Capítulo 26

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David corrió desesperado hacia la casa de Sofía. Jamás podría decirle lo sucedido, pues aún debía guardar silencio por dos días, en que tal vez no volviera a verla. El tiempo apremiaba, Sogblé había dicho entre dientes que morirían al amanecer pero aún era de noche y el suelo se abriría en su casa a las 3. El corazón de David latía fuerte de desesperación y de angustia. Le martilleaba los oídos con su terrible escándalo, sus manos sudaban de nervios y sus pies le ardían como nunca. La temperatura era insoportable. El aire entraba caliente y seco por su nariz quemándole las vías, raspando todo a su paso con la tierra que había en el ambiente. Escuchaba su propia respiración agitada sintiendo cómo el aire la rasgaba la garganta y le quemaba los pulmones, pero tenía que llegar. Sofía lo esperaba. Tendría que sacarla sin más explicaciones sobre sus perdidos padres y su destino, pero tendría que sacarla pronto, por el camino del cerro, que era el más seguro en esos momentos. Tal vez no la volvería a ver. Era lo más seguro. Pronto lo encontraría Sogblé y se lo llevaría. Era suyo. Por eso debía correr aun cuando su cuerpo le gritaba que ya no podía, que explotaría si seguía así. Debía alcanzar a Sofía y sacarla de ahí.

David entró corriendo a la casa de Sofía. Sus fuerzas estaban al límite pero no importaba. Sofía lo recibió con una sonrisa enorme y agradecida. Quería hacerle tantas preguntas... David la tomó del brazo sin más preámbulos y la jaló hacia la salida de su casa. Sofía se notaba confusa y asustada por la extraña actitud de su novio. David la miró a los ojos y la abrazó llorando. Sofía también lo abrazó. Ahora entendía. Era su despedida. También lloró. David se limpió las lágrimas y le sonrió a Sofía. Volvió a tomarla del brazo y la hizo correr. Le ardía el cuerpo entero. Se estaba deshidratando debido al esfuerzo y al implacable calor.

David ya se tropezaba mucho. Estaba fatigado, dando todo de sí. La vista se le nublaba a ratos y ya le estaban explotando los oídos cansados de escuchar a su pobre corazón agitado. Le dolía el pecho, le ardían los pulmones y el estómago. Sentía que se desintegraba y se caía a pedazos. Las piernas le ardían y tenía hinchadas las manos. Los pies le dolían de tanto correr y de tanto tropezar, al igual que sus palmas ya raspadas por el suelo. Sofía se veía cansada pero la adrenalina la mantenía en movimiento y en condiciones de seguir. Tenía que sacarla. Nada valdría la pena si no lo hacía. La amaba y la sola idea de perderla en esa ciudad de infierno o en las garras de Sogblé lo atormentaban y lo hacían seguir mientras su cuerpo le gritaba que se detuviera. Avanzaron casi caminando debido al cansancio hasta que llegaron a la puerta de la casa de David. Ahí se detuvieron un poco, debajo de un árbol. Se sentían demasiado cansados para hablar o moverse.

David estaba observando hacia el final de la calle cuando vio que una sombra larga se acercaba caminando hacia ellos. David se puso tenso y pensó que los alcanzaría y se llevaría a Sofía también. No se la podía llevar, no a ella. Sofía le tomó la mano y buscó su mirada. David alcanzó a ver que Sogblé se detenía y volteaba para mirar a su linda Sofía. Ella lo miraba completamente asustada con sus grandes y hermosos ojos. Se notaba triste, a punto de llorar, y también desesperada. No había podido salvar a sus padres o enterarse siquiera de la suerte que corrían. David no podía hablar y eso lo desesperaba. Estaban los dos mirándose en silencio. David tomó a Sofía entre sus brazos y la abrazó muy fuerte. Sentía las tibias lágrimas de Sofía en su hombro y escuchaba su silencioso gemir mientras sentía en su pecho el corazón de ambos latiendo fuerte y al unísono. David se alejó unos pasos soltándose suavemente del abrazo de Sofía. Ella estiró sus brazos hacia él para retenerlo pero él bajó la mirada con impotencia. Dio media vuelta y caminó hacia la sombra mortal que lo esperaba. David volteó por última vez para ver a Sofía -su Sofía- y siguió caminando. Sofía lo vio alejarse y entró a la casa.

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