Capítulo 24

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David caminaba junto a Sogblé, pensativo, pateando furiosamente las piedrecitas que se le interponían en el camino. Estaba furioso. Ahora entendía por qué Sogblé le había pedido su voz. Sabía que lo necesitaría pronto y que podría hacerlo acceder pues no era una persona desconfiada o cobarde. Haría lo correcto y además se tendría que quedar callado o de otro modo, sería mortal para su novia, sería el asesino de quien quiso salvar por amor. Todo esto lo ponía furioso, aunque ahora sabía que su familia se salvaría, pero él no podría salvar a Sofía siendo una vil pertenencia del monstruo. No tendría derecho a nada.

David se detuvo, de manera que Sogblé lo hizo también. David lo miró fijamente a los ojos procurando no desafiarlo para poder obtener un último favor de su parte. Era tan sólo una simple petición que no negaría pues, al parecer, cerrar un trato era algo a que todos tenían derecho, o así lo esperaba David. Se agachó y empezó a hacer trazos largos y cortos en la tierra junto a un árbol. Sogblé se agachó para ver lo que hacía y descubrió que había algo escrito en la tierra. Jamás se le hubiera ocurrido que el chico sabría escribir. Su mentalidad definitivamente seguía en otros tiempos. Se movió junto a David para poder leerlo al derecho y al tocarlo, le empezó a quemar el brazo, por lo que volvió a alejarse de su infernal acompañante mientras este leía su mensaje.

"Tengo una propuesta para ti" decía. David lo borró y volvió a escribir. "Quiero que me dejes libre esta noche, sólo esta y te haré un pequeño favor, el que tú quieras. Un pequeño favor. ¿Entendido?"

Sogblé se agachó todavía más y, con la uña de la mano derecha le contestó:

"Hecho".

David corrió entonces hacia la casa de Sofía. No tenía idea de dónde o cómo volver a encontrar a Sogblé, pero no le importaba, lo único importante era que no lo siguiera. No estaba muy seguro de lo que iba a hacer, pero algo seguro era que Sogblé no debía llegar hasta Sofía pues entonces ella tal vez por salvar a su familia también caería en la trampa de sus palabras y sus favores, y entonces estaría perdida. La sola idea de que eso pudiera pasar atormentaba a David como ya nada lo hacía. Dio vuelta en unas calles y siguió corriendo. Solo se había asegurado de que Sogblé se había dirigido hacia una dirección diferente y había seguido. Como a esas horas los camiones pasaban esporádicamente, no esperó. Corrió por otras calles internas de manera que en veinte minutos ya había llegado. Las calles estaban más secas que nunca y el cielo estaba limpio. Tal parecía que ardería la ciudad si seguía con el calor y la falta de humedad en el ambiente. Sin embargo, el clima de los noticieros seguía prometiendo días hermosos y templados con fuertes lluvias en las tardes aunque sus conductores sudaban y tomaban agua a destajo. Incluso en una de las calles secas y llenas de tierra estuvo a punto de caerse pues resbaló con la tierra suelta. Así continuó su carrera hasta la bella casa color salmón donde tuvo que tomar algo de aire y tuvo que lanzar piedritas a la habitación de Sofía para que saliera ella a abrirle. No pensaba lidiar con sus padres mientras no pudiera hablar sin matar a su novia. Al fin, ella se asomó y le dirigió una enorme sonrisa que, bien lo sabía David, llegaría también con una gran pregunta sobre la hora y el por qué. Sofía corrió a abrirle y ya estando en el patio lo invitó a entrar, pero él se negó en silencio y empezó a escribir en el suelo polvoso.

"Es urgente esconderte a ti y tu familia. ¿Dónde están tus padres?"

Sofía contestó que no sabía, que simplemente habían salido sin decirle más que "adiós" y "cuídate mucho". Le habían dejado tan sólo el recado de mantenerse dentro de la casa, por cualquier cosa y de no encender la luz para que creyeran que no había nadie. A David toda esta actitud le parecía rara, pues uno siempre procura que la casa no se vea sola. Si querían que se viera vacía, era porque querían esconder a Sofía, no cuidar la casa, pero, ¿de quién la esconderían? ¿Habrían encontrado a Sogblé? Un frío hilo se coló por la espalda de David hasta helarle los huesos. Tal vez sí se lo habían encontrado, por eso estaban tan callados esa tarde.

