Susurro.

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El 12 de Septiembre de 2006, los Abad se mudaron a su nuevo hogar en la calle San Ernesto, Valencia. Siendo una pareja española con un crío de seis en crecimiento, querían que el chiquillo gozara de un extenso espacio para crecer y jugar. Lo que resultaba imposible en su anterior departamento, caracterizado por una única habitación comunicada con la cocina y el baño.

Al llegar el momento de desempacar, lo primero que hizo la señora Abad, una joven de veintitrés años que se dedicaba a cuidar del hogar mientras su marido trabajaba de cajero en un supermercado, fue colocar sus manteles de margaritas sobre cada una de las mesas. Quería que su nuevo piso transmitiera armonía, luminosidad. No solo por ella, quien no soportaba el entorno gris que el señor Abad había adquirido a un costo sumamente bajo, sino también por su pequeño Diego, cuyo bienestar era el suyo.

Y con mucha razón, como todo hijo que pasa nueve meses dentro del vientre de su madre, este era merecedor de su afecto y preocupación. Pero además de ese amor natural que, en la mayoría de las ocasiones, se gana solo por el hecho de nacer, el niño también poseía cualidades que lo hacían especial a ojos maternos y extraños.

Bajito y juguetón, era el heredero de unos grandes y expresivos ojazos marrones. Circulares, abastecidos de pestañas. Detalle que llamaba mucho la atención, puesto que las personas tendían a intimidarse ante su mirada escrutadora e inocente. Sin embargo, una vez acostumbrados a la vulnerabilidad que causaba su atención, nadie podía resistirse a sus encantos. Tímido, sonriente, cariñoso y compresivo, era la descendencia tranquila que muchos querrían tener.

Como a diferencia de su padre, la señora Abad si se percataba de lo bendecida que era de tener a Diego y no a ningún otro, solía consentirlo y reñirlo con amabilidad cuando cometía una falta. Tal era su aprecio por él que de ponerlo en una jarra, se desbordaría hasta formar mares y océanos.

— ¡Diego! No dejéis la ropa tirada. Arrójala en la cestita de tu cuarto, ¿sí? —gritó Clara Abad, asomándose desde la cocina. Ya llevaban más de una semana instalados en el departamento y ella, con mucha dedicación, decoraba cada área por insignificante que fuera.

Para ese entonces el piso se veía casi bonito. Casi.

Solo al observarlo recoger la camisa, siguió con la tarea de sacar los tarritos de miel y aceite de oliva de las cajas, para guardarlos en los viejos gabinetes, tras haberlos despojado de las arañas y sus telarañas.

—Ugh... —Diego empujó la puerta de su cuarto, una habitación con paredes sin pintar, cama individual de metal y vista hacia un muro de ladrillos.

Sin inmutarse, dejó caer la prenda en la cesta de mimbre. Se la había quitado porque no era de algodón, uno de los pocos materiales que no le daban comezón.

Manía habitual en él, antes de volver a la sala y seguir dibujando con sus acuarelas, se aseguró de que nada estuviera fuera de su sitio y salió corriendo por el oscuro pasillo. Con los nervios de punta debido al ruido que causaba la rama de un árbol al chocar contra el cristal de la ventana, no se tranquilizó hasta sentirse nuevamente refugiado bajo la luz de la lamparita que su mamá había conectado para iluminar su sitio de trabajo.

Ante él y sobre la mesa, se mostraba una hoja de papel tamaño extra oficio llena de garabatos que simulaban ser un bosque. Le gustaba pintar y dibujar. Y a pesar de su corta edad, ya se veían los primeros indicios de su futuro talento. El señor Abad se burlaba, pero la señora lo defendía animándole a crear más arte, atesorando cada una de sus obras como si costaran miles de euros.

— ¿Queréis chocolate, cielo?

Diego despegó la mirada de las ardillas que intentaba dibujar con sus yemas y asintió, limpiándose los dedos en la piel de su pecho. Con una sonrisa de oreja a oreja, la señora Abad se sentó a su lado y colocó un cojín en medio de ambos, dejando caer sobre él una bandeja con dos tazas humeantes y un platito lleno de turrones.

Un susurro en la oscuridadDonde viven las historias. Descúbrelo ahora