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Me crié en ese tipo de familia, esas que dan la impresión de que ya no existen, demasiado elitista, demasiado hipócritas, demasiado perfectos. Soy la hija única de una de esas familias y sabía cumplir bien mi rol.

Me vestía de marca, mi aspecto siempre estaba impecable, publicaba algunas fotos en mis redes sociales en los viajes familiares al extranjero, porque ahí se va la gente de plata ¿no? Hice lo que me dijeron que tenía que hacer, apenas cumplir los veinte me presentaron casualmente al hijo de un colega de papá y la historia de ahí en adelante se desarrolló como tenía que desarrollarse.

Nos enamoramos, nos casamos. Así se hacen las cosas.

Fuimos felices. Aparentamos estarlo.

—Lo cierto es que, nada en esta vida es tan perfecto, yo me enamoré, no te lo puedo negar ¿qué tan difícil es engañar el corazón de una estúpida ingenua?

—Entonces de verdad te enamoráste de él.

Asintió.

—A mí me parecía que estaba haciendo las cosas bien, lo mismo había hecho mi madre y mi abuela y así sucesivamente, así se manejan estas cuestiones en la "alta clase".

—¿Él no te amaba?

—No, por eso terminé acá.

—¿Cómo?

Tiré con fuerza la camisa en mis manos, juraba que era la última vez que se la dejaba pasar... lo mismo había dicho la vez anterior, y la anterior. Dos gruesos lagrimones me cayeron por las mejillas, siempre pensaba que algún día me iba a quedar sin agua para llorar, y quizá era cierto, cada vez lo hacía menos.

La primera vez que encontré un mensaje había llorado rabiosa hasta quedarme dormida, la vez que encontré un aro caído sobre la alfombra del auto en el lugar que era mío llegué a casa le grité y lloré, un poquito menos que la otra vez. Cuando lo llamé y me atendió una mujer lloré en silencio después de cortar y así, un poco menos cada vez, no dejaba de doler, pero cada lágrima llevaba un sentimiento diferente, dolor, odio, rabia, tristeza...

Me miraba al espejo buscando qué era lo que me faltaba, qué era lo que no hacía bien.

Miré la mancha roja en el cuello de la prenda tirada, volví a tomarla y la metí junto con las demás dentro de lavarropas, me sequé la cara con fuerza y seguí haciendo como si nada, me había dicho que iba a volver a la noche.

«¿Será cierto? Por supuesto que no»

El celular sonó estrepitosamente y me apresuré a buscarlo, lo había dejado sobre el cristal de la mesa. Atendí viendo expectante el nombre de la persona.

—Euge... —Apenas contesté, lo escuché nombrarme con ese tono que llevaba una disculpa incluida— No voy a poder llegar temprano esta noche, ya sé que te había prometido que...

—Está bien —lo interrumpí—, no te hagas problema... ya sabía que no ibas a llegar igual.

—Eugenia, otra vez no por favor.

—No te dije nada, hacé lo que tengas que hacer, ya voy a ver qué hago esta noche.

—¿Vas a salir? ¿Con quién? —cuestionó del otro lado de la línea.

—No sé ¿ahora te interesa?

—Sabés que sí... cuídate... te amo.

Me mantuve en silencio después de eso ¿Por qué siempre me hacía lo mismo? ¿por qué parecía que lo hacía a propósito? Sabía que era débil cuando me decía que me amaba.

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