No habían encontrado al sacerdote. La gente del pueblo les había dicho que había partido por temor a la destrucción de la ciudad, al igual que los otros sacerdotes de la zona. Por más que buscaron otro, no lo hallaron. Solo a uno que ya se encontraba muy lejos de su casa, pero él les dijo que se estaba quedando para ayudar a su gente y que no podía dejarlos por dos días que era lo necesario para ir a casa de los señores que se lo pedían. Les recomendó buscar a algún sacerdote cerca de su casa y al escuchar que no habían encontrado, les dio una pequeña botella de vidrio con la cual debían rociarla y bendecirla, que él les daba la absolución a ellos y a su hija. Así, se regresaron con la botellita y sin haber encontrado un solo padre que le diese los santos óleos a su enferma hija. Al llegar a casa, habían comprobado que Sofía estaba bien, y aun así estaban raros, muy callados. Y era todavía más raro que se salieran los dos y que a ella la dejaran con instrucciones de ocultarse. Sin embargo, como fue lo que quería David y lo que habían ordenado los padres de Sofía, decidió que lo mejor sería entrar a la casa y esconderla en alguna parte donde nadie pudiera verla. David jaló a Sofía del brazo y la llevó dentro de su casa y empezó a buscar dónde esconderla para que ni siquiera Sogblé fuera capaz de hallarla. Caminaron dentro de la casa hasta que David recordó que afuera, en el patio, había una esquina completamente obscura bajo un pequeño árbol. Llevó hasta allá a Sofía y le indicó por medio de señas que entrara y se quedara ahí. Sus padres la salvarían, estaba seguro. Sin embargo, podría pasarles algo en el camino. Escribió en la tierra: "Si no vuelven antes de las 3 de la mañana, corre a casa de mis padres". La abrazó fuerte y le dio un beso tierno y cálido. Salió rápido de ahí y cerró la reja.

Salió a las calles y empezó a andar esperando encontrarse pronto con Sogblé. Estaba nervioso. Si se encontraba pronto con Soglbé, significaba que ya había visto a Sofía escondida debajo del árbol, así que no quería verlo pronto, pero por otro lado, quería verlo y asegurarse que no había encontrado a los padres de Sofía. Las calles estaban extrañamente vacías y silenciosas. David escuchaba sus pasos nerviosos y fuertes taladrándole los oídos mientras su corazón le gritaba la angustia que su mente anestesiaba con esperanzas. La única persona que se alcanzaba a ver desde ahí era un anciano recargado en una barda cerca de la parada del autobús, que pedía limosna. David se acercó pensando en darle un par de monedas, pero al momento distinguió la mano de Sogblé.

-No pensé que fuera a tardar tan poco.- Le dijo con su voz ronca y maliciosa.

David estuvo a punto de contestarle, pero se contuvo. Sogblé sonrió con satisfacción ante su obediente conducta.

-Vamos, acompáñeme. Necesito que me haga el favor que me prometió.

David lo siguió caminando detrás de él, observando hacia todas direcciones, nervioso. Mientras caminaban, observó que Sogblé tenía también diferentes los pies. El derecho tenía la apariencia de haber sido en algún tiempo de piel obscura, pero ahora se veía de un color café amarillento, como si ya tuviera demasiado tiempo con él. De hecho, parecía estarse pudriendo. Impresionaba que pudiera seguir caminando con él. El pie izquierdo se veía casi igual de viejo, pero era más pequeño y de piel blanca. Bueno, ahora era amarilla con tonos verdosos. Se veía asquerosa, pues además le faltaba un dedo y tenía una herida que parecía putrefacta y descarnada. A pesar de la diferencia que existía entre ambos pies, Sogblé caminaba bien, sin cojear, ladearse, ni nada, era como si no hubiera ninguna diferencia ni ningún problema con sus pies. Caminaba lento pero avanzaba con grandes zancadas lo que dejaba una impresión extraña sobre su andar. David casi no podía seguirlo y sin embargo, sentía como si Sogblé avanzara muy lentamente.

Descubrió al fin el cerro Uzuri delante suyo, pero no adivinó que sería su destino sino minutos después cuando no giraban hacia el pueblo sino que tomaban el camino hacia delante. David se empezó a poner muy nervioso. ¿Qué favor le pediría un ser tan monstruoso y cruel como él? ¿Le pediría matar a alguien? Seguramente. Alguien le habría pedido matar a otra persona y ahora lo usaría a él. Sogblé podía hacerlo él sólo y rápido, pero le gustaba jugar. Quería divertirse y lo estaba haciendo. Lo usaría para algo terrible, aun cuando él le había aclarado que debía de ser un pequeño favor. ¿Lo respetaría? No. Sogblé respetaba los acuerdos, pero al parecer no las condiciones. En ese aspecto hacía lo que quería. Llegaron a la cueva. Todo estaba muy húmedo, y en unos momentos ya tenía la ropa pegada al cuerpo mientras el sudor resbalaba por su espalda. Sogblé se había asegurado de que no hubiera nadie adentro y ahora se aseguraba de que nadie viniera. Llevó a David a un rincón obscuro donde le indicó que se durmiera. Lo despertaría en cuanto fuera a amanecer, pues tenían un largo viaje que hacer. David se acomodó como puedo viendo hacia afuera de la cueva, desde la obscuridad.

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