Capítulo 20

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Villanueva estaba en su casa pensando en la mejor forma de presentarse ante la Unión para reclamar sus derechos y regresar todo al Plan original. Se encontraba sentado en su sillón cuando entraron dos sirvientes corriendo y gritando cosas. El primer impulso de Villanueva fue enojarse y correrlos. ¿Cómo se atrevían a entrar así en sus habitaciones? Pero entonces recordó que los tiempos habían cambiado y que ahora, por su culpa, había un monstruo suelto aprovechándose de las necesidades humanas y cerrando tratos con medio mundo. Fue entonces que dejaron de hablar los sirvientes y Villanueva pudo preguntarles qué sucedía pues no los había escuchado para nada, no estaba acostumbrado. Después de un esfuerzo sobrehumano por entender lo que enredadamente decían los dos sirvientes alcanzó a entender que había un incendio en los jardines. Villanueva salió corriendo sin siquiera preocuparse por dejar extraños dentro de sus habitaciones donde sólo tenían acceso algunas sirvientes que eran las encargadas de atenderlo y de limpiar. Al llegar a la escalera pudo ver él mismo el incendio que abarcaba completamente sus jardines y ya empezaba a dirigirse hacia la casa y hacia las chozas. Todos los de la casa estaban tirando agua y tierra para tratar de apagar el fuego mientras Villanueva luchaba con el teléfono para poder llamar a los bomberos. Fue inútil. No había línea. Así que salió al encuentro con el fuego. Corrió con todos por agua para tratar de apagarlo y algunos encontraron los extintores, pero nadie sabía usarlos. El calor, ya de por sí fuerte, ahora era terrible por culpa del fuego. Todo terminaría en un verdadero desierto. Villanueva estaba desesperado buscando más alternativas y la forma de que el incendio no alcanzara su casa. Era inútil. Lo perdería todo, así que decidió dejar las cubetas y entrar a su casa por sus papeles, dinero y algunas pertenencias importantes. Entró en la casa que ya se estaba llenando de humo cuando encontró a Sogblé sentado en el descanso, viéndolo.

-¡Tú! - gritó Villanueva - ¡Tú eres el causante de esto! ¿Verdad?

Sogblé únicamente sonrió como respuesta con su maligna y espantosa sonrisa.

-Quítate de mi camino. Tengo que salvar lo que pueda.- Villanueva tuvo que saltarlo y seguir hasta sus habitaciones donde sacó una gran maleta y le empezó a llenar de cosas.

-Así se verá su ciudad. ¿No es hermoso? Será como una gran vela representante de sus esperanzas.

-¿Esperanzas? ¿Acaso estás loco? ¿Qué esperanzas puedo tener si quemas mi casa?

-Un trato es un trato y todos tienen derecho a negociar.- en este punto se le heló la sangre a Villanueva. En verdad había liberado a un monstruo que ahora incluso lo atacaba a él.

-¿Quién? ¿Quién te pidió esto?

-No te lo puedo decir. Además, tal vez fue un pago o tal vez sí fue una petición. Como sea, no se preocupe, no creo que llegue hasta la casa.

-¿Por qué? ¿Cuáles fueron las condiciones?

Sogblé sonrió mostrando todos sus afilados y disparejos dientes y desapareció entre el humo que se colaba desde afuera. Villanueva salió con su maleta a medio cerrar y llena de las cosas importantes y el dinero y al salir, sintió algo tibio y húmedo sobre su cabeza. Había empezado a llover con lo que el fuego por fin empezaba a mermar. Los sirvientes estaban exhaustos pero al fin habían terminado y la lluvia los había refrescado y alegrado también. Era una lluvia tibia pero se agradecía enormemente.

Villanueva volvió a la casa y sacó otra maleta de donde había sacado la primera. Estaba asustado y nervioso. Ya no era seguro vivir ahí donde sus enemigos podían tomar sus propias armas y usarlas contra él. Estaba empecando más ropa y cosas útiles para marcharse. No quería volver nunca. Salió con dos maletas enromes y llenas. La servidumbre lo miraba de manera interrogativa y casi acusadora. Los iba a abandonar a su suerte, todos lo sabían y de nada les servía el terreno y la casa si no la sabían trabajar ni les pertenecía en modo alguno. Villanueva entró a la cochera y tomó uno de sus carros. Puso las maletas en la cajuela y subió a bordo. Ya se aproximaba el chofer cuando Villanueva lo detuvo con gesto seco y rápido. Subió en el lado del conductor y arrancó. Estaba arrepentido de todo lo que había hecho. Su avaricia lo había llevado a condenar su suerte, por no decir que también a la ciudad vecina. Su casa estaba arruinada y ahora tenía a un monstruo que lo seguiría siempre pues aún tenía que pagarle y ya no podía deshacer el trato. Aunque no pensaba pagarle, pues pensaba que jamás tendría manera, le aterraba pensar que esa cosa fuera a estar cerca de él siempre cerrando tratos con la gente que lo rodeaba y que lo odiaba. No lo mataría pronto, pues en alguna ocasión le había dicho que viviría incluso demasiado en castigo por lo que había hecho. Sogblé no controlaba esas cuestiones, pero podía verlas. Así, partió rumbo a Ámbar dejando unas parcas instrucciones a la servidumbre donde les indicaba cómo seguir llevando la casa, les indicó que si preguntaban por él respondieran que estaba en un viaje de negocios. Les prometió enviar dinero y volver pronto. Aunque todos sabían que no era cierto, asintieron y se volvieron hacia sus chozas. Villanueva salió despavorido pensando llegar a una pequeña casa que tenía como a siete horas de ahí esperando poder olvidarse de todo. Sabía que tarde o temprano tendría que volver a encontrarse con Sogblé quien al ver que no le pagaba tal vez cobraría con otra cosa. Se despidió en silencio de su casa mientras la veía llena de humo por el retrovisor alejándose cada vez más para no volver ante su mirada. No sabía que años más tarde volvería para encontrarse con las ruinas de su pasado, entonces presente.

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