Epílogo

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  — Doctora Peyton, solicitan su presencia en la entrada— informó Molly a la bella e inteligente médico que tenían en ese pequeño consultorio. 

— ¿Quién es? Ahora estoy revisando a la Señora Robinson, no puedo...

— ¿No tienes un minuto para tu marido? — irrumpió Thomas en la consulta haciendo salir a la paciente y a la enfermera. 

— ¡Doctor Peyton! ¡Qué honor verlo en el consultorio de nuevo!¿Dónde se había metido?He tenido que ocuparme yo sola de todos los pacientes...— fingió tragar la bilis cruzando los brazos por delante de su pecho. 

— Doctora...espero que sea benevolente con este pobre Conde que va del despacho a la consulta...¿a caso quiere usted llevar las finanzas?

— ¡Oh no!¡Qué aburrimiento!

  — Entonces...cállese...y béseme...—     apretó su vientre contra su torso y la envolvió entre sus largos y fuertes brazos, obligándola a besarlo sin descanso. Sin aire. Y sin respiración. El beso iba en aumento, de ritmo y de placer hasta que Thomas no pudo soportarlo más y la subió encima de la camilla.

  — ¡Thomas!¡Aquí no!

— Aquí sí—  se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada y prosiguió con la exploración que más le preocupaba en esos momentos —  tengo que revisar que esté en completas condiciones de seguir trabajando, de lo contrario, ejerceré mi poder como hombre y le negaré tal derecho...

— ¿Es una amenaza?

— Es un hecho...—  torció la comisura de sus labios solo como el diablo lo sabía hacer y en ese gesto, fue cuando mordió los voluptuosos labios de Gigi, quien se estremeció y tembló como si fuera la primera vez que estuviera entre los brazos de su endiablado marido.

— Es usted perverso...—  musitó entre besos y caricias que amenazaban en quemarle la piel en cualquier instante. 

Thomas Peyton se deleitó con cada roce y pedacito de piel de Georgiana; mordió, besó y lamió cuanto pudo, dejándola sin aliento  y obligándola a refrenar sus gustosos cánticos al amor por el lugar en el que se encontraban. Desabrochó su camisa blanca con frenesí, y arrancó el sencillo vestido púrpura que llevaba hasta llegar a los pechos que habían sido prisioneros entre los pliegues de la ropa. Como si quisiera compensarlos por ese sufrimiento, los acarició con suma delicadeza,con fruición desmedida. El color de sus puntos álgidos lo enloquecían, pero besar en esa parte que se endurecía, se tornaba desquiciante. 

  — Thomas...

— Gigi, Georgiana...te amo...perdóname por todo el daño que te hice... 

— Hace tiempo que te perdoné...— repuso ella con una voz ronca por el placer físico y psicológico —  yo...—  cogió su mentón entrelazando sus dedos entre su fina barba de dos días— yo también te amo—  le confesó mirándolo a los ojos, perdiéndose en ese mar grisáceo. Gris como él. Pero que con el reflejo de ella, se tornaba de muchos colores. —  te amé desde niña...

— Mi Gigi...— apartó sus enaguas y se fundió en su interior, buscando en su interior ese cielo que siempre encontraba en ella. Buscando esas formas, colores, luces, espectros.. . e infinidad de puntos bellos. Ambos se movieron, enérgicamente, buscando complacerse. Buscando terminar con esa dulce agonía. Y el momento llegó, dejándolos a los dos extasiados y exhaustos. 



  — ¡Mamá! Ámbar me ha vuelto a robar mi collar— buscó la pequeña pelinegra de ojos grises la defensa justa y propicia de su madre nada más que esta llegó a la propiedad de los Condes de Norfolk.

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!