Capítulo 28

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La familia de David caminaba trabajosamente por un túnel de tierra. Estaban todos tan tristes y silenciosos que lo único que se oía era el tenue llanto de su madre, quien no paraba de llorar pensando que había abandonado a su hijo en las garras de un espíritu maligno mientras el resto de la familia se salvaba y quedaba lejos de la devastación. Conforme avanzaban, el clima se iba haciendo más y más tibio hasta estar lleno de humedad y de frescura. Tanto, que al principio les dio frío. Caminaban hacia un futuro más tranquilo, pero llevarían siempre la llaga abierta de haber dejado atrás a uno de la familia a su suerte, bajo el dominio y la dudosa protección de un demonio. El padre iba furioso. Esa era su forma de expresar la desolación y el arrepentimiento que le azotaban el alma. Fernando por su parte, iba pensando en silencio cómo habían podido aceptar sus padres a un precio tan alto y preguntándose si él hubiera tomado la misma decisión. Sofía se sentía agradecida. No solo por la ayuda, sino también por el silencio. Nadie le había hecho preguntas.

Al fin vislumbraron a lo lejos un pequeño rayo de luz color de arena que supusieron la salida del túnel. Esto los reanimó, pues habían pensado en que tal vez aquel demonio los había engañado haciéndolos entrar en un túnel que no tenía salida. Fernando pasó primero ayudando después a su madre y a Sofía a subir. Al fin, respiraron el aire freso del bosque al que habían salido. Dejaron todas sus cosas a un lado y se sentaron a descansar mientras veían cómo las raíces y la tierra cubrían poco a poco el lugar justo por el que acababan de salir hasta ser irreconocible la abertura, ahora llena de las grandes raíces de los árboles, de tierra y de pequeñas flores que murieron al sentir los primeros rayos del sol. Alcanzaron a ver a lo lejos, que el Sol salía con sus rojos rayos que parecían furiosos y letales. Su madre corrió para salir un poco de la maleza en la que se encontraba y tuvo el espectáculo que trastornaría su mente para siempre mientras su esposo y su hijo la esperaban en el bosque, rendidos de cansancio y de culpa. Sofía se refugió en el silencio, pero la acimpañó. Ambas vieron bajo los rayos de un triste día cómo se quemaba la ciudad en que había dejado a David y alcanzaron a ver una lluvia roja que bañaba en fuego a ambas ciudades mientras silenciosas gotas de sal cubrían sus rostros.

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