Capítulo 13

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¡¡¡FELIZ NAVIDAD A TODAS, LAS AMO Y LES MANDO UN BESO ENORME!!!

Calder no volvió a dirigirse hacia Megan por el resto del viaje, ni siquiera aceptó que viajara a su lado, pero tampoco lo hizo Blake, tomó uno de los caballos de la carroza y cabalgó junto a su amigo quién dirigía el coche. Calder había mandado colocar a Magno entre los caballos, sobrando este para jalar las riendas y poderlo tomar por si se hartaba de su esposa o de ambas, lo cual había sido una buena decisión, cuando estaba de malas, era mejor dejarlo solo, alejarlo un poco de la gente hasta que se relajara.

—No puedo creer que te controlaras —dijo de pronto Loren.

—¿De qué hablas?

—Estaba seguro que gritarías hasta quedar afónico.

—Ah, bueno, para que veas que no me descontrolo como aseguran Víctor y tú.

—Por favor Calder, te hemos tenido que detener en más de cien ocasiones.

—No sé, supongo que era porque fue Megan quién cometió el error.

—Yo tengo otra teoría.

—Claro, y estoy seguro que me la dirás, aunque te diga que no quiero escucharla porque seguramente será una estupidez.

—Fue por la señorita Blake.

—¡Ves! Una estupidez.

—Graciosamente, cuando ella te habló y se puso frente a ti, lograste calmarte.

—En realidad, logró irritarme más ella que Megan.

—Claro, si gustas pensar eso.

—No "gusto pensarlo", eso es lo que pasó.

—Ajá, como digas.

En realidad, Calder tampoco sabía bien que había pasado, pero al ver a su propia mujer frente a él, hablándole con esa determinación y sin un ápice de miedo, lo habían dejado anonadado, tanto, que al intentar descifrar por qué no le temía, se distrajo de su ira y logró controlarla.

—¡Mi cielo! —canturreó Blake desde la ventana del carruaje— ¡Necesito una parada técnica! ¡Esta mujer me va a desquiciar! ¡Eres un maldito por encerrarme aquí con tu amante!

Loren miró a Calder con una sonrisa que él correspondió.

—¡Tendrás que aguantarte más! ¡Casi llegamos!

—¡Eres un maldito Calder Hillenburg! ¡Places en hacerme rabiar!

—Sí, la verdad es que sí —dijo en voz baja que solo Loren logró escuchar.

—Si gustas, podemos parar aquí, servirá para que los caballos tomen agua y tu mujer se despeje.

—Si es por ella, que se aguante un rato más.

—¡Te escuché! —gritó ella desde el interior— ¡Para ya Loren! ¡Te lo suplico!

—Se hará lo que yo diga.

—¡Entonces saltaré!

—Quiero verte hacerlo.

—Vale.

Calder volvió la vista hacia atrás cuando de pronto escuchó el ruido de la puerta azotándose por la velocidad que llevaban, no lo podía creer, la alocada mujer estaba parada en la entrada y miraba donde caer.

—¡Ey! —le gritó, haciendo que el caballo se frenara para alcanzar la altura donde pudiera hablar con ella— ¿Estás acaso loca?

—Sí, eso ya lo sabíamos ¿qué no?

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!