Capítulo 25

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Sogblé estaba sentado en medio de la cueva esperando a la pareja que quería escapar de su vil destino, mientras observaba encantado sus manos. La pareja llegó al fin. Estaban exhaustos así que se sentaron en una roca mientras esperaban que hablara Sogblé. La mujer sacó un pequeño pañuelo se su blusa y se limpió el sudor de la frente. Estaban muy serios y nerviosos. Se notaba en la mirada rápida de la mujer y en el jugueteo constante y tembloroso de las manos del hombre. Estuvieron un rato en silencio, silencio que estuvo a punto de desquiciar a la pareja, hasta que Sogblé habló.

-Veo que han venido a buscar una salida a su problema. Eso está bien. Entonces, aceptan.

-Espere, nos gustaría saber las condiciones antes de aceptar- la mujer habló con voz firme aunque se le notaba nerviosa.

-Las condiciones... Bueno, la única de mi parte es que cumplan con lo que les pida.

-De acuerdo, nosotros queremos que abra el camino cerca de aquí y que antes nos deje ir por nuestro equipaje.- Dijo el hombre con la voz entrecortada y agitada por el cansancio.

-Lo primero lo puedo hacer, lo segundo, no. La ciudad será destruida muy pronto y no les daría tiempo de salir. De ese modo no podría cumplirles lo que me piden, que es salvarlos por ahora.

-¿Lo que nos pida? - Meditó la mujer- ¿No nos dirá primero lo que debemos hacer? ¿Y espera que aceptemos?

-Sí, no tienen más opción.

-Pues, de hecho, sí, así que nos vamos.- La mujer tomó del brazo a su marido al tiempo que se levantaba y se disponía para irse.

-Esperen. De acuerdo, les diré.- Dijo Sogblé deteniendo a la mujer.- Deben matar a un hombre. No se preocupen. Es un criminal. Sería ejecutado tarde o temprano.- Añadió al notar el horror que reflejaban los ojos de sus víctimas.

La mujer miró indecisa a su marido quien le respondió de manera casi inaudible que no se preocupara, que lo haría él y que regresarían corriendo a su casa por "lo demás". La mujer miró a Sogblé. Esta vez, alcanzó a verle una parte del rostro infantil que portaba, pero no se intimidó por eso. Estaba decidida.

-De acuerdo, lo haremos. ¿Cuándo abrirás el camino?

-En cuanto ustedes cumplan con lo que les pido.

-Aceptamos, entonces. Y que sea pronto.

-Bien.- Sogblé mostró una sonrisa siniestra en que se veían todos sus afilados y podridos dientes.

Los llevó más al fondo de la cueva. Caminaron detrás del monstruo quien les entregó una daga afilada y sucia con mango de madera. El cuchillo parecía de alguna piedra preciosa, mientras la madera, ya un poco podrida, mostraba una máscara de aspecto africano con colores vivos ya despintados por el tiempo. Sogblé se detuvo en un punto y les señaló un pequeño bulto donde al parecer dormía un joven de estatura pequeña y cabello obscuro. Cuando se acercaron, el joven se removió en su lecho, pero no despertó. El hombre se acercó con la daga en la mano, la empuñó furiosamente listo para atravesar al joven que yacía en el suelo, pero al momento de acercarse, el joven sintió su presencia y abrió los ojos. El hombre pareció reconocerlo, abrió mucho los ojos y tiró la daga al suelo mientras caía de rodillas gimoteando como un niño asustado. La mujer dio un pequeño y ahogado grito y se cubrió el rostro.

-Vamos, ¿no piensan hacerlo?- Gritó Sogblé desesperado. En ningún momento pensó que si David despertaba, la pareja fuera incapaz de matarlo.

Ninguno de los dos respondió, seguían inmóviles, con el rostro oculto mientras lloraban y se arrepentían. Sogblé estaba furioso y no se explicaba qué podía impedir a dos seres humanos que mataran a otro, mientras uno solo había pedido destruir a todos los de una ciudad. Tomó al muchacho del brazo y con una fuerza sobrehumana lo levantó y lo arrastró fuera de la cueva. Antes de salir tomó su daga y empujó al hombre al suelo quien sólo alcanzó a vislumbrar los tenues rayos de la Luna menguante. Sogblé arrastró con furia varias rocas. Los dejaría encerrados y morirían de hambre, de sed o de lo que fuera, no importaba, de cualquier forma morirían, pero lo habían hecho enojar con su mediocridad y ahora debían pagar. Mientras arrastraba las grandes rocas que iba encontrando y tapaba la entrada de la cueva descuidó a David, quien aprovechó la ocasión y escapó corriendo hacia la ciudad. Por eso ya no se preocupaba Sogblé, pues cuando se dio cuenta, ya estaba demasiado lejos, y además, si se quedaba en la ciudad, moriría en cuanto amaneciera.

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