondido sin conservar ningún enojo, no lo terminaba de entender, no lo comprendía en absoluto, pero era así, cuando me miraba me olvidaba que era un hijo de puta, y cuando se iba, todos los reproches, las quejas, mis insatisfacciones caían con fuerza.

Alrededor de mediodía se fue y yo volví a llamar al número ese sin obtener resultado, así durante todo el día.

Cuando ya estaba por darme por vencida, hice un último intento, ese intento me parecía que tenía tantas o más probabilidades de fallar, ya pasaban de las 20:30 y contra todo pronóstico, esta vez el tono se cortó y una voz femenina contestó:

—Anónima, buenas noches, ¿en qué podemos servirle?

Hola! Yo había dicho que pensaba corregir la historia de Roxe antes de seguir con otra cosa, pero al final me pudo más, tomemos esta historia como un regalo de navidad atrasado y un buen comienzo de año jajaja

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Hola! Yo había dicho que pensaba corregir la historia de Roxe antes de seguir con otra cosa, pero al final me pudo más, tomemos esta historia como un regalo de navidad atrasado y un buen comienzo de año jajaja

Espero que le guste Euge, aunque ahora la notemos media caiducha, media lamentable, pero bueno, a medida que vaya avanzando el relato la vamos a ver progresar.

Besos y feliz año nuevo!

Flor...

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