Capítulo 19

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Los gritos de su madre resonaban fuertemente en la cabeza de David. Ya despuntaba el alba cuando lo encontraron tirado y medio dormido recargado en la barda de una pequeña fábrica no lejos de su casa. En realidad no era tanto lo que había caminado como el coraje con que lo hizo lo que lo había tumbado profundamente cansado en una calle cercana a su casa, después de haber dado varias vueltas sin fijarse siquiera dónde estaba. Lo despertaron y lo ayudaron a levantarse para que pudiera andar hacia la casa. Luego de varios traspiés y tropezones llegaron a su casa y se echó sobre el sofá donde se volvió a quedar dormido. Sus padres decidieron hablar con él, después de que regresaran del trabajo al cual llegarían tarde, si no se apresuraban. Su hermano decidió quedarse y dijo que él se encargaría si volvía a querer escapar. Encendió la televisión y se echó en el otro sillón mientras comía frituras y bebía refresco. Después de tres horas transcurridas entre frituras y comerciales, decidió que su hermano no se levantaría hasta que lo levantara la sed o pasaran cerca de seis horas en las que pudiera reponerse un poco así que cerró bien la casa y se subió las llaves. Se metió en su habitación y cuidó de no poner música ni cerrar la puerta por si algo nuevo sucedía con su hermano. Sacó un libro de su desordenado librero y se dispuso a leer. Sin embargo, no pasó mucho cuando el calor le secó la boca y le pegó las ideas hasta que decidió suspender su lectura por un momento para bajar por algo de beber y refrescarse, ya luego continuaría un poco mejor su lectura, ya sin la horrible sensación de estar en un desierto. Bajó y, antes de pasar a la cocina, notó que su hermano ya estaba despertando, se siguió hasta el refrigerador y sacó el refresco. Al acercarse a la alacena para sacar un par de vasos, escuchó a su hermano.

-Lo siento.

-Está bien, sólo que tienes a papás muy intrigados. ¿Pasa algo malo?

-¿Sólo papás están intrigados? - Los dos sonrieron ante la evidente indiscreción de Fernando. -Fue un mal día. Desde el principio.

-¿No fuiste a ver a Sofía?- Definitivamente su hermano no tenía el tacto de su madre ni su precisa intuición.

Cuando David escuchó el nombre de Sofía se le llenaron de lágrimas los ojos y le pesó el alma. Bajó la mirada y buscó refugio en su somnolencia, pero fue en vano.

-Oh, lo siento, ¿pasó algo?- Su hermano le acercó un vaso con refresco y se paró delante suyo.

-Está enferma y, en realidad... está a punto de irse. Ayer cuando llegué a la casa y escuché sobre el ataque a la ciudad me sentí desesperado. Justo cuando creí que nada podía salir peor, me mostraron el periódico. Y luego, una vez que decidieron que no hay salida, simplemente se fueron a dormir. Fue como si no les importara...

-David, es que no sabíamos. Date cuenta, no te molestó que pospusiéramos la solución sobre la huida para otro día. Es como si hubieras proyectado lo de Sofía a lo de la ciudad. En el caso de la ciudad, puedes estar tranquilo, ya encontraremos la forma. En cuanto a Sofía, bueno, sólo trata de disfrutarla y de hacerla sentir bien todo el tiempo que puedas.

-Tienes razón. ¿Crees que ella sepa lo de la ciudad?

-No lo sé, pero sus padres seguro que sí. Los vi ayer en la mañana platicando con la de la tienda, y ese día no hizo otra cosa que informar a todo cuanto se le pusiese enfrente sobre el rumor del ataque. Aunque si te soy sincero, creo que no deberías decirle nada que pueda alarmarla.

-¿Y si nos tuviéramos que ir antes? ¿Crees que papás me dejaran quedarme unos días más?

-No, si nos vamos, es porque va en serio. No te dejarán. ¿En verdad piensas preguntarles?

-No, más bien pensaba en escapármeles.

Entonces sonó el timbre y David decidió ir a ver. Su hermano trató de retenerlo, aún tenía muy mala cara pero al fin lo dejó. David salió al patio y descubrió en la entrada a los padres de Sofía. Se les veía muy tristes y tensos. Tenían ojeras debajo de los ojos y estaban muy demacrados, al parecer la enfermedad de Sofía había consumido también a los padres pero David no lo había notado hasta entonces. Se veían casi tan mal como su hija.

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