Capítulo 27

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Villanueva había viajado por horas y se encontraba exhausto. Tenía grandes ojeras debajo de los ojos y la boca pastosa y seca. Sin embargo, se sentía bien. Había huido de todos sus problemas y de su culpa, o al menos así lo sentía. Sabía que Sogblé regresaría para cobrarle lo que jamás podría tener. Tenía miedo de volver a verlo y de tener que darle alguna otra cosa, pues los deseos de Sogblé eran devastadores. Villanueva no quería seguir con esto. Quería escapar para que el tiempo y la tranquilidad de la larga vida prometida por Sogblé le brindaran el bienestar del olvido. Seguía conduciendo su carro, ahora con más lentitud, pues se sentía a salvo y sin la urgencia de llegar a parte alguna. No llevaba música, pues se sentía agotado y casi sin fuerzas. No había dormido en toda la noche y el silencio le había parecido agradable.

Miró por el retrovisor y estuvo a punto de estrellarse contra un árbol. El amanecer se veía rojo como nunca antes lo había visto. Era como un atardecer fuera de tiempo que se adelantaba quemando todo a su paso. La ciudad se veía al rojo vivo al igual que Almasi, que se encontraba atrás, todavía más roja y siniestra que la anterior. Villanueva se sabía culpable y el remordimiento le cerraba la garganta y le hacía notar cada uno de sus latidos. Decidió encender la radio para tener algo de ruido con el cual distraerse, pero estaba en la carretera ya y no había señal. Decidió poner uno de sus discos, pero no había ninguno a la vista. No quería detenerse en ese momento, como si así pudiera alcanzarlo la desgracia. La carretera venía vacía así que decidió que no había riesgo. Volteó en todas direcciones hasta asegurarse de que estaba solo. Se agachó para abrir la guantera. Su corazón latía cada vez con más fuerza. Sintió una gota de sudor que recorría furiosa su espalda. Estaba nervioso, muy nervioso. Tomó el primer disco que halló en la guantera, lo sacó con dificultad de su empaque que aventó en el asiento del copiloto y lo puso en el reproductor. Esperó hasta que lo leyera y casi lo golpea con la mano cuando salió de nuevo el disco y en la pantalla se leía que no había disco. Volvió a meterlo tamborileando con sus dedos en el volante. Una camioneta roja lo rebasó a una velocidad suicida. Parecía vacía, pero Villanueva no se fijó demasiado, pues no alcanzó a ver y además estaba más preocupado por otras cosas.

Al fin la música empezó, pero para desgracia de Villanueva, esto no lo calmó. Al contrario: cada golpe en el tambor y en los platillos lo desquiciaba mientras la voz chillona y fingida del vocalista lo hacía rabiar sin razón aparente. Era como si las guitarras y el bajo repitieran el lamento de su alma y los coros reclamaran junto a su corazón recordándole la culpa que cargaría para siempre. Abrió la ventana para respirar algo de aire fresco, pero sólo logró llenar sus pulmones con el aire caliente con olor a azufre que venía desde el este donde se cumplían sus deseos. Tosió varias veces y se enloqueció con el ruido del aire que golpeaba sus oídos. Cerró de golpe la ventana y siguió un tramo atormentándose con la triste música que llevaba y que lo torturaba con sus instrumentos. Apagó con un golpe el reproductor que se trabó y se quedó haciendo un molesto ruidito que no le pudo quitar hasta que apagó el carro frente a un hotelucho que halló en el camino.

Bajó furioso del carro y se encaminó hacia la recepción donde no dejaban de mirar su brazo izquierdo, como si nunca hubieran visto a un hombre sin mano izquierda. La mujer que lo atendió se veía desganada y sin encanto. También estaba molesta y no le dirigió ningún saludo especial, como él acostumbraba, así que le dio sus datos gruñéndole todo el tiempo hasta que le dio la llave y el número de su habitación. Como no llevaba mucho equipaje y no veía ningún muchacho que lo ayudara, lo subió todo él mismo hasta su habitación.

Cuando entró, dejó sus maletas sobre una cama y se tiró en la otra. Entonces descubrió que las ventanas estaban cerradas y que todo estaba obscuro todavía. Se levantó pesadamente de la cama y se acercó a las ventanas. Un rayo dorado penetró por la ranura de modo que Villanueva supo que ya había luz, ya había amanecido. Así que no tenía porqué estar a obscuras. Abrió de un golpe las ventanas revelando un par de ventanas de vidrio a través de las cuales se veía un rojo amanecer y dos ciudades en medio de un incendio increíble de ver. Villanueva podía casi escuchar los gritos desesperados de la gente que vivía en ellas. Se estaban quemando las dos ciudades y él, siendo el culpable, se había salvado y ahí estaba, de pie, mirando su propia creación, cumpliendo las proféticas palabras de Sogblé que prometían una larga vida. Una vida que Villanueva sabía tormentosa y horriblemente larga. Villanueva cerró las cortinas, pues no soportaba ver por más tiempo tan desoladora escena. Una vez a obscuras, se metió en la cama y cerró los ojos a la realidad.

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