Espejo

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Espejo

Sonó el despertador y cuando quise apagarlo me caí de la cama. Me incorpore sin dificultad, pero tenía un golpe en la cabeza. Luego me bañe, me vestí, desayune; todo  de lo más normal. Hasta que sonó el teléfono y mi madre me comunico una noticia inesperada: el tren donde iba mi hermano tuvo un accidente. Desde ese instante todo comenzó acelerarse.

Tomé de arriba del televisor  la billetera y las llaves de la casa. Cosa rara porque siempre las dejo en la mesa de luz. Salí a la calle y tome un colectivo hasta la estación.

Si antes los hechos iban rápido ahora se movían a la velocidad de la luz. En cada lugar veía camillas anónimas,  y personas que se dirigían hacia los rincones más inhóspitos del ferrocarril para saber algo de algún familiar o conocido. Yo era una de ellos, y a cada rato entabla conversaciones con paredes humanas porque a ninguna de mis preguntas había respuestas certeras. Mientras lo hacia las cámaras parecían desplazarse como veleros en una tormenta marina.

Como pude me fui al hospital más cercano. El loquero de la estación no se comparaba con el del hospital. Estuve en una larga fila dentro de la recepción para saber si mi hermano, José López, se encontraba o no. Así fue como vi  el  alivio de algunos al encontrar a los sobrevivientes del terrible accidente;  y en otros distinguí  la muerte, el llanto, el grito desgarrador, la terrible tristeza. Dos mundos que en la vida se encontraban divididos en el  hospital irremediablemente se mezclaban.

Luego me entretuve viendo a los periodistas dentro y fuera del sanatorio; y trate de encontrar las causas de  su presencia. Ustedes dirán que informaban sobre la cantidad de heridos y muertos, estoy de acuerdo. Pero no era lo único, ellos buscaban a través de sus imágenes  que los televidentes vivieran  como propios la felicidad de unos y la tristeza de otros. Quizás para mostrar la verdadera dimensión de la situación; o simplemente con el objetivo de  tener más rating. Era obvio, quien viera y escuchará todo eso se quedaría paralizado ante la conmoción.

Deje de lado esos pensamientos, ya solo tenía una persona delante en la fila. Era un hombre de unos cuarenta años que buscaba a una mujer. No sé si ella se encontraba allí, pero después  de ser atendido por la recepcionista se fue a la cafetería. Me tocó a mí, dí el nombre de mi hermano y saque de mi billetera una foto de él. Ahí me di cuenta, deje el celular y los documentos en mi casa. Gracias a Dios solo me pidió mi nombre, Marcos López,  y el número del DNI. Pero todo fue inútil, él no estaba ahí.

Triste y con hambre me dirigí hasta la cafetería del hospital. Estaba comiendo un pebete de jamón y queso, cuando alguien me toca el hombro. Era el sujeto de la fila; me mostró la foto de la mujer, pregunto si la había visto y le respondí negativamente. En otra oportunidad la cosa habría quedado ahí, pero al ver su cara sentí que nos unía la misma desgracia y no me molesto entablar  una conversación con una persona desconocida hasta entonces. La  mujer de la foto era su esposa y al igual que mi hermano había participado del terrible accidente. Este era el tercer hospital al cual recorría con las manos vacías. Le iba a preguntar si había ido a la morgue, pero no pude terminar la frase. En mi mente apareció una imagen extraña y aterradora  que me lo impedía: caminaba por una vereda llena de hojas secas y al tocar algunas sentí en mis dedos la piel de una persona. El hombre me hablo rápidamente y la ilusión duro poco. Sorprendentemente me aconsejo que no me preocupara en ir a la morgue, él estuvo allí y solo  le permitieron ver una lista. Pero la situación podría cambiar dentro de unas horas.

