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La rudeza de sus palabras me golpea con tal fuerza que me deja como mentalmente noqueada. Por unos segundos me quedo mirándola con escepticismo, como si aún esperara que me sorprendiera revelándome que lo que acababa de decir era una broma. Pero eso parecía imposible, esa sonrisa aversiva continuaba en su rostro, incluso en sus ojos podía distinguir un brillo perverso.

No reconozco a la persona que tengo en frente. La Sophie que conocía acababa de sacarse la máscara, dejándole a mi vista un ser que únicamente parecía obtener placer con el sufrimiento ajeno.

―Ow, ¿la pequeña e ingenua bebé está sorprendida? ―prosigue, exponiéndome descaradamente cuánto le estaba divirtiendo la situación―. ¿Acaso no era eso lo que querías escuchar, darling?

―Ya te dije lo que quería: que me digas qué razones te dimos para que nos hicieras tantas canalladas ―Traté de lucir imperturbable―. Después de todas las veces que intentamos consolarte y subirte el ánimo sin nunca juzgarte, después de que te acogimos cuando todos te dieron la espalda, después de que transigimos que volvieras a cometer los mismos errores que te empujaron a estar con nosotros, después de vivir tantos momentos juntos... ¡¿por qué, Sophie?! ―Al percatarme de que el mesero se acercaba con nuestros pedidos, noté que el sonido de mi voz iba en aumento, así que hice un gran esfuerzo en disminuirlo. No quería llamar la atención―. Sólo dime porqué.

Ella pareció esperar a que el chico que nos atendía se fuera para responder.

―Eres tan dramática, Azucena. Te ves patética, pero descuida, no tengo problema en satisfacer tu deseo. ―Unió sus palmas con entusiasmo―. Oh, esto será como estar en un confesionario, ¡great!

―No pienso prestarme para tus jueguitos ―farfullé, impaciente―. Si sigues así...

―Pero por qué tan amargada de pronto, cariño ―interrumpe, fingiendo extrañeza―, además, ya deberías estar acostumbrada a ellos. Te has prestado para mis 'jueguitos' un sinnúmero de veces, y lo mejor, ¡sin siquiera saberlo!, ¿te das cuenta de hasta qué punto llega tu estupidez? ―inquirió con sorna.

―¿Qué quieres decir con eso? ―Me atreví a preguntar ardiendo en cólera. Sus insultos estaban desafiando mi orgullo, y eso claramente surtía efecto en mí. Me provocaba deliberadamente, pero, por más que quisiera responderle de la misma forma, yo no podía permitirme estallar tan fácilmente.

Necesitaba respuestas.

―Veo que aún no te queda claro, es más, incluso apostaría a que ni lo imaginas. Pero siendo tú, era de esperarse, ¿no? ―Su expresión se tornó sombría mientras cargaba el peso de su cabeza en una de las extremidades que había puesto en vertical sobre la mesa―. Escucha, yo tengo nada en contra de Dylan o de Zaray, las veces que ellos salieron perjudicados por mi culpa fue porque no pude contenerme. Qué puedo decir, fue algo en mi interior lo que me impulsó a jugarles sucio, llamémosle amor a las travesuras. Pero contigo, adorable Azú... Tú eres un caso totalmente diferente, contigo siempre fue adrede.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora