Capítulo 3. Más que un sentimiento

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Los primeros rayos de sol bañaban la fachada principal de la mansión, atravesando los gigantescos ventanales. Desde que volvían a estar juntos, habían logrado conciliar el sueño por las noches sin tener que rememorar aquellas solitarias y agotadoras vigías que padecieron durante su separación. Sin embargo, esa noche no era como las demás.

Kitty se sentía intranquila. Había estado dando vueltas sobre su cama las últimas horas sin saber por qué no podía conciliar el sueño. Harta de estar tumbada, se levantó y caminó hasta el cuarto de Jimmy.

—¿Una mala noche? —la sorprendió él.

Con un respingo, Kitty se dio la vuelta y lo buscó con la mirada. Todas las habitaciones eran muy espaciosas, lo suficiente como para albergar una cama doble y un enorme armario de dos puertas. También había un pequeño hueco reservado en una esquina para el escritorio, y varias estanterías llenas de libros, dos mesillas y acceso a una terraza que compartían las tres habitaciones de cada lado. Su hermano estaba sentado sobre la cama con un único pantalón para dormir y su teléfono móvil al lado.

—Sí —dijo ella y se apartó un mechón de pelo.

—¿Qué haces aquí?

—Solo quería saber cómo estabas. —Cerró la puerta y se acercó a la cama.

—Estoy bien —respondió con aridez.

Jimmy hizo una mueca y bajó la vista hacia su brazalete. Kitty lo siguió con la mirada, viendo que de los tres astros que formaban el símbolo del mismo solo quedaba la luna bañada en plata. Algo en lo que no se había fijado antes.

—Jimmy, ¿cuándo...? —Lo cogió por la muñeca.

—En la guarida de Seiren. —No dejó que terminara la frase.

—Jay... —lo miró sobrecogida y lo abrazó por el costado, apoyando la cabeza sobre su hombro.

—¿Qué demonios significa esto, Kitty? ¿Qué voy a decirla? —Ella no respondió—. Hola, Sam. Siento no haberte llamado en los últimos... cinco meses, pero es que parte del símbolo se oscureció cuando me di cuenta de que estaba dispuesto a dar mi vida por la tuya y aun así no sé lo que eso significa —dijo con voz titubeante—. Por cierto, te hemos traído a tu hermano lobo —añadió.

—Sí, no es fácil. —Lo acunó, pues era lo único que se le ocurrió hacer.

A pesar de su norma de relacionarse lo menos posible, Jimmy había estado antes con otras chicas cuando su madre vivía, pero nunca se había sentido como en ese momento.

—¿Cómo conseguiste estar con Joseph sin tener miedo a hacerle daño? —le preguntó a Kitty.

—No lo conseguí —contestó ella.

Él se incorporó y la miró con los ojos muy abiertos, expectante y sorprendido al mismo tiempo. Desde que supo lo que había pasado su hermana desde el nacimiento de Christian, siempre creyó que su fortaleza era infranqueable; que no le tenía miedo a nada y que era capaz de enfrentarse a cualquier cosa. Nunca hubiera imaginado que existiera algo que pudiera con ella.

—Cada vez que estábamos juntos... era muy duro para mí. Tenía miedo constantemente, pero... él era muy bueno conmigo. Yo sabía que a veces le hacía daño, pero él nunca dejó que lo notara en ese momento —confesó y sonrió al recordar a su marido. Lo echaba mucho de menos.

—Lo siento mucho, Kitty —dijo.

Ella sonrió agradecida, y ambos permanecieron en silencio mirándose durante unos segundos. Cuando él bajó la cabeza, ella habló:

Los Guardianes (II): Claro de LunaWhere stories live. Discover now