Capítulo 18

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El rumor sobre el ataque a la ciudad era cada vez más recurrente en las conversaciones de los citadinos, sin embargo, una familia tenía penas más grandes que la destrucción de la ciudad en que se encontraban. En una pequeña y derruida casa color gris, una habitación pequeña sin demasiados muebles que tiene al fondo unas cuantas maletas, al parecer hace poco que llegaron. En la cama hay un niño pequeño de aproximadamente ocho años.

-Hermano, debemos partir, los rumores son ya casi un hecho, no tenemos tiempo, la ciudad arderá o yo no sé qué pase, pero debemos huir, ahora. Ya casi es de noche y no hay luna, nadie nos verá atravesar las fronteras. Tomémoslo y vámonos.

-¿Y tú crees que aguantará el camino? ¿Crees que ella acepte en esas condiciones? - El padre se veía cruelmente atormentado por el estado en que se encontraba su hijo y no atinaba siquiera a ayudarle a su mujer en los cuidados pues no tenía idea de lo que se debía hacer en casos tales y el nerviosismo le impedía llevar agua sin derramarla o verter el medicamento dentro del vaso.

-¿Cómo sigue? - le preguntó a su esposa.

-Aún tiene fiebre y no ha vuelto en sí. Cometimos un error. Debimos haber escapado en ese momento.- Contestó su esposa.

-¿Y cómo? Es un salvaje. Jamás pensé...- El sastre se sentía arrepentido y abandonado por toda suerte o ayuda que antes lo acompañara para sus negocios y sus tranzas. Siempre había salido limpio y ahora, la vida le cobraba con lo que más quería.

-No lo sé, de verdad que no lo sé.- Su esposa dejó escapar unas pequeñas lágrimas que cayeron sobre la cama del niño.- Se está muriendo.

-Hermano, debemos irnos. Estaremos en Dunia en dos días, espero que nos puedan alcanzar. Hasta pronto.- El hermano del sastre salió de la habitación y se reunió con su familia en el patio. Tomaron sus pertenencias y se fueron cabizbajos y tristes. Fueron caminando lentamente hasta perderse en una de las callecitas sin luz.

El sastre y su esposa decidieron quedarse pues nada les importaba morir en esa ciudad si para salvarse debían arriesgar o incluso abandonar a su hijo. El calor era ya insoportable y su pequeño ardía en fiebre. Estaban desesperados así que el padre decidió bajar y buscar algo de agua. Abajo el calor era todavía peor. Encendió la luz de la cocina y cuando iba a abrir el refrigerador, escuchó al interruptor y se apagaron las luces. El hombre era muy supersticioso así que tomó algo rápido y subió a la habitación donde estaban su hijo y su esposa. Al llegar a la habitación descubrió que no había traído agua simple, así que no le serviría a su hijo, se la dio a su esposa quien le reclamó y le ordenó volver por agua para su hijo. El sastre no sabía qué había abajo pero presentía que no era nada bueno, sin embargo, hubo de volver por agua, su hijo la necesitaba y su esposa se lo demandaba imperativamente. Bajó con cautela y cuidó de no hacer ruido, como si los espíritus necesitaran del ruido para percibirlos. Se acercó al refrigerador que se abrió un poco, antes de que él lo alcanzara. Tomó una botella de agua, lo cerró y volvió hacia las escaleras. Estuvo a punto de subirlas cuando volvió a escuchar el interruptor y vio cómo se encendía la luz de la cocina. Esperó un poco y ésta se volvió a apagar junto con el chasquido del interruptor. El hombre subió rápido y cuando llegó a la habitación estaba bañado en sudor, pero nadie lo notó. Su esposa estaba demasiado ocupada con su hijo para notar algo en su marido. Tomó la botella y con ella mojó un paño limpio con el que limpió amorosamente el rostro de su hijo, resfrescándolo.

-Enciende la televisión. Tal vez nos enteremos de algo.- Dijo la mujer y su esposo se dirigió hacia una pequeña televisión que tenían en una maleta.

La sacó y la conectó a un enchufe. La puso encima de la maleta y la giró hacia donde ambos podrían verla. Empezó a sentir demasiado calor de repente y entonces se apagó la luz de la habitación. La mujer se levantó para volver a encenderla mientras su marido intentaba inútilmente detenerla. La luz volvió a apagarse al instante y su mujer, demasiado acostumbrada a ser obedecida, la volvió a encender. Entonces las luces de toda la casa comenzaron a encenderse a apagarse hasta que se fundieron los fusibles y quedó todo en silencio pues también la televisión y el refrigerador se apagaron entonces y la obscuridad reinó en la casa.

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