El interlocutor de Marcos se preguntaba a sí mismo dónde había visto a ese sujeto con el cual hablaba ahora. Pero no se animaba a preguntar y buscaba sacarle información de alguna forma. Cosa imposible porque Marcos termino la conversación de la siguiente manera:-Disculpe, le estoy quitando su preciado tiempo. Espero que pronto pueda encontrar a su esposa y terminar con esta terrible lucha. Él se levanto, le tomó la mano para despedirse y su interlocutor hizo lo mismo.

Después de esa charla, el tiempo paso más lento de lo esperado. Anduve de un hospital a otro y tuve la oportunidad de hablar con tres emisoras de radio para informar sobre mi hermano. Pero no pude comunicarme con mi familia: en el locutorio me daba ocupado y no tenía monedas  para hablar por el  teléfono público. Sin una mísera persona capaz de prestarme un centavo y con las direcciones de los hospitales en un blog, más cierta me parecía  la frase…”Esta búsqueda es un lucha…”También porque otros sujetos y yo  debíamos  luchar contra la burocracia hospitalaria, y no sé con cuantos más para buscar una simple respuesta. Hasta ella comprometía una pelea con uno mismo: si era muerte significaba tristeza y en el caso de vida, esperanza de salvación o recuperación penosa. Pero había una batalla peor a estas dos,  la de ser vencidos por el cansancio y el pesimismo al intentar buscar  a nuestros seres queridos. Y ella empeoraba  cuando imaginamos el sufrimiento, la soledad y la incertidumbre de quienes participaron en esa hora fatídica. ¡Ya basta!, grite en el interior de mi alma. Deje de caminar y decidí tomar un taxi. Espere un buen rato hasta la llegada del elegido y le mencione mi destino:-A Juncal al 500; por favor.

El viaje a la morgue (dirección dicha al conductor) fue el único momento de ese día en donde pude olvidar la tragedia. Me entretuve viendo por la ventana lo sucedido en las calles por las cuales pasábamos; y escuchaba las quejas del tachero sobre el transito, el clima y su familia. Había muchos autos estacionados y me paro a  dos cuadras del lugar mencionado. Salí y me puse a caminar. A la cuadra vi una plaza, allí había dos niños entre dos y cuatro años jugando en el arenero. En ese instante recordé cuando mi hermano y yo hacíamos lo mismo. Ante aquella evocación, me embargo una gran tristeza y traté de evitar el llanto porque temía descomponerme y no poder saber la respuesta que me esperaba en la morgue.

Me encontraba a media cuadra de mi destino, mis piernas empezaron a temblar y mis manos parecían hojas de papel. Entonces decidí sentarme  en la vereda, sorprendentemente estaba al lado de una funeraria. Al darme cuenta las lágrimas salieron de mis ojos. Viéndola ahora era una escena de lo más absurda, patética y triste. Más aún cuando ninguno de los transeúntes se había percatado de mi presencia; solo un gato se animo a sentarse a mi lado. Como recompensa le di unas migajas de pan de mi bolso y el animal se lo llevo en la boca hasta la funeraria. Al verlo saltar la reja distinguí mi reflejo en una de las ventanas de “El último paso” (nombre de la casa velatoria). Pero algo me pareció raro y me acerque al vidrio. Allí no había visto mi reflejo sino un papel pegado con cinta hiladora donde aparecía mi rostro. Lo más extraño no fue eso; debajo de mi foto decía lo siguiente: Ariel Martinéz, 30 años, se lo vio por última vez a los pocos minutos del accidente. Si tiene alguna información comunicarse al 15803114 o al 4320-8182.

Me sentí muy confundido y pensé que el golpe en la cabeza me hacia tener esa  alucinación. Pero quizás todo lo otro era un invento mió y era ese Ariel. Entonces  me empecé a  preguntar: ¿me caí de la cama o del asiento del tren?, ¿el celular y los documentos los deje en casa o en vagón?, ¿la foto en mi billetera era la de mi hermano o de un desconocido? y ¿si no lo conocía cómo me llego esa  fotografía? Mi desconcierto se agravaba aún más al intentar contestarlas, y decidí correr hasta el locutorio para comunicarme al número del papel pegado en la funeraria.

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